sábado, 22 de julio de 2017

Pozo y golondrinas

            He hablado en otra columna de María Zaitegui, que pasa una noche o dos en Castrodeza al volver hacia Almería desde el verde (todos los verdes del verde) o la verde, que no sé muy bien si esa tierra es masculina o femenina, Euskadi. La diversión, lo que más le gusta a ella de mi casa es ver a las pequeñas golondrinitas asomarse al borde de la copa del nido, o si volasen ya, llamarlas de esa manera en que yo las llamo, tratando de imitar sus chilliditines, y ellas vienen enseguida, convocadas por una vocecilla musical que reconocen y aman. Y sacar agua del pozo, con los guantes de jardinera que le quedan enormes, para que no se le manchen las manos del óxido de la cadena. Y así, entre los vuelos cortantes y acerados de las aves que juegan y el chirrido de la polea, esa hora de la siesta se llena de frescor y de humedad riquísima, mientras su hermano Teo persigue lagartijas por la tapia del sol, como Alfanhuí, o entre las piedras de molino, como lunas caídas, y Diego, el padre de los dos, mi amigo el librero de Book Cake, se repone de la distancia y el tiempo y yo leo este libro con las hojas en blanco.


Eduardo Fraile

sábado, 15 de julio de 2017

El verano del agua

            El verano de la acometida del agua fue el de 1970 o 71, y no es que hubiera una riada o algo así, sino que se llevó el agua corriente a las casas, y nuestras madres y nuestras tías ya no tuvieron que ir más a lavar al río, o a por agua al caño para beber, con aquellos hermosos cántaros que se ponían en la despensa, todos en fila, para dar frescor. Pero durante ese verano el pueblo vivió como en una guerra de trincheras, todas las calles levantadas, con zanjas profundísimas que había que atravesar pisando con cuidado sobre tablones o sobre trillos viejos, o sobre aparvadores que ya no servían para aparvar. Personas y animales, porque las vacas y las caballerías tenían que cruzar igual sobre aquellos puentes provisionales. Y luego vendría la locura de los cuartos de baño y las griferías, y las pilas blancas para fregar los cacharros en la cocina. Cuartos de baño de dimensiones extraordinarias, no como los de la capital, que tenían como mucho tres metros cuadrados. Y en todos, el videt, que aquí se llamaría lavapiés, y una bañera larguísima como para compensar siglos de haberse tenido que bañar en barreñones de zinc. Y cosas nunca vistas hasta entonces, como los rollos de papel higiénico o los cepillos de dientes o los secadores para el pelo.
            El pueblo entraba en la modernidad. Ya había muchas casas con televisores, y estaban el teleclub y el bar, para quienes no tuvieran todavía el aparato. Nosotros ya vivíamos en Valladolid, aunque yo me acordaba de nuestra casa de Madrid, que nunca debimos abandonar, pero los veranos de Castrodeza eran sagrados, puros, infinitos y llenos de mundos por descubrir. Aquí no había nada que temer, excepto al sol (y nos poníamos nuestros sombreros) y las avispas. Las abejas eran buenas, bastaba con pasar con cuidado por las fachadas donde había colmena, pero las avispas, que pululaban por los alrededores del río, a las puentes, picaban porque sí, y ni con barro fresco se podía calmar ese dolor.
            Y eso, que hubo un verano en que todo se llenó de tuberías y de desagües, y de arquetas y tapas de alcantarillas. Y de llaves de paso. Y de sabor a cloro, porque el agua corriente ya no iba a saber en adelante a pozo, a fuente, a barro santo de botijo, a manantial.


