sábado, 24 de febrero de 2018

Libro de las promesas incumplidas


Iba anotando en él lo que le prometían
sin pedirlo, porque nunca pidió nada
en absoluto (al principio
por timidez, o porque intuyera en el fondo que las cosas
se dan solas, y luego por evitar la decepción).
El caso es que no esperaba
(o se esforzaba en parecerlo, tras años de disciplina)
nada de los demás, especialmente de aquellos que el azar
puso a su lado, es decir, del prójimo
(del próximo
en la distancia y en el corazón). Pero escribía,
iba anotando en un cuaderno esas promesas
que brotaban de los labios de modo natural, sin saber cómo
ni cómo no, y de tanto en tanto (por ejemplo una tarde
lenta en que se hubieran ido todos) se entretenía en comprobar
su grado de cumplimiento.
Era un poco como abrir una puerta
honda, secreta, o una caja de tiempo (de los tesoros
impalpables), o como repasar un viejo álbum
de fotografías en que nos cuesta mucho reconocer a las personas…
Y cuando se veía en el trance de tener que tachar
tal o cual cosa (pues las palabras
se habían hecho realidad, dorado trigo, carne
mortal y rosa, vida…) no dejaba de extrañarse
y distendía su máscara de cultivado escepticismo
en sonrisa (una sonrisa que volvía del tiempo,
del país de la infancia) fresca súbitamente, con rubios tintineos
de estupefacción. Lo llamó «el libro de las promesas incumplidas»
que se cumplen a veces, sin saber cómo
ni cómo no, o inclusive sin saberlo ─ni quererlo─ quien nos las hiciera
por caprichosos, tortuosos, retóricos caminos
del azar, o quizá del destino,
si es que no son los dos la misma cosa…

Eduardo Fraile

sábado, 17 de febrero de 2018

La buhardilla


          En la buhardilla de enfrente de La Luna, por el costado con José María Lacort, vivían Elena, Rosa y Pepe Rodríguez. Abajo había una tienda de retales muy concurrida por nuestras madres, que siempre encontraban allí algo con lo que hacernos una camisa o un pantalón, mucho mejores que los comprados en las confecciones de la calle Mantería, aunque esto no lo terminaríamos de saber hasta mucho después, siempre tarde ya, siempre sin remedio, pero en eso consiste ser madre: en saber que nuestra ingratitud se tornará (se dará la vuelta, como los abrigos en la postguerra) en piedad infinita, en lágrimas que harán brotar ríos de colores. Algún día os daréis cuenta, nos decían, y ese día habría de llegar, indefectiblemente, cuando ellas no estuvieran ya.
      Pepe Rodríguez bajaba a tomarse sus vinos, dibujaba cosas en cartones reciclados con rotulador y compartía aquel palomar que recordaba a mansardas parisinas con Rosa y Elena, pero cada uno por su lado. Fui conociéndoles poco a poco, como colocando sin querer piezas de un puzle. Rosa hacía encuestas para la empresa Gallup, entonces se empezaban a encargar estudios de mercado para todo, no sólo proyecciones de tipo electoral. Sobre todo cubría campañas para la Sociedad General de Autores, y se pasaba horas y horas rellenando formularios, muchos de ellos allí mismo, con una cerveza y unas aceitunas. Cuántos crucigramas de El País hicimos juntos. Su jovialidad, su energía, sus mejillas siempre como en un día de nieve, su inteligencia desarmante. Cuando me veía solo, se sentaba a mi lado y era siempre un torbellino de frescura que se llevaba mis palabras con el montón de hojas secas del otoño de Verlaine.
            Elena, en cambio, era sobrenatural. No sé lo que el tiempo habrá hecho con su belleza. Seguro que aumentarla aún más, y eso ya era imposible entonces, así que… a saber. Se vestía (se desnudaba) con sencillez monacal, casi diría penitencial, vestidos minimalistas que recordaban a la estameña, al esparto, al yute, no sé, el caso es que así resaltaba aún más la perfección viva de sus formas. Hay como un límite más allá del cual incluso el deseo es superado, aniquilado, y algo dentro de nosotros se pone de rodillas. Y eso era Elena, pero también, y a la vez, era una chica terrenal, que tenía incluso un novio, Íñigo, también él más cercano a los ángeles que a los humanos (o quizá sólo el hecho de posar al lado suyo le transfiguraba).
         Cuando subí alguna vez a la buhardilla de José María Lacort y vi que sólo había un minúsculo retrete y tenían que lavarse en la pila de la cocina, o bañarse en un barreño de zinc… Me imaginaba a Elena como una Venus de Boticelli naciendo de esa concha de hojalata… y era como con sus vestidos talares, aún el universo la señalaba más nítidamente como a su elegida de ese modo.
           Su voz era la puerta a otra dimensión del sonido. Acariciaba. Tenía un registro casi de bajo, envolvente y confidencial. Pero tardaría yo algún tiempo todavía en hablar con ella. Ya sólo eso, ser destinatario de sus palabras, me parecía algo que había que merecer ─y yo no lo merecía─, o si no encontrárselo por casualidad una tarde de primavera, como caído del cielo.

