sábado, 24 de septiembre de 2016

La escala

I
Luego, tras esos días de silencio espesísimo
(de hueco, de orfandad, de vaciamiento, de desposesión)
posteriores a la partida de las golondrinas,
había una mañana o una tarde un susto
del aire, un vuelco al corazón, un repentino
y familiar dicharacheo de chilliditines…
Y la alegría nos ahogaba (o nos embargaba)
de nuevo… Habían regresado,
¿por qué razón? Y le dábamos vueltas esa noche
o esas dos noches en que volvían a tomar posesión de sus nidos.
¿O quizá ya eran otras golondrinas más septentrionales
que hacían un pequeño descanso en Castrodeza
para reponer fuerzas?

II
Y era lo más probable, de Inglaterra, quizá
procederían, y hacían noche en unos nidos castellanos,
de adobe candeal, antes de sumirse por el embudo del estrecho
de Gibraltar que las vaciaría en los confines de Sudáfrica:
en el estrecho de Magallanes.
Porque no contestaban a nuestros reclamos
apenas, como atareadas y embebidas en su insensata misión,
reconcentradas y económicas,
viajeras
en ruta hacia una nueva primavera…


Eduardo Fraile

sábado, 17 de septiembre de 2016

Ser o no ser (de allá)

Eran aquellas tardes de canícula, de tormentas de polvo
y paja menudísima, gotas de lluvia que caían de pie
sobre las eras, como con majestad, y olían a tierra, a trilla,
a parvas de oro de distintos fulgores: trigo, cebada, yeros
que se elevaban en cónicos montículos…
Eran las tardes de aparvar, de Luis Ocaña,
de cangrejos capturados con cestillos de mimbre
y reteles de cáñamo, de los primeros aparatos de televisión
(y de los Teleclubs de los pueblos, con su pequeña biblioteca
y sus bancos de iglesia para adorar el ojo
del dios de las imágenes en blanco y negro con oscilaciones
y franjas que subían y bajaban, y nieve, mucha nieve,
que caía sobre todo en verano, hasta que se perdía la señal
y entonces se decía: es de allá, por el calor, por la tormenta,
por lo que fuere). Tardes
en que se iba la luz, a lo mejor, y encendíamos velas
en casa, y no se podía planchar.
Luego los televisores serían un electrodoméstico
más de los hogares, y de hecho tenían ya nombres de lavadora,
como la nuestra: Westinghouse. Y se seguían viendo mal
(o peor) cada verano. Eso es de allá, que quería decir
que no era culpa de nuestro televisor, o sea que no había que darle un golpecito
en la carcasa de madera. Yo lo sigo diciendo
cuando algo cae fuera de mi jurisdicción, no es de mi incumbencia
o no quiero inmiscuirme: eso es de allá. Tardes de películas
del oeste, de campanas que tocaban a rebato si había fuego
o granizo. De allá, de acá, con fatalidad y temor
y esperanza, a Dios rogando
y con el mazo dando… 


Eduardo Fraile

sábado, 10 de septiembre de 2016

Las fiestas

No nos gustaba bailar (nos parecía una estupidez
de tomo y lomo). Pero llegaría el momento en que las chicas
(alguna sobre todo) comenzaran a adueñarse del tormento
y del éxtasis, de la esperanza y del sueño
y el apetito (y de la falta del apetito y el sueño)
de nuestro corazón. Aquellos seres
con coletas, que nos estorbaban en los juegos
y a los que aborrecíamos profundamente, empezaron a constituirse
en el centro de todo. ¿Cómo podía ser,
cómo podía haber sido? Ése era el gran misterio
de nuestra adolescencia. Y resulta que una de las mejores maneras
de tocar a esos entes ahora maravillosos, era bailando
con ellas. Que nos seguía pareciendo ridículo, pero cómo sería
la cosa, que estábamos dispuestos a caer en ese pozo
insondable, y donde hiciera falta, para estar entre los brazos
de la propietaria de aquellas alas anaranjadas.
En eso debía consistir la Teoría de la relatividad
de Einstein. Y empezábamos también a querer ir a las fiestas
de los pueblos vecinos: a Wamba, a Torre, a Peñaflor, a Ciguñuela…
y a Villanubla, que eran a primeros de septiembre,
con el curso a punto de comenzar. A la angustia
del final del verano, de la vuelta a la ciudad,
del brotar en las eras desiertas de los quitadesayunos,
se sumaba ahora una nueva forma de tortura interior:
el enamoramiento. Dios, qué difícil
se estaba poniendo esto de vivir.


