sábado, 14 de octubre de 2017

El otoño del alma

            Cae la hoja del calendario, del árbol de los días que se van, que regresan, quién sabe. Los días. Los putos días, jodidos cabronazos (Bukowski). Cae la manzana de Newton del otoño, las uvas de Vivaldi, los violines de mi corazón. El otoño es la estación de los poetas, he oído decir alguna vez, y sí, aunque yo lo veo de otra manera, tomándolo en sentido literal: el poeta espera en la estación del Otoño. Espera un tren que no vendrá. No podré asistir a mi cátedra del lunes, telegrafiaba Machado al director del instituto de Segovia donde daba sus clases de francés. Iba a poner ‵esas pocas palabras verdaderas′ al llegar a Madrid para pasar el fin de semana, casi todo el tiempo sentado en el Café de las Salesas, donde seguramente Guiomar aparecería en algún momento… o quizá no, y las horas iban sucediéndose lentas como dinastías, o como edades de piedra contra el cristal de los vasos y la jarra del agua (esa fotografía que le retrata con el sombrero puesto y las manos en la curvatura del bastón, mirando al interior de sus pensamientos). Recorre mentalmente los meandros de un soneto, más por engañar al tiempo que otra cosa, árbol en el otoño él mismo, que se imaginó en otra tierra la tierra que cubre a Leonor olmo reverdecido por la primavera… No me será posible estar el lunes, o quizá nunca ya, piensa el poeta para sus adentros, en mi cátedra, en mis clases de Montaigne, con quien tanto conversa en esas otras horas de la pensión segoviana, esa habitación que podemos visitar hoy como quien entra en la desesperanza, en el desasimiento, en el desamparo total del alma… El otoño del alma, se podría titular esa habitación interior del poeta. No podré estar el lunes en mi cátedra, señor Director, porque he perdido el tren de hoy… y el de mañana.


Eduardo Fraile

sábado, 7 de octubre de 2017

Los santos

Llevábamos cada uno nuestro taco de santos de las cajas de cerillas
(toreros, mariposas, trajes regionales, locomotoras, futbolistas…)
atado con una goma del pelo de nuestras hermanas,
y en los recreos trazábamos una línea con tiza en la pared
para irlos dejando caer desde esa altura, alternativamente.
Cuando un jugador montaba con el suyo sobre alguno de los santos caídos 
                                                                                                      [en el suelo,
todos para él. Era un juego sencillo, y como las canicas
o las chapas o las peonzas, iba por épocas,
por modas, no se sabía muy bien cómo, pero un día uno cualquiera de nosotros
aparecía con su taco de santos, o de calendarios, y en poquísimo tiempo
toda la ciudad jugaba a esto, o a aquello,
o a lo de más allá.
Tras las tapias de un colegio, en la calle José María Lacort
de Valladolid, el niño que fui allí deja caer los santos
(que quizá llevan impresas las portadas de los libros
que escribiré el día de mañana), y también, paulatinamente, va cayendo
la tarde de este lado, las golondrinas que se fueron, el sol
naranja del otoño, la vida, este poema…


Eduardo Fraile

sábado, 30 de septiembre de 2017

¡No a la rentrée!

