sábado, 27 de agosto de 2016

El minarete


Parecía una estampa de Las mil y una noches
(una de aquellas láminas en las que aparecía una ciudad
entre las dunas anaranjadas). El páramo de Villanubla,
todo cubierto de ondulantes espigas, era atravesado por el Coche de línea
de Ciguñuela, Wamba, Castrodeza, Torrelobatón, San Pelayo…
Sólo cielo y trigal (aunque nuestro amarillo era más rubio de cebada),
y como única elevación o distorsión de esa esencialidad,
de esa especie de ascética o de mística del horizonte,
un minarete árabe (o que así nos lo parecía a nosotros
con naturalidad: de hecho, en Wamba tenían una iglesia
con arcos de herradura). Pero esa torrecilla,
casi flotando sobre el mar cereal, temblaba con visos de espejismo,
y nosotros la veíamos a través de las ventanillas
del autobús como una primera aparición del verano,
una primera entrega del surtido de deslumbramientos
que nos esperaba en la casa de la abuela Evarista,
en Castrodeza. Y quizá imaginábamos una expedición
a la conquista de aquella rara espiga, una tarde
cuando aprendiéramos a andar en bicicleta. Brillaba
como si tuviese un capuchón de oro, tipo Taj-Mahal.
¿Estaría habitada? ¿O acaso se trataba de un palomar distinto
de los rechonchos columbarios de la Tierra de Campos?
Hermosa y solitaria entelequia, quizá producto de nuestra imaginación.
Y el secreto sería desvelado a su tiempo (a nuestro tiempo:
¿y tú qué tiempo tienes?, nos decían para preguntarnos la edad):
cuando aprendimos a comprender (a integrar cada parte
en el todo) que aquella desviación para entrar en Ciguñuela
el ramal de Ciguñuelaiba cayendo como al interior de una hondonada
donde se sentaba ese pueblo, cuya iglesia de piedra
era la propietaria de una torre muy alta que se empinaba, que se ponía de puntillas,
como para ver lo que pasaba en la llanura.
Como para vernos pasar.

Eduardo Fraile

sábado, 20 de agosto de 2016

La siesta

Los cuadernos de verano, los diccionarios de francés,
las novelas que leeríamos en las copas de los árboles
(en el nogal, en el manzano, en los cerezos…),
los álbumes de dibujo, con sus láminas esperando
nuestros lápices de colores, las pinturas-pastel, los carboncillos…
y los libros antiguos que rescatábamos en los desvanes, en los sobrados
de la casa de la abuela Evarista, en maletas de madera, en los baúles
compartiendo reposo con ropajes de antaño y olvidados
tesoros (encontrábamos también maravillosas monedas
cuyo valor desconocíamos). Las horas de la siesta eran sagradas,
se podía delinquir pero en silencio, para no despertar a los mayores,
entregados al sueño. Eran una hora o dos, todo lo más,
en que leíamos y escribíamos y soñábamos despiertos…
Desde muy niños, cuando veníamos de Madrid atravesando carreteras
polvorientas en el taxi de Ramón, aprendimos a desear esas horas
que eran más nuestras, que se convertían por incomparecencia
de los mayores en nuestro reino particular, donde todo podía ser posible,
y explorábamos, inventábamos, fingíamos gobernar
ese vasto dominio, y ampliarlo y perderlo
quizás un día (sin saber que esto último se haría dolorosa
y magnífica, y amurallada e inexpugnable verdad),
                                                                                   para siempre.


Eduardo Fraile

sábado, 13 de agosto de 2016

Estío

El verano volvería,
terco y puntual, dorando las espigas
y haciendo sudar a los botijos. Tras la muerte de la abuela
nos parecía que ya no habría más veranos, y de alguna manera
eso fue lo que sucedió. La casa solariega
de la calle del Río, con sus graneros y pajares,
con sus cuadras y gallineros, con su era…
no volvería a ser más nuestro Reino. Lo escribo con mayúscula
de Paraíso. Años después volví a buscar las salas
y las despensas, su frescor, la calidez de la gloria
y la lumbre de paja, el olor a humo y a estiércol,
a chocolate y a leche recién ordeñada por mi madre…
y subí a los sobrados, donde vivían montones de trigo y de cebada
y pirámides de melones. Algo no cuadraba, las vigas
no eran ya aquellas poderosas cuadernas de navíos,
anchas como para caminar sin caernos por ellas… el espacio
era incapaz de contener los animales, las ovejas,
las vacas y las caballerías, los marranos, las gallinas…
Y busqué los escondites donde fui dejando pedazos de mi infancia,
las medias fanegas y los celemines, el cajón para el pienso, los pajares
llenos de agujas de oro, y no hallé ni rastro de aquel niño
que fue creciendo a lomos de la hermosa Lucera
(la más que humana burra del abuelo Bernardino).
El verano volvió todos los años, repitiéndose,
plagiándose a sí mismo, cada vez más caluroso, previsible
y un poco cargante ya, para qué vamos a engañarnos.
Pero ya no estábamos nosotros con nuestros sombreros
en él.


