domingo, 20 de mayo de 2018

Marilén/ Primavera


                Umbral hace la novela de María Jesús, la estudiante que iba al Gijón con su grupo de compañeras de facultad. Esa novela es "Si hubiéramos sabido que el amor era eso". Pero no hace la novela de la modelo Belén. "Yo hubiera sido un hombre distinto si la vida me hubiese llevado con una o con la otra", creo que reflexiona al evocarlas en "La noche que llegué al Café Gijón". Belén/ Nazareth/ Marilén. "Marilén, otoño-invierno", se titula uno de sus primeros cuentos, en el que aboceta esa posible novela del futuro. Pero nunca quiso hacerla. Nunca la pudo hacer.
          ¿Qué fue de la modelo Belén, cuyo retrato hermosea, hasta dejarlas temblando, las páginas de La noche que llegué al Café Gijón? Como dejó su alma de buscador y gustador y adorador incansable de la belleza femenina. Incluso yo no me atrevo a traer aquí ese retrato lírico de su belleza ojival, de su perfil griego de arcángel o de caballo con alas de la Ilíada. Nos hubiéramos perdido posiblemente todos sus libros maravillosos, pero la Literatura era una fuerza interior que había de llevarle por otros caminos (o por los mismos, pero sin ella).
            Estas cosas piensa uno desde el punto de vista del lector o del escritor, alternativamente. Se me ocurre, incluso, la idea de intentar buscar a María Belén, si vive todavía, o localizar aquellas revistas de los 60 en que salía retratada, o entrevistada, y Umbral nos cuenta esa mañana de domingo en que queda con ella y un fotógrafo en un museo para entrevistarla: "Acudió con el pelo muy corto, envuelta en una gabardina roja y guateada, con toda una noche a cuestas (se le notaba demasiado) y mojada por la lluvia de la mañana. Quedó muy bien en las fotos. Quedaba siempre bien".
            Sólo deja apuntada en 4 o 5 páginas el retrato y la posible novela de Nazareth, de Belén, de Marilén. Es quizá el momento más lírico y sobrenatural del libro, teñido de desazón y profunda melancolía. Por el café pasan y posan los grandes y pequeños escritores y artistas, las figuras y los figurantes de este friso magistral del Madrid ─de la España─ de los años 60. Pero la reina indiscutible de estas páginas es ella, de quien nos enamoramos sin remedio y sin esperanza, incondicionalmente, como le sucediera al propio autor.