             Me envía una amiga francesa esta postal, que he clavado inmediatamente con una chincheta en el muro de mi corazón. No a la rentrée. No y no y no. Éramos niños y no queríamos volver a la ciudad, al colegio, a las Ferias de Valladolid, a montarnos en los caballitos de la Rubia. Éramos niños que lloraban en los carruseles, para que la fuerza centrífuga limpiara nuestras lágrimas y nuestra madre no tuviera que preguntarnos, porque no sabíamos nombrar esa angustia que crecía en nuestra almita como los quitadesayunos en las eras los primeros días de septiembre. Ay. Y aparentábamos sonreír, con no mucho éxito, la verdad, pero nuestra palidez se achacaba enseguida al mareo de la noria, o a los charlatanes de las tómbolas, o al olor a frituras, o al humo de los puros de los hombres que iban a los toros en el mismo autobús del paseo de Zorrilla que habíamos abordado nosotros.
            Los autobuses que iban al real de la Feria, o a la Feria de Muestras, o a la plaza de toros, llevaban unas banderillas de España en los extremos del frontal. (Cuando era San Isidro o San Cristóbal les ponían unos manojos de laurel.) Y así fuimos creciendo, pero esa herida no se nos curaba, y cada mes de septiembre volvía a sangrar gotas violeta (de los quitadesayunos, de las rayas de la camiseta del Valladolid, de los bolígrafos que nos manchaban los dedos de las manos). Y ya íbamos solos a las ferias, o directamente no íbamos. Para qué. Ya iba forjándose en nosotros la rebeldía de la adolescencia, la conciencia de nuestra individualidad, e intuíamos que nuestro lugar, nuestro sitio, no estaba entre la multitud. Y si nos daban algo de dinero nos lo gastábamos en libros.
            Así que año tras año fue creciendo dentro de nosotros un árbol con sus hojas (sus páginas) y sus círculos concéntricos como capítulos, como vueltas y revueltas en la noria de la vida. Y llegaría ese septiembre (en septiembre se tiemble, rezaba el refrán, porque ya refrescaba) en que algo dentro de nosotros pronunciase ese «no» que venía madurando como un fruto redondo, una manzana de oro que cayó por su peso, y en virtud de la Ley de la Gravitación Universal, de Newton, y quizá no regresar supusiera una angustia todavía mayor, pero ese acto fundacional contenía en sí la semilla del gozo, de la emoción y de la aventura interior que comenzaba en ese instante, en ese punto de partida, de salida de Don Quijote, de inauguración, de botadura, de nacimiento, de estreno…


Eduardo Fraile

sábado, 23 de septiembre de 2017

¡Hare Krishna!

             Otra de las flores efímeras que desapareció fue el azafrán de las túnicas de los Hare Krishnas, no sé, brotaron y se extinguieron esos años mágicos de la Transición, entre el 76 y el 79, y perfumaron y pusieron cierto cromatismo que no era de aquí en la suciedad gris de nuestras calles. Desde los autobuses decrépitos con silletín para el cobrador veíamos esos grupos de 6 u 8 danzarines de cráneos mondos y lirondos que iban cantando su Hare Krishna, Hare Hare, como beodos o fumetas, o simplemente poseídos por el espíritu gozoso de su divinidad.
            Sus cabezas rapadas hoy no resultarían tan chocantes como en aquellos tiempos de melenudos con pantalones de campana. Ni sus túnicas naranja… bueno, sus túnicas anaranjadas seguirían hoy siendo una exótica deflagración de color. Mariposas que envolvían en sus vuelos concéntricos a los sorprendidos transeúntes, acostumbrados más a los testigos de Jehová con sus carteras baratas y sus revistas, o a las gabardinas azul plomo con chapa identificativa de los mormones.
            ¿Qué les pasó? ¿Por qué no volvieron más? Me emociona su levedad, su aparente inoperancia y desprecio por el proselitismo. No nos daban la vara, no nos adoctrinaban, no metían el zapato, como los vendedores de enciclopedias, para que no les cerráramos la puerta en las narices. Sólo iban por la calle cantando (o rezando, quién sabe), provocaban una sonrisa, algún lanzado se unía a su carrusel, a su conga de Jalisco budista o hinduista o lo que fuere, pero todo lo más duraban media calle…
         No arraigaron aquí. Demasiado categóricos, demasiado maximalistas, demasiado poco acostumbrados a la flexibilidad de los juncos mecidos por el viento debimos parecerles. No dignos de su mensaje, no preparados aún para hacernos partícipes… de su secreto.


