sábado, 16 de diciembre de 2017

Se están diciendo adiós

Se están diciendo adiós, pero parecería justo lo contrario. Se besan desaforadamente, con los ojos abiertos, asomándose al abismo que van a abrir entre ellos y al que se precipitarán. Ella me recuerda a quien fuiste conmigo, el pelo a la garçon, unos pendientes de plata resbalando sobre el lóbulo. Él me recuerda  a mí. Se besan como ciegos los rostros, la mirada. Como si no se conocieran de memoria cada centímetro de sed, cada oasis, cada hoja de cada palmera y cada nervadura de cada una de esas hojas. Se desean a muerte una vez más, más allá del deseo. No hablan. Se lo dicen todo a tal velocidad que quedan excluidas las palabras. Dios, qué hermosos son en el dolor de la pérdida, qué belleza más insoportable les arrebata de sí. No es justo. No se merecen el sufrimiento, la agonía del improbable futuro  un futuro donde no estarán juntos, la aniquilación. Saben que van a buscarse el uno al otro en otros (lo saben sin saberlo del todo, sin quererlo saber bien, sabiéndolo exactamente), pero que no volverán a encontrarse jamás.


Eduardo Fraile

sábado, 9 de diciembre de 2017

Julie Andrieu

        Abundan (foisonnent) en nuestra televisión los programas de cocina. No aburriré al lector español enumerándolos. Hay, incluso, concursos donde lo fundamental no es enseñar a cocinar, sino el espectáculo, el reality show, como quieran ustedes llamarlo. Qué asco me dan. Con la comida que desperdician se podría alimentar un pequeño país. Pero la egolatría de quienes los presentan o dirigen… ¡eso sí que es un enorme e inmensurable país!, por lo menos del tamaño de su estupidez. Santo Dios.
       Yo cocino. Me las apaño con sencillez y naturalidad. Voy muy poco a restaurantes, porque escribir es llorar y a veces conformarse con un plato de metáforas, y porque soy francés en los horarios: comida sobre la 1 y merienda-cena a las 7, y esto no casa bien con nuestra tardía costumbre nacional. A veces algún amigo me lleva a conocer nuevos templos de la gastronomía… o en los viajes, pues qué quieren que les diga, siempre hay ese doble jet-lag en el que sumergirse lost in translation: temporal y culinario.
         La cosa es que la 2 de Televisión Española ha comenzado a emitir un programa, francés precisamente, Les carnets de Julie, que está dejando en muy mal lugar, por comparación, a nuestras producciones autóctonas. Qué delicia, qué sabiduría… ¡y qué belleza! Qué ángel con las alas plegadas en la espalda. Sus manos grandes y hermosas como las de mi madre, el fuselaje de sus manos, hubiera dicho Proust: le fuselage de ses mains, en una expresión maravillosa y exacta, manos ahusadas (fuselaje quiere decir con forma de huso, el huso de las ruecas de hilar de nuestras bisabuelas), manos de luz atravesando una vidriera gótica. Julie en su pequeño y coqueto deportivo rojo de los 70 desplazándose en el espacio y el tiempo de la geografía francesa… o de nuestro corazón.
              Ella es el hilo conductor de un viaje por cada una de las regiones de Francia, y se va encontrando con la historia, los monumentos, el paisaje, la gastronomía. Y queda con diferentes personas que le descubren este plato (y lo cocinan juntos) o aquel postre, o tal licor o cual queso. De manera ágil y elegante aprendemos y visitamos, tomamos nota con ella en su cuaderno de las distintas recetas tradicionales y del modo de hacerlas… Mientras conduce va cantando. Mientras cocina, habla con los depositarios de esa sabiduría ancestral, tradicional… y mientras come, disfruta y define con propiedad de gourmet (y de gourmande).
       Al final de cada viaje todos los invitados se reúnen y comparten sus especialidades en un banquete. Así se honra el buen hacer, el arte, la tradición, la historia y el futuro. Un brindis. Nadie de los presentes es un chef con estrellas Michelin. El único Michelin es el cochecito de Julie Andrieu, y ella la estrella.