Eduardo Fraile

sábado, 19 de mayo de 2018

Las dos Lunas


          La Luna de Tony tenía unas mesas camilla vestidas de tela verde hasta el suelo, con cristal (con luna, diríamos con redundancia). Unos 9 veladores en total, cuento mentalmente 35 años después: La Luna que cerró el pasado verano ya no se parecía en casi nada a aquella de los 80, más elegante y diáfana. El traspaso a Coral y Arturo, en el 83, inició una larga caída hacia lo que acabó siendo en este siglo, más una cervecería que un café. Con su historia y su leyenda, por supuesto, pero las siguientes generaciones no tuvieron la oportunidad de ver y disfrutar aquella magia, aquella luz y aquel chic que nos sedujo a tantos y que añoramos todos los días en que nuestra órbita busca ese satélite (para nosotros nuestro planeta) sin encontrarlo ya.
            La delicadeza, la música, la calidad sobrenatural del público femenino que caía por allí como si fueran ángeles (y en realidad lo eran). El recuerdo embellece, es cierto, y más si lo que se recuerda son los días de nuestra juventud. La década en que tuvimos 20 años es nuestra década gloriosa. La juventud es épica. La madurez es lírica. Pero busco en el plano de hoy, en la ciudad de hoy, todas aquellas cosas que viví y sólo encuentro briznas, sorbos, atisbos, cuando no jirones y desolación. Buscas en Roma a Roma, oh peregrino/ y en Roma misma a Roma no la hallas:/ despojos son las que ostentó murallas…
          Y cuántas veces he regresado por una puerta secreta de la luz a mi café primigenio, mudando épocas y calles como quien vuelve a la ciudad muchos años después y se niega a sustituir la imagen añorada por la que le ofrece la realidad, ese cambio brutal que el ciudadano no nota por ir produciéndose al ritmo de asimilación de la costumbre. Y no está mal elegir quizá de cuando en cuando qué año, qué época vivir en el día de hoy, recorrer el itinerario sabido e incorporado por nuestro organismo y volver a aspirar el aroma de tal o cual aire, y entrar en comercios y tiendas que ya dejaron de existir… y fijarnos en pisos y en balcones donde vivimos y amamos una vez…
            ─Háblame como la lluvia. Háblame como si estuviéramos en Valladolid.
            ─Echas de menos La Luna.
          ─Nos echo de menos a nosotros cuando aún no nos conocíamos. Cuando yo pensaba que a lo mejor no íbamos a estar nunca juntos, así.
            ─¿Cómo es así?
          ─Después de haber hecho el amor. Antes de hacerlo de nuevo por primera vez.
─Tú conoces la lluvia de Londres. La de París…
─Y esta lluvia verde que huele tan bien. Yo nunca había estado en la montaña.
─No hay montañas en tu pequeño planeta.
─En mi pequeño planeta sólo hay ciudades grandes donde no estabas tú. Por eso he tenido que venir a buscarte.
─Algún día te irás.
─Sí, pero te vienes conmigo.
─Y con la lluvia.
─A la Luna. Cómo te echo de menos en La Luna, ahora que no estamos allí…

Eduardo Fraile

sábado, 12 de mayo de 2018

Ana Ruiz, Ché, Asun


Ana Ruiz (novia de Tony por entonces)
Terraza de La Luna. 13h. Sol de mediados de junio de 2015

                Se me hace difícil no recordar de golpe aquellos días, teniéndote aquí. Qué casualidad encontrarnos en esa presentación de Tino Barriuso, aunque yo te he seguido la pista desde lejos. Sales mucho en los periódicos. Cuando hace diez años o así fui a que me firmaras Teoría de la luz, en la Feria del Libro, no me reconociste. Si no te llego a decir nada… La verdad es que el tiempo te ha tratado bien. Bueno, no bien. Se ve que has sufrido lo tuyo, pero estás muy… Seguro que se te rifarán las jovencitas, menudos putones están hechas. Si lo sabré yo, que me dedico a la enseñanza. Pues sí, ya ves, en un Instituto de aquí, al cabo de los años. Hace mucho que no sé nada de Tony. Uf. De repente se me ha venido todo a la cabeza, desde que nos vimos ayer. No he dormido nada esta noche. Por eso llevo las Ray Ban. Quita, que no quiero que…

***

Ché (Jesús Mª García Pérez), propietario del Café El Minuto
Barra de El Minuto, 11:30h de la mañana

            Él viene por aquí casi todos los días sobre esta hora. Suele sentarse en esa mesa de la cristalera, si está libre. Es un momento de mucha animación, según épocas. Si los alumnos de la Escuela de Arte vienen en el recreo, casi no damos abasto, y somos tres en la barra. No, no se queda mucho tiempo. Lee un periódico, a veces, raramente, saca un cuaderno de la cartera y toma unas notas. Otras veces se queda como mirando hacia dentro, esa manera que tiene de estar aquí pero a la vez en otra parte (y sobre todo en otro tiempo). Como cuando le conocí en la primera época de La Luna. Nosotros íbamos mucho a aquel café, éramos unos críos, como estos de la Escuela, y nos fijábamos en él. Siempre estaba rodeado de chicas, a cual más guapa, pero parecía no hacerlas mucho caso, como si estuviera pensando en otra que precisamente no estuviera allí. Es un honor tenerle ahora en mi propio Café.

***

Asun/ Madreselva
Floristería Madreselva en su actual ubicación de la Calle del Santuario. Interior/día.