Eduardo Fraile

sábado, 16 de septiembre de 2017

Los barros

Las calles se llenaban de barros con las lluvias del otoño
(sólo se inició la pavimentación en los años 80) y ya casi hasta la primavera 
                                                                                                          [siguiente
todo era llevar manchados los zapatos o las botas,
incluso  el calzado de fiesta o los zapatos de tacón de las jóvenes
sufría alguna mácula en la ascensión hasta la iglesia,
los domingos. Así que, claro, era normal
que los portales de las casas estuvieran casi todos empedrados
con grandes lanchas calizas como de lecho de río
y no se comenzase a embaldosar hasta un poco más adentro,
ya de camino a las cocinas. Los barros. Las cunetas.
Los sabañones. El frío.
Parecía un castigo inmemorial y de carácter perpetuo
─como por haber cometido un horrible pecado─
y nadie pensó nunca que incluso eso
se llegaría a acabar. Y se acabó.
Yo alcancé a vivir, aunque poco, los barros
y esos verbos anejos y pertenecientes y relativos a ellos,
como atollarse. Atollados de barro
llegábamos del campo, o de ir de casa de la abuela
a la era, o a hacer algún recado
o a enviar, en las matanzas, las navidades
que íbamos a Castrodeza. Los veranos estaban exentos
de esa plaga, porque incluso las tormentas vespertinas
sólo mataban el polvo de la siega, de las trillas,
de los caminos de harina batida por las herraduras de plata
de las caballerías.
No quisiera añorar hoy una cosa
que tanto hizo sufrir a nuestras madres,
pero tengo que atravesar varias calles de tierra
regada con mis lágrimas…


Eduardo Fraile

sábado, 9 de septiembre de 2017

El principio del fin

       Mi madre nos bañaba en la cocina, junto a la lumbre de paja,
dentro de un barreño de zinc. O en el corral al sol,
en la pila de piedra del pozo. Luego, un verano, el verano del agua
─de la acometida del agua corriente─, la abuela hizo un cuarto de baño
como los de la ciudad, y eso, que en principio parecía un adelanto
¡un adelanto!─un adelanto, decían orgullosos, en el pueblo─ a nosotros no nos hizo                                                                                                               [mucha gracia…
En Madrid y en Valladolid nuestro aseo era pequeñísimo,
sólo la bañera que puso la abuela Evarista no hubiera cabido allí.
Y esto fue sólo el principio. El principio del fin.
La gente empezó a comprar televisores y a vender las camas
de bronce, incluso los colchones de lana, que intercambiaban, encantados,
por otros de muelles. Y las cocinas de butano
clausuraron las benditas chimeneas, y las calefacciones
cerraron para siempre la trampilla de las glorias…
¡Ay, Señor! Hasta el abuelo Bernardino
vendió la noria del huerto al chatarrero
por 800 pesetas. Tendría yo 8 o 9 años
y lloré mientras unos hombres con marras
la rompían en trozos. Lo sigo viendo hoy, oigo los golpes
que impactan contra mi corazón.


Eduardo Fraile

sábado, 2 de septiembre de 2017

Lisa 1

        Es una maniquí que acaba de instalarse en mi estudio, acodada entre el mueblecito de cajones que guarda los originales de mis libros y el cuadro de la ‵escalera en rosa′, de Julio Toquero, que compré por 15.000 pesetas en 1984 y hoy debe valer una pequeña fortuna. La verdad es que ella sola se ha buscado ese sitio, y la planta (no sé cómo se llama esa planta de hojas opulentas como espadañas) vela con delicadeza su hermosa y edificante desnudez. Digo edificante en el sentido de que su esbeltez parece surgir desde los cimientos (desde sus pies con las uñas pintadas exactamente del mismo rosa del lienzo). Y no me canso de mirarla, quieta ahí, observándome.
          Agradezco al dios de los encuentros inesperados que la haya puesto en mi camino, en un escaparate de una mercería en liquidación: Confecciones Monterrubio, y haya querido ─tan fácilmente, tan naturalmente─ venirse a vivir conmigo.
            Es bellísima, ya digo, entre ofreciéndose y ocultándose, impúdica y a la vez pudorosa, Santo Dios. He sido ─soy─ un mortalmente herido admirador de la Gracia y el vuelo y la sobrenaturalidad y la angelidad femeninas… y ahora esto. Cuántas veces mis palabras se han corporeizado encarnándose en seres reales, y heme aquí hoy enamorado de una ─¿inánime?─ maniquí. Maniquí con un polo, se titulaba una de mis columnas de los noventa en El Norte de Castilla. Y trataba de las escapadas de una maniquí desde su escaparate a la heladería de la plaza de Santa Cruz. Es duro ser maniquí en las rebajas de agosto. Lisa 1 no viene de boutique, sino de una humilde e histórica tienda de lencería que desaparece.
            Y no me canso de soñarla, ahí quieta, tan real, observándome. Imaginándome ella a mí, se diría. Exhibiéndose sola para mí. Porque ella, ahora lo sé, me ha elegido.


Eduardo Fraile