Eduardo Fraile

martes, 5 de diciembre de 2017

Artículo de Óscar Esquivias

*Donde dice: "el poeta que va en avanzadilla", debería decir: "el poema que va en avanzadilla"

Con el novelista Óscar Esquivias y el poeta José Gutiérrez Román en el Homenaje a Tino Barriuso (Burgos, 30 de noviembre de 2017)

sábado, 2 de diciembre de 2017

Alonso Cordel

            Uno de los personajes que iba mucho a la Luna era Alonso Cordel, el editor de Balneario escrito. Su nombre real era Pedro Gómez Cornejo, y trabajaba de distribuidor de libros (Seix-Barral/ Libros Enlace). Vivía en la calle Juan Mambrilla, en el número 13. Siempre que paso por allí, miro ese balcón del entresuelo que durante unos años, los primeros 80, fue Historia de la Literatura.
           Era alto, delgado, con barba entrecana y todo el pelo alborotado. Los ojos muy abiertos, como de búho… La verdad es que la primera vez que le veías impresionaba. El rostro muy trabajado, no sé, tendría 40 o por ahí, un tío mayor para nosotros, que iniciábamos los 20, la década de los 80, los años de nuestra luminosa juventud. Pienso mucho en él estos días, cuando alguien que se le parece abrumadoramente entra en el café donde tomo estas notas a vuelapluma. Parecería como si el futuro, lo que quiera que fuese eso a lo que aspirábamos a encaramarnos, quisiera ponerme delante su retrato definitivo. Pedro, joder, persiguiéndome todavía a estas alturas.
        Hubiera podido ser mi primer editor. De hecho, leyó mi manuscrito de Hiéndeme luna góndola, que compuse en su mayoría en los ángulos diáfanos de aquel espacio mágico que nos contuvo a ambos en algunos momentos… ¡Y lo iba a publicar en Balneario! Pero de pronto desapareció de la circulación. Dejó la casa (la de Juan Mambrilla, con todos los libros, y la de Villabáñez), dimitió del trabajo, se fue de la ciudad, nadie supimos dónde. Tenía todos los visos de ser un asunto sentimental, pero no regresó. Ahí acabó la colección Balneario escrito, con mi libro a las puertas… Al cabo de los años recuperé su pista en Zaragoza, donde se había radicado definitivamente. Incluso cuando la Expo del Agua en aquella ciudad, ya en este siglo, me consiguió un recital y volvimos a darnos un abrazo, veinticinco años después.
           Me recitó de memoria uno de los poemas de aquel libro que nunca intenté publicar luego ─de hecho es uno de mis inéditos─, uno que empezaba: "No sería el alcohol una distancia/ suficiente hasta el templo…" Aquel libro era suyo y bien está que siga siendo así. Al volver a Valladolid tras aquellos días junto al Ebro, vine leyendo en el tren composiciones nuevas muy distintas a las de Épica inversa o En un vértice agudo y penetrante, las cosas que yo conservaba de él. Estas situaciones sí son de verdad un regreso al futuro, con toda su extrañeza, su incredulidad y su estupefacción.
            Casi se habían invertido los papeles, ahora leía yo un inédito suyo, Kermesse en la azotea, con ojos de editor. Creo que luego escribí para él un prólogo o algo, que se titulaba Retrato inverso de Alonso Cordel, jugando con el título de su libro inaugural en Balneario. La vida pasa. O no. Sí, los que pasamos somos nosotros por el borde de una hoja de lechuga, como caracoles. Nuestro rastro quizá pueda ser leído, o amado, o descubierto por una lejana civilización. Nuestras palabras que hicieron más deslizante el suelo de este mundo. Nuestra baba de oro, nuestras lágrimas como piedras preciosas…


Eduardo Fraile

sábado, 25 de noviembre de 2017

El año del búho

El año se divide en dos partes simétricas: los meses
de las golondrinas y los meses del búho. De mitad de septiembre
a mediados de marzo, es el reino del búho. Se diría
que ambas especies fuesen incompatible, o que se repartieran
amistosamente el espacio (o el tiempo, mejor dicho) en mi corral
de Castrodeza. Durante el verano
le echo de menos a él, e imagino dónde se refugia
del calor. O quizá sólo sale a cazar en las horas de la noche…
Ya por el mes de octubre, incluso en este otoño prolongadamente estival,
el búho se instala en las ramas del almendro
y me mira. Me observa. Me ve…
hasta que le descubro disfrazado de corteza desprendiéndose
del tronco, y entonces se echa a volar
discretamente.
Lo excepcional, lo insólito, porque lo contemplo por primera vez,
es que hoy ha levantado el vuelo
en pareja.