            A La Luna íbamos mucho mi amiga Rosa y yo. Nos gustaba ver al poeta entre sus musas, o mejor en soledad. Luego ya decíamos Eduardo, simplemente. Yo le tejí un jersey de lana. Me da un poco de vergüenza decirlo. Quizá sí me hacía tilín, y hablé con él varias veces, y quizá hubiéramos podido darnos una oportunidad. Pero no sucedió así. Yo también le gustaba, estoy segura, pero creo que él tenía la cabeza en otra parte. Yo luego puse una floristería en la plaza de la Cruz Verde, e incluso tuve que hacerle ramos de rosas para otras (y algunas de esas otras eran amigas mías). He leído alguno de sus libros, pero el que más me gustará siempre es Nopoema. He ido también a alguno de sus recitales. Ahora mi floristería está en esta calle, hace ya años que no me encarga ramos de flores para chicas. Sólo alguna planta para su estudio, o rosales para el jardín de Castrodeza, al comienzo de cada primavera…

Eduardo Fraile

sábado, 5 de mayo de 2018

Body Painting


            En un tablero sobre dos caballetes tenía Pedro papeles de la editorial. Facturas, contratos, folios en los que yo escribía mientras Imán/Iowa escapaba de la lluvia. Pero íbamos a irnos de una lluvia a otra lluvia, más verde y aromática, balsámica, que yo no conocía aún. Y también había allí rotuladores, reglas y pliegos de Letraset con los que mi amigo el editor diseñaba las portadas de la colección Balneario Escrito. Quién me iba a decir a mí que en el improbable futuro yo haría algún día lo mismo, quizá con otros medios más modernos, y quizá mi pasión por el diseño editorial ─si no la llevaba yo impresa en el ADN, como creo que sí─ debió despertar en esos interludios de mi combate con el ángel dorado.
            Hoy es muy común que las chicas se hagan tatuajes en las más secretas parcelas de su piel. No entonces. Como mucho alguna calcomanía ─nosotros decíamos calcamonía─ que duraba unos días nada más en los brazos, en un hombro quizá, sobre las muñecas, como un reloj de pulsera donde no había reloj. Y le empecé a pintar cosas a Iowa con los rotuladores Carioca de mi infancia sobre su cuerpo sin mácula. Y luego a escribirle palabras, poemas. Un poema-liga, un poema-brazalete, un poema-collar que iba bajando en círculos concéntricos hacia sus senos.
              - Me estás dejando hecha un cromo. Esto no se me va a quitar ni con Gior, que es lo que usan los mecánicos.
               - Tengo una idea. ¡Túmbate!
               - ¿…?
              - No, date la vuelta, quiero experimentar nuevas formas de impresión sobre tu espalda.
            Y entonces empecé a transferir letras de Letraset (o al menos a intentarlo) sobre su delicada piel. Para quienes no hayan conocido estos abecedarios que se vendían en las papelerías (a veces los veo en el Rastro, junto a carpetas de cartón con gomas y cuadernos de dibujo Discóbolo), les diré que el sistema consistía en presionar y rayar con la punta de un bolígrafo sobre la hoja de plástico, hasta que la letra elegida quedaba impresa sobre el papel. Ay, tu espalda de papel, de delicioso pergamino. Al principio no se quedaban prendidas, pero con un poco de práctica logré irte vistiendo con una celosía de mayúsculas y minúsculas Caslon Antique, que era la fuente que había elegido Pedro para los títulos de sus libros. Te hubiese ido mejor la Venus fina cuerpo 10, pero eso era lo que teníamos a mano.
            Y así, vestida de letras y dibujos que te desnudaban más aún, te leí una vez más.

