sábado, 13 de enero de 2018

El eterno retorno

            Creo que tu hija no sabe quién soy. Quién fui contigo. Quiénes fuimos tú y yo. Si lo supiera, si lo descubriera ella misma, si se lo confesase yo… ¿cambiarían las cosas? Se diría que, de alguna manera, estaba escrito que nos conociéramos así, como en un eterno retorno de nosotros, una nueva órbita alrededor de… ¿qué? Tentado estoy de escribirte una carta, quizá quiero que seas tú quien descubra la cosa, si la cosa ha de ser descubierta, espiando el móvil de tu hija, o su tablet, o donde sea que ella guarde sus secretos. Y nuestra relación sólo puede ser ─existir─ en el secreto. Pero ese peligro, que no quiero evitar, lo convierte todo en maravillosamente efímero, fragilísimo y doble o triplemente milagroso. Cada día, cada instante, cada beso, cada caricia, cada palabra, cada lágrima… cada susurro del viento en las hojas de los árboles donde los pájaros cantan ─cuentan─ los pasos hacia el abismo, hacia la destrucción no ya de nuestro amor, sino de nosotros… cada segundo de esa cuenta atrás donde todo estallará… todo, y nada, porque cada latido podría ser el último, se convierten así en eternidad…


Eduardo Fraile

sábado, 6 de enero de 2018

La Luna

            Era mi café de Valladolid, mi primer café de escritor y de poeta, donde pasaba las horas que entonces eran del color de los sueños, del tacto de los versos, de los besos de las bocas de nuestros primeros amores reales y efectivos con nombres como Helena o Belén o Teresa o Lourdes, demasiado de verdad para seres tan angelicales, porque revestíamos incluso la carnalidad de espiritualidad y de misterio, como elevábamos la realidad (nuestra prosaica cotidianeidad) a las etéreas esferas de la literatura. Rosa, Teresa, Luisa, Nazareth, Anunciación.
                Me solía sentar en un ángulo desde el que contemplaba la puerta de la calle y el incesante pasar de la gente por la plaza de la Cruz Verde, y a la vez me veía a mí mismo en dos espejos enfrentados, uno grande, de molduras doradas, al fondo del café, a mi espalda, y otro más pequeño que tapaba el cuadro del contador de la luz. Así que tenía delante el bullicio interior y exterior, pero a la vez como que me preservaba y me aislaba la burbuja espacio-temporal del juego de miradas de los dos espejos. ¿Quién era ese joven que escribía versos mientras iba dando sorbos a una taza de café?
            ¿Y quién sería en el improbable futuro? Quizá mi primer retrato de escritor era el espejo pequeño de La Luna, según se entraba a la derecha. Luego esos dos espejos desaparecieron cuando Tony, años después, traspasó el negocio a dos hermanos de Burgos, Arturo y Coral, que pusieron sendos cuadros de Ramón Abril en esos huecos, restándole profundidad y misterio a aquel salón que había sido hasta entonces el salón de mi casa.
            Tony había venido de la montuosa Asturias, y parecía un capitán de barco inglés, con su bigote rubio casi ya de otra época, con su curvatura y con sus guías, que no sé si se engominaba o no, alto, de ojos azules y una juventud como en los veintisiete o treinta y pocos, que para nosotros, que rondábamos los veinte, ya era casi la madurez: su experiencia, su cosmopolitismo, el hecho de que hubiera puesto La Luna en lo que fuera El Segoviano, una bodega de las de siempre, con su mostrador de mármol con surtidor para lavar los vasos… Tony tenía una novia morena, Ana, llena de misterio, y camareros y camareras que se sucedían con naturalidad, hasta que Nines se afianzó en los corazones de los habituales (o que se hicieron habituales por ella).
              La belleza de Nines era seria y delicada. De cara redonda y blanca, delgada y elegante de movimientos. Todo lo hacía bien, encontraba intuitivamente la manera más eficaz y maravillosa de ejecutar los miles de tejemanejes de su trabajo. Hablaba bajo y no se daba por enterada de la admiración que iba despertando. Sólo verla actuar ya era un espectáculo. Creo que en el fondo todos reconocíamos en ella la personificación de la magia de aquel café, o directamente la materialización o encarnación del astro que le daba título.
            Si quiero verme ahora allí sentado, con la mirada llena de fuego y de futuro, sólo tengo que pronunciar algunos nombres femeninos, acariciar la textura del papel de hilo de cartas que conservo, perfumadas levemente aún (ya no sabría decir si por el aroma de aquellas que las escribieron o el que les ha añadido el tiempo, que contra lo que se suele creer no huele a humedad o a cerrado, sino a magdalena de Proust) y me contemplo desde varios ángulos a la vez: el retrato que me devuelve el espejo que cubre los registros de la luz, la visión de espaldas que queda en el otro espejo grande, de marco estofado de retablo, y cierta imagen cenital u omnicomprensiva que podría venir desde la barra, donde Nines ejecuta sus exactos movimientos.