Eduardo Fraile

sábado, 8 de julio de 2017

Los dos como para en uno

         Con esta maravillosa expresión, que sale mucho en el Quijote, se significa lo que hoy llamaríamos hacer buena pareja. Los dos como para ser uno, para ser fundidos en uno, convertidos en uno en adelante. Hechos el uno para el otro, pero con mayor profundidad si cabe: hechos los dos para ser uno, para juntarse con tal fuerza que de esa unión (unión, la palabra lo dice) resulte un solo ser indisoluble.
            Ay la indisolubilidad, palabra hermosa y dulcísima (parece que se nos hace la boca en agua) y a la vez durísima y terrible. Mientras dura el amor, la flor efímera del amor, todo anda acompasado en el fluir del universo, y dos corazones laten al unísono, con unanimidad (con una sola ánima). Pero pasará ese milagro, que atenta contra la naturaleza, y volverá la dualidad, y la unicidad no será la de dos almas que se convierten en una. Y ya no nos parecerán los dos como para en uno, sino como para en dos.
       Escribo estas palabras bajo la mirada atenta de las golondrinas, quietas y calladas (en su silencio elocuente) sobre las ramas del almendro. Entre las sorprendentes coreografías con que me obsequian, la que prefiero es el baile (a velocidad inmensurable) de una pareja en exhibición acrobática. Juntas en quiebros, picados, frenazos, loopings, sprints… como si fuesen una y no dos…
         Quizá nosotros también hayamos hecho esa figura en nuestros grandes amores. Cosas que no se pueden ensayar y que suceden porque parecerían escritas en las líneas del destino, en esos borratajos incomprensibles y delirantes que luego se revelan como rosas serenas de eternidad.


Eduardo Fraile

sábado, 1 de julio de 2017

A por agua al caño

         Íbamos a por agua al caño, con los botijos y los cántaros, a veces con el carretillo de madera donde las vasijas de barro encajaban cada una en su agujero, porque tantas veces va el cántaro a la fuente… Y más nosotros, que éramos muy niños y bien de cacharros romperíamos. Íbamos con nuestras madres, nuestras tías, llevando el botijillo más pequeño, y luego, según fuimos creciendo, ya nos atrevíamos a llevar cantimploras a las eras, que sólo tenían una boca en el centro y se tapaban con un corcho, sin asas ni nada, una todo lo más, propias para ser acomodadas en las alforjas, junto a las fiambreras.
            La despensa de la abuela Evarista, llena de frescor, con los vasares repletos de pucheros y orzas que contenían la matanza, la nasa para el pan en una esquina, las alcuzas del aceite, las lecheras de la leche… y las vasijas de barro rezumantes, que eran las que creaban esa atmósfera de cava, de bodega, de pozo, olorosa de arcillas crudas y vidriadas… En esa dependencia, aneja a la cocina, no nos podíamos quedar mucho rato, no nos fuésemos a resfriar. Otra cosa es que quisiéramos escondernos, y entonces elegíamos la nasa, y nos metíamos dentro, entre los panes. Y entre el olor a barro cocido y a pan (que también era harina cocida), a veces nos quedábamos dormidos, y al cabo venían a encontrarnos nuestras madres, nuestras tías, ay este chico, este chico.
            El caño tenía un pilón lateral de grandes dimensiones para que bebieran los animales. También se decía que en las fiestas del 8 de mayo los mozos tiraban allí a los forasteros, pero nosotros nunca íbamos a las fiestas de Castrodeza. Como para ir, desde Madrid, no nos fueran también a tirar a nosotros…


Eduardo Fraile

sábado, 24 de junio de 2017

A Gloria Fuertes

Joder la marrana.
Zurrar la badana.
Partir con la pana.
Cardar la lana.
Salir una cana.
Echar una cana
al aire. Cantar una nana.
Croar una rana.
Dar o no dar…
la real gana.


Eduardo Fraile

sábado, 17 de junio de 2017

Conversación

Estos días hablo más "golondrina" que cualquier otro idioma…
A lo mejor por la noche soñaré golondrina,
como cuando empecé a soñar en perfecto francés:
"Es como si lo recordara", recuerdo que pensé
cuando me sorprendía sabiendo más dormido que despierto.
Quizá en alguna otra vida fui francés. Quizá fui golondrina,
o lo seré, quién sabe.
Quizá he sido también un gato. Quizá fui portugués
de Lisboa. Quizá nací en un libro antes de nacer
para ser escritor, o los imprimí y encuaderné en Venecia…
en el Cinquecento. Las golondrinas me escuchan, pasan por alto
mis imperfecciones en la pronunciación, se ríen
maravillosamente de mí, pero me entienden
y me contestan con sus palabritinas.