Eduardo Fraile


A quienes seguís mis textos a través de esta ventana: me gustaría recuperar ejemplares de las revistas La Luna de Madrid y El Paseante. Si me podéis complacer, estoy a vuestra disposición en tansonville.ediciones@gmail.com o en el teléfono: 652201377
Gracias mil,
Eduardo Fraile

sábado, 10 de febrero de 2018

Évora, diciembre/1985


Fue sólo el tiempo de un café, de pie ante el mostrador de la pastelería.
Recuerdo varias chicas afanándose con los desayunos, hacendosas,
minuciosas entre las cremas y las natas, como bordadoras de la espuma
del día quizá gris, como las piedras del templo de Diana,
allí al lado, el bosque de columnas que sostenían el tiempo
(el peso innumerable del tiempo de un café)
sobre aquella ciudad. Évora, Évora.
Decir sus sílabas a veces, pronunciar ese nombre
femenino de resonancia misteriosa y profunda, acariciar el oro
y la seda del sonido como un río que regresa…
Pero entre las aguas primigenias de su corriente, una mirada
ya no suspende el latido de mi corazón. ¿Cuánta belleza
contenían sus ojos para fijarme allí,
absorto en ellos, el tiempo de un café, 24 años,
que quizá era su edad?
No he podido olvidarla, sola entre las compañeras,
única y alta y distinta, distinguida en su quehacer
humilde que desempeña con total sencillez, con elegancia
insuperable. No he podido olvidarla, pero ya no la recuerdo:
su dibujo purísimo difuminándose entre la niebla del tiempo
de un humeante y tembloroso café.

Évora, Évora. Mi mejor yo se quedó allí contigo,
mudo, suspenso, adorador (con las rodillas
del corazón dobladas), allí en pie, ante la puerta del Templo
de la Belleza.

Eduardo Fraile

sábado, 3 de febrero de 2018

La Luna de Madrid

         Tony venía del quiosco, de comprar los periódicos, y me lanzó sobre la luna redonda del verde velador La Luna de Madrid.
            ─Toma, poeta, una revista nueva del Foro.
(Decíamos El Foro, es verdad, oigo esto ahora y casi tengo que levantarme a por el Diccionario cheli, de Umbral, o la Lexicografía de la Movida madrileña, de Casani.)
            Era una revista de formato grande, en papel pulpa, así que los ejemplares que han sobrevivido tienen el amarronamiento y el acartonamiento propios de la intemperie, y que entonces no sospechábamos que algún día esas páginas contendrían la historia de nuestro corazón.
            Olía mucho a tinta, o la tinta olía mucho en aquel papel secante, un poco más grueso que el de los periódicos. El diseño era arquitectónico, si se puede llamar así. Tanto la cabecera como la maquetación traslucían mucha mesa de dibujo, pero el resultado era maravilloso. Ya estábamos jugando a las matrioskas: el poeta en La Luna (en sentido real y en sentido figurado), leyendo la revista La Luna, que acaba de salir y se convertiría inmediatamente en la biblia de la modernidad.
          Hasta yo salí en aquellas páginas, mi nombre estuvo allí, en el número 19. José María Parreño se hacía eco de la aparición de mi segundo libro: NOPOEMA, con una serigrafía original de Julio Toquero… Pero esto ya sería en el 85, y de momento estábamos en el 83. Revistas de los 80. El quiosco de la Cruz Verde vendía La Luna, Madriz (con zeta), El Paseante, de la editorial Siruela, que era trimestral, ya toda a color, más de librería que de quiosco, como la revista Poesía, quizá las dos más hermosas y elegantes berlinas de esa época. Pero La Luna poseía esa cosa urgente de la actualidad, y allí venía todo, los libros, los conciertos, los grupos, las exposiciones, la moda, el cine, la vida y la representación y la performance, diríamos hoy, de esa vida y de esa década, volcada en la imagen y en la actuación del yo.
        Aspiro el polvo de oro y la tinta cristalizada ya, desmoronante y sagrada. Esnifo, habría que decir, aunque nuestra única droga era la literatura. Mojo en la taza del pasado este barquillo de retablo, moldura de carroza, magdalena de… Madrid, y florecen de nuevo la magia y la sorpresa, y el milagro y la luz. La misma luz de Velázquez, el aroma de los primeros versos de nuestra juventud.