Eduardo Fraile

sábado, 28 de abril de 2018

El periodista Tomás Hoyas, el galerista Evelio Gayubo y Antonio Redondo, recuerdan años después


     El periodista Tomás Hoyas recuerda, años después
                               (Barra del bar Terminal, Plaza de los Arces, altas
                               horas de la madrugada)

            Por entonces había dos personas en Valladolid que vestían siempre de negro: el poeta Eduardo Fraile, que era el poeta residente, por así decir, del café La Luna, y el pintor Jesús Capa, aunque Capa en verano cambiaba el negro riguroso por el blanco nuclear, zapatos incluidos. Fraile comenzó a publicar a comienzos de los 80, siempre con mucho primor formal. El propio café La Luna, en coproducción con el bar Minotauro, de la cercana calle del Santuario, editó de hecho un texto suyo, NOPOEMA, en 1985. Iba acompañado con un grabado original de Julio Toquero. Yo conservo un ejemplar. Capa tenía una galería de arte en Medina de Ríoseco, en la Calle Mayor…

***
    El galerista Evelio Gayubo recuerda, años después
                              (Sala de exposiciones, descolgando cuadros. Interior/ día.
                              Tráfico de la calle López Gómez)

            Siempre me llamó la atención la seguridad interior, la fe en sí mismos, bueno, no sé si esa es la palabra, el íntimo convencimiento de que dedicarían su vida, y lo que hiciera falta, a su Arte. Los dos. Julio Toquero y Eduardo Fraile. No he visto casos como los suyos. Ya desde entonces, y eran unos chavales. A Julio pude ayudarle, hizo conmigo su primera exposición en galería. Pero Fraile ya había publicado un libro en el 82, cuando le conocí en una muestra que hice de los libros experimentales de Francisco Pino. Mi sala entonces se llamaba Siena, y era también floristería. Estaba un poco más atrás, en esta misma acera. Y bueno, en el café La luna, siempre se le podía encontrar allí. Era como su estudio. La lucidez, la visión privilegiada de lo que iba a ser su camino. Y la valentía, la determinación casi suicida de que lo iban a seguir, pasara lo que pasara, hasta el final.

***

    Antonio Redondo (Toño Metropole, Toño Harlem,
                              Toño Buenavista) recuerda, años después. Barra del
                              Café Buenavista, interior/ noche

            A Eduardo Fraile le vi por primera vez en La Luna. Era una de las presencias del café en aquellos años. Era el poeta. Yo no sabía su nombre entonces, vestía siempre de negro y a veces estaba con una tía de esas de las que quitan el sentido. Otras veces estaba solo, escribiendo o leyendo un libro. Luego le perdí la pista, incluso pregunté por él en la barra y me dijeron que se había ido al extranjero. Le recuperé a finales de los 80. Yo acababa de abrir el Metropole y él se dejaba caer los sábados por la noche, ya tarde, sobre la 1 o las 2. Bueno, pues iba por allí un grupillo de amigas, muy majas, la verdad. Una era muy delgada, con los ojos enormes. Y ¡zas! Ligaron allí mismo, delante de mis narices. Menudo flechazo. Se besaron junto a la columna y estuvieron así horas, hasta que cerramos. Tengo todos sus libros. Son la hostia. Siempre me manda invitación cuando sale uno nuevo. De hecho, mira, pasado mañana presenta "La chica de la bolsa de peces de colores" aquí al lado, en el Aula Triste del Palacio de Santa Cruz. ¡No faltaré!

Eduardo Fraile


Nevers/ Iowa



─ Comment c’était ta folie à Nevers?
─ Comment c’était ta folie à neuf heures?
Habíamos visto en un cine de arte y ensayo Hiroshima mon amour en versión original. Y ahora estábamos en la cama, como los dos protagonistas.
Maldito, que yo no sé tanto francés como tú. ¿Dónde está Nevers?
Lo buscaremos en el atlas de mi amigo el editor. Debe estar más abajo de París. Pasa el Loira.
Mira, Nevers es un hermoso nombre para ti. Además, vers es verso, ¿no?
Pues sí que sabes bastante. A ver, en qué se diferencia Nevers de nef heures?
¿Nevers a las 9?
¡Bravo, Iowa!
Mi río es el Des Moines. De los monjes, o monjes a secas. ¿Cuándo vamos a Des Moines City?
Iremos primero a Nevers, ya puestos.
Vale, Nevers. Illiers para parar en Tansonville. París-Nueva York en Concorde. Y luego en esos autobuses interestatales yanquis de color aluminio, a ese lugar donde dices que viven las chicas más guapas del mundo.
No sé, no sé. El Concorde es carísimo. Creo que vale medio kilo el billete. Sólo de ida.
Del dinero se encargará tu ángel dorado. Es verde. Dicen que crece en los árboles.
Ni Salomón en todo su poder…
¡Uf! Qué ganas tengo de salir de aquí. Me agobia tanta lluvia ya. ¿Por qué llueve tanto en la novela en la que me recuerdas?