Eduardo Fraile

sábado, 3 de septiembre de 2016

Cervantes bibliófilo

          De una reciente biografía de Cervantes me llama la atención un detalle menor: vemos en un momento dado al autor del Quijote en Sevilla, en una subasta de libros, donde adquiere varios volúmenes lujosos a un precio no barato. Quizá, de todo el libro de Jordi Gracia, Cervantes, la conquista de la ironía, esta imagen del primero de nuestros ángeles civiles pujando por un lote posiblemente de una biblioteca privada, sea lo que más agradezco. Una instantánea de Cervantes bibliófilo (y bibliófilo pobre), gastándose quizá unos dineros excesivos (para su peculio, y para el propio valor de las cosas en ese momento de su vida), que seguramente le harán falta para destinos de más provecho, aunque lo que aquí se nos declara es a alguien poseído por el deseo de las cosas físicas, de los objetos bellos, y más si son libros que admira. O sea que está acorriendo al provecho del espíritu, cuando acaso pasa necesidad.
            Y se gasta 18 reales en cuatro libritos dorados de escritura francesa, lo que me llena de emoción, pues me reconozco en él cuando yo mismo en el Rastro, y en las librerías de viejo o de ocasión, compro libros en francés a más que muy buen precio, pues ya nadie lee la hermosa lengua de Montaigne, persuadidos como están mis contemporáneos de que el bárbaro inglés les ha de resultar de más provecho. Y además se gasta otros 30 reales en una historia de Santo Domingo, que luego usará para documentar una comedia. Le acompaña Agustín Espinel, que es pagador del servicio de abastos, o sea que quizá Cervantes ha cobrado ─o tiene la esperanza de cobrar─ algún atraso de sus servicios al Rey.
           Cómo disfruto viéndole acariciar, ya en soledad, el papel de esos libros, su delicada hilatura, el crujiente palpitar de unas alas con las que vuela por las regiones del aire, como su héroe, por cierto, al que subirá a un caballo de madera, pero esta es otra historia que aún no ha comenzado a escribir ─estamos en 1590─ pero que ya le ronda o le va a rondar o anda rondando la redondez de las estrellas.


Eduardo Fraile

sábado, 27 de agosto de 2016

El minarete


Parecía una estampa de Las mil y una noches
(una de aquellas láminas en las que aparecía una ciudad
entre las dunas anaranjadas). El páramo de Villanubla,
todo cubierto de ondulantes espigas, era atravesado por el Coche de línea
de Ciguñuela, Wamba, Castrodeza, Torrelobatón, San Pelayo…
Sólo cielo y trigal (aunque nuestro amarillo era más rubio de cebada),
y como única elevación o distorsión de esa esencialidad,
de esa especie de ascética o de mística del horizonte,
un minarete árabe (o que así nos lo parecía a nosotros
con naturalidad: de hecho, en Wamba tenían una iglesia
con arcos de herradura). Pero esa torrecilla,
casi flotando sobre el mar cereal, temblaba con visos de espejismo,
y nosotros la veíamos a través de las ventanillas
del autobús como una primera aparición del verano,
una primera entrega del surtido de deslumbramientos
que nos esperaba en la casa de la abuela Evarista,
en Castrodeza. Y quizá imaginábamos una expedición
a la conquista de aquella rara espiga, una tarde
cuando aprendiéramos a andar en bicicleta. Brillaba
como si tuviese un capuchón de oro, tipo Taj-Mahal.
¿Estaría habitada? ¿O acaso se trataba de un palomar distinto
de los rechonchos columbarios de la Tierra de Campos?
Hermosa y solitaria entelequia, quizá producto de nuestra imaginación.
Y el secreto sería desvelado a su tiempo (a nuestro tiempo:
¿y tú qué tiempo tienes?, nos decían para preguntarnos la edad):
cuando aprendimos a comprender (a integrar cada parte
en el todo) que aquella desviación para entrar en Ciguñuela
el ramal de Ciguñuelaiba cayendo como al interior de una hondonada
donde se sentaba ese pueblo, cuya iglesia de piedra
era la propietaria de una torre muy alta que se empinaba, que se ponía de puntillas,
como para ver lo que pasaba en la llanura.
Como para vernos pasar.