Eduardo Fraile

sábado, 6 de agosto de 2016

Paquete



Yo le llamaba Francisco (Francisco el de la Vero,
como siempre se dijo en casa), así que nunca me acostumbré
a llamarle Paquete, o Paco simplemente, como hacían sus amigos.
Seguía llevando la pequeña mercería de su madre,
mercería/droguería, y hacía trabajos de carpintero y de pintor
de brocha gorda. Esos años
de mi noviciado de escritor (1979. 80, 81) pude conocerle más estrechamente:
su bondad natural, su inteligencia compasiva, se podría decir,
con las cosas y las personas. Todavía tengo en casa
unos bastidores de madera que me hizo
y que no he querido usar aún, y han pasado 35 años
o más. Con Urbano, Venancio, Secun y Tomás
sacamos la revista El Cueto. Y también formamos parte del grupo de teatro
de Castrodeza (Paco no de actor, sino de carpintero de escena),
y bueno, tantas cosas que con él era fácil de llevar adelante…
La cosa es que luego murió casi enseguida
(el 85 o así), no sabría hoy decir de qué: le vi en el sanatorio
sólo una vez, muy rápido, muy tarde ya,
él se iba y yo no quería (no supe, la verdad, nunca he sabido) despedirme…
Él era todo aquello que no quisiéramos que muriese nunca,
y el olvido echa rápido esa manta marrón
sobre la tierra…
Antes de caer malo, cuando publiqué NOPOEMA,
se lo llevé a su casa y le prometí que le traería siempre
todos mis libros (recuerdo una pequeña balda con libros y papeles
en el comedor). No cumplí mi promesa (no le veía sentido
no estando él ya). O quizá sí, de alguna secreta manera,
sí he podido cumplir, de corazón a corazón,
de carpintero a carpintero (y de pintor a pintor).
No necesito llevar libros a su casa cerrada
―abierta en el verano por sus hermanas Marta y Antonia―
o depositarlos sobre su tumba.
                                                  Él me sabrá disculpar.
No necesita mis palabras para saber que le recuerdo,
y esto lo sé de buena tinta, para poderme leer.

Eduardo Fraile

sábado, 30 de julio de 2016

El yelmo de Mambrino




            He perseguido un yelmo de Mambrino por el Rastro, por las tiendas de antigüedades (incluso en alguna barbería de época, de esas que conservan el autoclave y los sillones de porcelana con su reposapiés de fundición: recuerdo los de Lisboa, con la marca "Pessoa" en relieve). No he podido encontrar una bacía de azófar (ni de cualquier otro metal). Lo más cercano lo he hallado en cerámica de Talavera o de Granada, supongo que con más vocación de objeto para los turistas que como elemento etnográfico. Y recuerdo al barbero de Castrodeza, a Luisito (que se suicidó por ahorcamiento y no con la navaja de afeitar), que arreglaba al abuelo Bernardino y a aquellos bravos hombres de la comarca de los Montes Torozos. Le recuerdo cuando yo era muy niño y los sábados por la tarde rasuraba a Barba azul (así le llamábamos los 17 primos Valles instalados en la casa solariega durante todo el verano). Pero Luisito no usaba bacía, sino una palanganilla de chapa esmaltada haciendo aguas: mi madre hervía un cazo de zinc en la lumbre de paja. A veces he pensado mandarla hacer de encargo, de latón, no con la medida de mi cuello, sino de mi cabeza, pero me digo que no, que esas cosas hay que merecerlas, que ganárselas, es decir encontrarlas por casualidad, como le sucede a Don Quijote, que ve venir a lo lejos a otro caballero con un yelmo dorado (lo que a Don Quijote le parece ser un yelmo) relumbrando sobre su cabeza… y la lía.

Eduardo Fraile

sábado, 23 de julio de 2016

La celada de encaje

Imagino a Don Quijote mientras limpia las armas
tomadas por el moho y el orín, cómo intenta bruñir
(limpia, fija y da esplendor), con qué productos:
asperones, lejías, estropajos de estopa, piedra pómez,
aceite, vinagre y sal. El libro de Cervantes
nos da una imagen aplicada e industriosa
del Caballero: su creciente, emocionada, exaltada vocación
de salir (de salirse de sí) en busca de aventuras
con que lograr nombre y fama. Y le vemos
intentando construir una celada
con cartones y cinta verde, para aplicarla a su morrión
simple. Fracasa, recomienza, hace la prueba
de su bondad y de su idoneidad, y al cabo, así nos dice
Cervantes con suprema elegancia, la diputó
(y hoy nos parece más prenda interior
femenina, que indelicada pieza de armadura)
y tuvo por celada finísima de encaje.


Eduardo Fraile