Eduardo Fraile

sábado, 30 de diciembre de 2017

Calle Porvenir IV

         No sé por qué escribo tanto de la calle Porvenir, quizá por su nombre tintineante como la campanilla de los monaguillos cuando íbamos a misa en Castrodeza, los veranos de nuestra niñez. Una campanilla de bronce que retiñe en el recuerdo. Es curioso cómo sólo podemos llegar al futuro desde la evocación, es decir, desde el pasado. Quizá cuando entreveíamos esa extensa llanura de horizonte inalcanzable no nos dábamos cuenta de que algún día cruzaríamos la línea, que la estábamos cruzando ya de alguna secreta manera, que la cruzamos siempre en un presente eterno, pero que sólo nuestros yoes sucesivos que dejamos atrás tienen la perspectiva para poderlo ver.
            Ahora yo voy andando por esta calle breve, estrecha en su comienzo pero que se remansa hacia la mitad en un pequeño parque con bancos pero sin columpios, como si se tratara de un mero trámite para llegar a la plaza de los Vadillos, y delante de mí veo a una madre que lleva en torno a cuatro niños con bufandas y capuchas azules. Dos niñas con coletas, dos niños en los que reconozco un aire familiar. El lector sabe ya que ella es mi madre, y esos cuatro niños mis hermanos y yo. Pero yo voy distraído y aún no les he visto las caras. Un olor fuerte, de manzanas en fermentación, me hace estornudar.
Toma, hijo (y ella me da un pañuelo bordado con mis iniciales).
Gracias, mamá, me oigo decir con una voz que no es la mía, que quizá lo fue pero que me resulta chocante, como cuando nos oíamos grabados en los primeros magnetófonos.
Tapaos la nariz hasta que pase la fábrica de sidra. Y nos subimos la bufanda hasta los ojos.
           Cuando quiero devolverle el pañuelo mojado con mis lágrimas, ella ya no está. Y me despierto.


Eduardo Fraile

sábado, 23 de diciembre de 2017

Regreso al Paraíso

            Los años de La Luna fueron los años de mi juventud, de los verdes laureles de las palabras escritas en servilletas de papel, en los márgenes de hojas de periódico, en precintos de cajetillas de tabaco… Quizás en todas partes menos en rectos folios El Galgo Parchemin, que sólo usaríamos al poner en limpio aquella cosecha de versos ocasionales y de amores imposibles. No nos daba vergüenza tomar aquellas notas entre sorbo y sorbo de un café con leche que nos duraba horas, eras, edades de ser pobres de dinero y ricos de aventura. No sólo no nos daba vergüenza, sino que posábamos, incluso, se podría decir. Éramos eso, queríamos ser eso, perseguíamos esa imagen de nosotros con ahínco y pasión. Las horas de La Luna nos justificaban, me justificaban, la magra mies de versos espigados del corazón, directamente, eran alegría y alimento y tesoro todo junto.
            Tony me miraba desde la barra, y me sonreía. A veces estaba sólo él, a veces Nines, a veces Josechu. Tony había venido de la verde y húmeda Asturias, tenía un bigote rubio de marinero, era elegante y culto, y no sé, le debí de caer bien. Rondaría los 30, esa edad desde la que las aguas, las olas, se movían más tranquilas, o que él sabía dominar mejor que alguien como yo, que comenzaba a querer comprarse un barco algún día, por decirlo de alguna manera. Era aparejador, que no sé muy bien, incluso hoy, qué cosa significa, y transformó de golpe una taberna de barrio (Vinos el Segoviano, en la plaza Cruz Verde) en el café La Luna: un cubo de luz, de gracia y de qué sé yo cuántas cosas más, todas buenas, todas maravillosas, como las chicas que iban por allí. Yo Había pasado unos años en Castrodeza, en una especie de noviciado de escritor, recluido con una máquina Royal que compré a través de los anuncios por palabras de El Norte de Castilla, y una noche, en la ciudad, volviendo a casa de mis padres, me fascinó ese trozo de paraíso, ya digo, que atisbé tras las ventanas que daban a José María Lacort.
            Ya estaba bien de combate con uno mismo, en soledad. Yo quería de golpe estar allí, junto a alguna de aquellas muchachas de belleza infinita. Así que al día siguiente entré en La Luna como quien vuelve al jardín del que fuera expulsado por unos ángeles de mirada flamígera, de espadas como labios, no sé, de alas como versos de luz. No había nadie aún. Y me pedí el primer café con leche de aquella mañana de noviembre o diciembre, con niebla y con bufanda. Y saqué un cuaderno de mi bolsa de tela, y me puse a escribir.
Y pasó un ángel largo y elemental de un par de horas que se me fueron volando. Me sacó de mi ensimismamiento la voz de Tony, que había salido de la barra y me ponía delante otro café:
A este te invito yo, poeta.
Fue la primera vez que alguien me llamó así, poeta, que era lo que yo quería ser. Hoy sé, hoy lo veo así, que esa primera frase del propietario de La Luna (¡del dueño de la luna, nada menos!) me armaba caballero, era el espaldarazo con la suavísima espada de una sonrisa rubia, prolongada por su bigote de lobo de mar. Luego, mucho tiempo después, vendrían quizá los libros, los premios, las entrevistas, lo que tuviese que venir. Quizá los sueños se irían convirtiendo en realidad. Pero mi primera consagración fue ésa, como si con aquellas palabras Tony me abriera literalmente la puerta de la luna, la entrada a un ámbito distinto, que estaba en la realidad pero que se elevaba a otro nivel, a partir de ahí. Como si regresase al Paraíso.