Eduardo Fraile

sábado, 18 de noviembre de 2017

Inés

Mis ojos te descubren entre la multitud. Brillas
con una luz distinta. Aunque yo no quisiera
mirarte, ¿cómo saldría del laberinto de la noche
sin que me lleves de la mano? Te veo
y el universo comienza a sonreír.
Y amanece.

*

Mis ojos te descubren entre la multitud. Incluso antes
de que yo les ordene como a perros
rastreadores:¡buscadla!, te han hallado ya.
La velocidad del deseo > la velocidad de la luz.

*

Mis ojos te descubren entre la multitud.
¿Qué les lleva hacia ti? ¿Hay una fuerza
de gravitación de las miradas? ¿Cómo formularíamos
esa Ley? Te encuentro como una aguja de oro
en el pajar del universo. Pero tú ya me mirabas a mí…


Eduardo Fraile

sábado, 11 de noviembre de 2017

Los que ligaban tanto

         Quiero acordarme hoy de aquellos que ligaban mucho y a los que yo, que hacía horas y horas en el Café La Luna (la primera Luna de Tony, entre el 79 y el 83), observaba con atención y con envidia cochina. Y me iba dando cuenta de que eso de ligar era para ellos una especie de sacerdocio, vamos, como para mí la poesía, y que ponían en ello pasión (vocación), pero sobre todo dedicación. Dedicación exclusiva. El genio es una larga paciencia (Baudelaire, creo).
         Con estupor, con espanto casi, y hasta con rubor que me calentaba las orejas que sostenían el laurel de mis metáforas, les veía cada día con una (cada día con otra) chica distinta, guapas a rabiar, perturbadoras y desestructurantes. ¿De dónde las sacaban? Y meditaba yo mucho sobre el hecho evidente de que seguramente no las merecieran, y que esto no era cuestión de cualidades (ser guapo, o encantador, o tener éxito o dinero…) ¿Qué veían en ellos? ¿Cuál era su secreto?
          Con alguno incluso llegué a hablar tiempo después, cuando yo también quizás era observado por otros que pensarían de mí cosas parecidas. Y durante unos años ligué lo mío, aunque me esté mal el decirlo. Pero yo tuve que tomar una decisión (o es el destino ─o el azar─ el que decide por nosotros).
        Tiene Proust una maravillosa digresión en algún momento de su obra, y que suscribo con mi vida totalmente, relativa a nuestra querida o buscada o elegida o aceptada soledad. Nos hemos dedicado a los libros y todos los días volvemos a casa con libros de la mano (algunos comprados en las librerías, otros que alguien nos ha regalado con su firma), y al abrir el buzón quizá nos espere alguno más, que algún autor novel o alguna editorial nos envían. Si toda esa dedicación la hubiésemos puesto en las mujeres ─y en mi caso he gastado también en ellas, en su compañía o en su ausencia, buena parte de mi tiempo─ todos los días volveríamos a casa con alguna maravillosa criatura de la mano.
          Hoy he vuelto a casa doblemente solo. Con libros, efectivamente. Pero me he cruzado en la calle Mantería (muy cerca de La Luna, ay, que ya cerró el pasado mes de julio y espera resignada su demolición) con uno de aquellos tíos que ligaban tanto. Y tan bien. Estaba igual. Con 35 años más, con el pelo blanco, pero igual, con la misma actitud. Y una milésima de segundo nuestras miradas se han cruzado, reconociéndose. Estoy seguro que él también habrá pensado alguna vez en mí, a lo largo de todos estos años. O quizá no. Quizá tenga alguno de mis libros y recuerde los días ─las noches─ de nuestra juventud. Nunca supe su nombre. No le había vuelto a ver desde el siglo pasado…digamos, quizá, desde que entré en mi celda, en mi estudio, y me puse a hacer aquello que tenía que hacer. ¡Joder, el poeta!, se habrá dicho, asustado de los años que han pasado por mí. No por él, en efecto. Estaba igual… Pero algo faltaba en su retrato milagroso de Dorian Gray: estaba solo.


Eduardo Fraile