Eduardo Fraile

sábado, 20 de agosto de 2016

La siesta

Los cuadernos de verano, los diccionarios de francés,
las novelas que leeríamos en las copas de los árboles
(en el nogal, en el manzano, en los cerezos…),
los álbumes de dibujo, con sus láminas esperando
nuestros lápices de colores, las pinturas-pastel, los carboncillos…
y los libros antiguos que rescatábamos en los desvanes, en los sobrados
de la casa de la abuela Evarista, en maletas de madera, en los baúles
compartiendo reposo con ropajes de antaño y olvidados
tesoros (encontrábamos también maravillosas monedas
cuyo valor desconocíamos). Las horas de la siesta eran sagradas,
se podía delinquir pero en silencio, para no despertar a los mayores,
entregados al sueño. Eran una hora o dos, todo lo más,
en que leíamos y escribíamos y soñábamos despiertos…
Desde muy niños, cuando veníamos de Madrid atravesando carreteras
polvorientas en el taxi de Ramón, aprendimos a desear esas horas
que eran más nuestras, que se convertían por incomparecencia
de los mayores en nuestro reino particular, donde todo podía ser posible,
y explorábamos, inventábamos, fingíamos gobernar
ese vasto dominio, y ampliarlo y perderlo
quizás un día (sin saber que esto último se haría dolorosa
y magnífica, y amurallada e inexpugnable verdad),
                                                                                   para siempre.


Eduardo Fraile

sábado, 13 de agosto de 2016

Estío

El verano volvería,
terco y puntual, dorando las espigas
y haciendo sudar a los botijos. Tras la muerte de la abuela
nos parecía que ya no habría más veranos, y de alguna manera
eso fue lo que sucedió. La casa solariega
de la calle del Río, con sus graneros y pajares,
con sus cuadras y gallineros, con su era…
no volvería a ser más nuestro Reino. Lo escribo con mayúscula
de Paraíso. Años después volví a buscar las salas
y las despensas, su frescor, la calidez de la gloria
y la lumbre de paja, el olor a humo y a estiércol,
a chocolate y a leche recién ordeñada por mi madre…
y subí a los sobrados, donde vivían montones de trigo y de cebada
y pirámides de melones. Algo no cuadraba, las vigas
no eran ya aquellas poderosas cuadernas de navíos,
anchas como para caminar sin caernos por ellas… el espacio
era incapaz de contener los animales, las ovejas,
las vacas y las caballerías, los marranos, las gallinas…
Y busqué los escondites donde fui dejando pedazos de mi infancia,
las medias fanegas y los celemines, el cajón para el pienso, los pajares
llenos de agujas de oro, y no hallé ni rastro de aquel niño
que fue creciendo a lomos de la hermosa Lucera
(la más que humana burra del abuelo Bernardino).
El verano volvió todos los años, repitiéndose,
plagiándose a sí mismo, cada vez más caluroso, previsible
y un poco cargante ya, para qué vamos a engañarnos.
Pero ya no estábamos nosotros con nuestros sombreros
en él.


Eduardo Fraile