Eduardo Fraile

sábado, 16 de diciembre de 2017

Se están diciendo adiós

Se están diciendo adiós, pero parecería justo lo contrario. Se besan desaforadamente, con los ojos abiertos, asomándose al abismo que van a abrir entre ellos y al que se precipitarán. Ella me recuerda a quien fuiste conmigo, el pelo a la garçon, unos pendientes de plata resbalando sobre el lóbulo. Él me recuerda  a mí. Se besan como ciegos los rostros, la mirada. Como si no se conocieran de memoria cada centímetro de sed, cada oasis, cada hoja de cada palmera y cada nervadura de cada una de esas hojas. Se desean a muerte una vez más, más allá del deseo. No hablan. Se lo dicen todo a tal velocidad que quedan excluidas las palabras. Dios, qué hermosos son en el dolor de la pérdida, qué belleza más insoportable les arrebata de sí. No es justo. No se merecen el sufrimiento, la agonía del improbable futuro un futuro donde no estarán juntos, la aniquilación. Saben que van a buscarse el uno al otro en otros (lo saben sin saberlo del todo, sin quererlo saber bien, sabiéndolo exactamente), pero que no volverán a encontrarse jamás.



Eduardo Fraile

sábado, 9 de diciembre de 2017

Julie Andrieu

        Abundan (foisonnent) en nuestra televisión los programas de cocina. No aburriré al lector español enumerándolos. Hay, incluso, concursos donde lo fundamental no es enseñar a cocinar, sino el espectáculo, el reality show, como quieran ustedes llamarlo. Qué asco me dan. Con la comida que desperdician se podría alimentar un pequeño país. Pero la egolatría de quienes los presentan o dirigen… ¡eso sí que es un enorme e inmensurable país!, por lo menos del tamaño de su estupidez. Santo Dios.
       Yo cocino. Me las apaño con sencillez y naturalidad. Voy muy poco a restaurantes, porque escribir es llorar y a veces conformarse con un plato de metáforas, y porque soy francés en los horarios: comida sobre la 1 y merienda-cena a las 7, y esto no casa bien con nuestra tardía costumbre nacional. A veces algún amigo me lleva a conocer nuevos templos de la gastronomía… o en los viajes, pues qué quieren que les diga, siempre hay ese doble jet-lag en el que sumergirse lost in translation: temporal y culinario.
         La cosa es que la 2 de Televisión Española ha comenzado a emitir un programa, francés precisamente, Les carnets de Julie, que está dejando en muy mal lugar, por comparación, a nuestras producciones autóctonas. Qué delicia, qué sabiduría… ¡y qué belleza! Qué ángel con las alas plegadas en la espalda. Sus manos grandes y hermosas como las de mi madre, el fuselaje de sus manos, hubiera dicho Proust: le fuselage de ses mains, en una expresión maravillosa y exacta, manos ahusadas (fuselaje quiere decir con forma de huso, el huso de las ruecas de hilar de nuestras bisabuelas), manos de luz atravesando una vidriera gótica. Julie en su pequeño y coqueto deportivo rojo de los 70 desplazándose en el espacio y el tiempo de la geografía francesa… o de nuestro corazón.
              Ella es el hilo conductor de un viaje por cada una de las regiones de Francia, y se va encontrando con la historia, los monumentos, el paisaje, la gastronomía. Y queda con diferentes personas que le descubren este plato (y lo cocinan juntos) o aquel postre, o tal licor o cual queso. De manera ágil y elegante aprendemos y visitamos, tomamos nota con ella en su cuaderno de las distintas recetas tradicionales y del modo de hacerlas… Mientras conduce va cantando. Mientras cocina, habla con los depositarios de esa sabiduría ancestral, tradicional… y mientras come, disfruta y define con propiedad de gourmet (y de gourmande).
       Al final de cada viaje todos los invitados se reúnen y comparten sus especialidades en un banquete. Así se honra el buen hacer, el arte, la tradición, la historia y el futuro. Un brindis. Nadie de los presentes es un chef con estrellas Michelin. El único Michelin es el cochecito de Julie Andrieu, y ella la estrella.


Eduardo Fraile

martes, 5 de diciembre de 2017

Artículo de Óscar Esquivias

*Donde dice: "el poeta que va en avanzadilla", debería decir: "el poema que va en avanzadilla"

Con el novelista Óscar Esquivias y el poeta José Gutiérrez Román en el Homenaje a Tino Barriuso (Burgos, 30 de noviembre de 2017)