Eduardo Fraile

sábado, 27 de enero de 2018

Le Carré

Su mirada como el cielo de un poema
de Bertolt Brecht sobre el que se posara un instante
la nube blanca de sus cejas, no sé, leí sus libros
con ansiedad, noches enteras
persiguiendo a Ann Smiley por frases como calles
de una ciudad que no era Londres, sino mi corazón.
Hoy es un siglo nuevo y él pastorea su edad
(el rebaño de ovejas como nubes
de sus años sin ella) como un Dios compasivo
de dulzura inquietante. Qué hacer
con la redonda eternidad después de haber causado
(al crear su belleza) semejante turbación
en el Universo.
Quienes hemos amado
(y él es el primero) de verdad su criatura de ficción,
es decir, quienes hemos sido también sus personajes,
le debemos una vida.
La mejor


Eduardo Fraile

sábado, 20 de enero de 2018

Nines

            Así que Nines se convirtió sin querer en el alma de La Luna, en su misterio y en su magia. No es que Tony anduviera buscando una línea editorial, por así decir, pero aquella camarera menudísima, seria y eficaz tocó, transfiguró aquel espacio con su encanto casi minimalista. Y La Luna fue ella en adelante (también un poco yo, y los habituales que trasladamos allí el salón de nuestra casa, pero Nines lo aglutinaba todo y le daba sentido de totalidad). Por lo general había otro camarero masculino que iba cambiando cada poco, pero ella, secretamente, permanecía. Y ese encanto personal del que hablo estaba lleno de gracia, y de sensualidad, por supuesto, pero su belleza parecía estar diciendo: disfrutad de mí, pero no me toquéis. Muchos se enamoraron de ella, era inevitable, pero lo normal ─mi caso, por ejemplo─ era adorarla y sentir su calor cercano y distante de hermana, liberados de la ansiedad, de la urgencia, de los terribles estragos del deseo de posesión.
         O sea que no me enamoré de Nines. Yo ya venía enamorado de casa, y me enamoraría muchas veces más en el futuro (algunas allí mismo), pero incluso en el hipotético caso de que ella me hubiese correspondido, aquello hubiera supuesto un problema logístico. No puede durar uno mucho tiempo sentado en un café (y yo hacía allí horas y horas) alimentando una pasión a base de miradas. Es más, mirarla así, admirar su sinfonía de movimientos exactos y gráciles me daba paz, me serenaba interiormente, y sentía la caricia pura de la belleza sobre mi corazón. Estaba fuera del Tiempo (o eso parecía). Jugaba con la distancia y la gravitación universal, quizá las cosas se ponían en marcha con las órdenes de su mente como en una especie de telequinesia. Jamás oí que se rompiera un vaso o un platillo o una taza de café. Siempre tomaba la decisión más económica y brillante para ejecutar un movimiento. Nada chirriaba. El Universo era así, tenía que ser así para que los planetas no chocasen unos con otros. Luego leeríamos a Nietzsche, o lo habíamos leído ya, mejor dicho, en los días del colegio, aquellas frases suyas llenas de poesía: el Universo se mantiene a sí mismo en tensión merced a la desconfianza mutua de sus galaxias. Pero este no era el caso. En los momentos de mayor agitación, cuando la barra estaba llena y todo el mundo pedía a la vez, ella creaba una burbuja de silencio donde reinaban el orden, la rapidez y la serenidad. Casi se manejaba mejor ella sola que con el otro camarero, siempre más lento, con el que debía preocuparse por no tropezar. Eran las horas del café, o de la media tarde, cuando los ríos humanos que venían de las Delicias atravesando el túnel de Labradores paraban en el semáforo de la Cruz Verde y dejaban aquí parejas, grupos de estudiantes y alguna individualidad maravillosa que quizá trastocaría el orden del universo con una caída de pestañas o un deje de la voz, o simplemente la manera con que se desplazaba en el espacio y el tiempo. Cuerpos celestes no identificados aún, de secreta procedencia ─¡de las Delicias!, de más secreta aún destinación…


Eduardo Fraile