Eduardo Fraile

sábado, 21 de abril de 2018

Cuando cerraba La Luna...



            …se iba a La Calleja o El Cafetín. La Calleja ya no existe hoy, ni siquiera el callejón sin nombre que comunicaba la plaza de la Universidad con la bajada de Marqués del Duero. El Cafetín, sí, El Largo Adiós, frente a la catedral, que entonces abría o no, según, y los habituales se comunicaban con el tam-tam secreto de la clarividencia si hoy sí, si se podía recalar allí entre las fotos de nuestros escritores y artistas favoritos.
            En una de las mesas de mármol de El Largo Adiós escribo estas palabras. Y, la verdad, parece como si su nombre de novela de Raymond Chandler hubiera sido exacto y premonitorio siempre. Triste, solitario y final, dice Philip Marlowe. "No digo adiós, ya lo dije una vez cuando tenía sentido, cuando era triste, solitario y final." Y si aún se quería estirar la noche se podía uno llegar hasta el París, en la calle Tahonas, ya muy cerca del Puente Mayor. Allí había un futbolín y siempre pasaban cosas. Si se había llegado hasta el París todo podía ser posible. Aún no había estallado propiamente la Movida, o estaba empezando apenas a sacudir Madrid, y las ondas concéntricas de esa inquietud maravillosa que coincidió con los mejores días de nuestra juventud irían llegando a provincias como con eco, y brotarían bares y cafés como no los ha vuelto a haber nunca más.
            El Farolito abrió poco después, en 1983, y enseguida también se convirtió en un centro de energía de irradiación sobrenatural. El espíritu de Malcolm Lowry, el faquir Ben Alí, que se atravesaba las mejillas con agujas de punto allí mismo, los actores del Teatro Corsario, poetas de verdad, que venían de circos perdidos en el Asia central o de la vecina Salamanca, pintores chilenos con melena de plata y perfil de águila o de cóndor de los Andes. Y del Cafetín al Farolito, y del Farolito al Cafetín, que sólo había que cruzar la calle Cascajares.

***

Imán & Poeta (almacén de la editorial Balneario
Escrito. Interior/noche)

            - Háblame de mí.
- Flor, no sé tu nombre. Hueles a Paraíso, a delicados pétalos que la brisa entreabre…
- No soy una flor. Quizá más un arbolito. Si fuese un árbol qué nombre me pondrías.
- Árbol de oro en cuyas ramas secretas anidan mis caricias.
- Menudo pájaro estás tú hecho. ¿Qué ramas secretas son ésas?
- Concavidades y convexidades de tu cuerpo que me has dejado descubrir.
- ¡Inventa una palabra!
- A ver, a ver…
- ¡Venga!
- ¡Iowa!
- ¿Iowa, como un estado de Estados Unidos?
- Sí, se me acaba de venir a la cabeza.
- Vale, me gusta. Creo que era el territorio de los indios kiowas. Lo podemos mirar luego en un atlas, si tu amigo el editor tiene uno por aquí.
- ¡Ah, ya sé por qué se me ha ocurrido Iowa!
- ¡Di!
- Jack Kerouac dice en su novela On the Road que en Des Moines, que es la capital de Iowa, vivían las chicas más guapas del mundo.
- Gracias, mi poeta. Pues tenemos que ir a conocer esa ciudad…


Eduardo Fraile