Eduardo Fraile

sábado, 10 de junio de 2017

Animales

    Quizá fuimos crueles (inconscientemente crueles) con los animales
de niños. Aunque me recuerdo más protegiéndolos
de la crueldad de nuestros primos, que tenían carabinas
para cazar pájaros. Sí que fui pescador (con esas cañas
que hacíamos con una zarza o un varal de mimbre
de los mimbreros del Camino de Wamba). Tardes enteras
para coger medio junco de peces
que luego nos freían nuestras madres
para cenar. Según vamos haciéndonos mayores
aprendemos ─quizás─ a ser hermanos suyos:
de los animales (es decir, que son seres con ánima,
como nosotros). De hecho, si hago balance de mi vida,
creo que me he entendido mejor con ellos que con los humanos.
Y, luego, que si miramos bien, hemos sido ellos
(o lo seremos) en sucesivas vidas. Ved los pájaros,
los felinos, los cánidos, los reptiles, los bóvidos…
los equinos, los insectos, las ratas, en las cabezas de nuestros conciudadanos…
O a lo mejor por eso somos/hemos sido malos con ellos una vez:
porque son nosotros.


Eduardo Fraile

sábado, 3 de junio de 2017

Pájaros de hogaño

Quizá hay que haber matado pájaros de niño
para amarlos de mayor. Saulo de Tarso
no hubiera hecho posible el Cristianismo
sin ser primero su principal perseguidor. Con saña,
con eficacia, con la misma violencia
interior (con la misma pasión) que puso luego
en su apostolado. No sé
por qué los niños robábamos los nidos
de antaño, y los pájaros de hogaño
vuelan sobre nuestro corazón. Si he de elegir
qué ser en otras vidas (─¿Qué quieres ser de mayor?
nos decían entonces) solicito unas alas.
Y un cielo donde ya están volando los que amé,
quienes me amaron,
a los que hice llorar
cuando niño, por los que lloré de mayor.

Eduardo Fraile

sábado, 27 de mayo de 2017

Lamentarás los pájaros

Lamentarás los pájaros
que mataste de niño. Los pájaros extintos
que hoy quisieras devolver a sus nidos dentro de tu corazón.
                                                                                                  Trinarás,
gorjearás, piarás imitándoles, suplicando, mendigo,
su perdón imposible, y ellos callarán…
Y no obtendrás respuesta, ni siquiera una mínima
reconvención, un movimiento de las alas del aire,
un delgadísimo temblor en la saeta de la luz.
Y llorarás
al final en silencio
por su silencio robado para siempre.


Eduardo Fraile

sábado, 20 de mayo de 2017

Las chicas

Las chicas ya nos empezaban a gustar,
pero las huíamos con mayor ahínco que antes
cuando no nos gustaban. Porque ahora tenían el poder
de dejarnos sin habla, rojos como un tomate, sin respiración.
Fingíamos desdén, nos hacíamos los duros
─temblando por dentro como flanes el Chino Mandarín─
y encima ya los juegos no nos satisfacían.
Empezábamos a querer estar solos (con un libro quizá,
junto al río, por si ellas pasaban
por allí). No encontrábamos sosiego sino dando pedales
en las bicis hasta la extenuación, y nuestro cuerpo comenzaba
a decirnos cosas que no entendíamos del todo,
insubordinándose, desobedeciéndonos,
haciendo de las suyas, fuera de control.
Soñábamos con ellas
despiertos. Por la noche rezábamos a Dios
para que nos aniquilara.

Eduardo Fraile

sábado, 13 de mayo de 2017

Lo peor

Lo peor de todo era que te dijeran "no te ajunto",
o mejor "ya no te ajunto" . En ese ya, en esa y griega
entraba la hoja del puñal directa al corazón.
Y más, que denotaba que antes sí nos habían ajuntado,
o sea que se trataba de romper, de separar, de sajar los tejidos
de la amistad entre niños. Las niñas todavía no nos interesaban,
a esa edad no se hacían pandillas mixtas. Vamos,
que eran un estorbo. No sabíamos cuánto
anhelaríamos, perseguiríamos, solicitaríamos su compañía
en el futuro. Y a ellas no les diríamos "¿me ajuntas?",
sino cualquier otra cosa menos inocente
ya. (Y en ese ya llegaba la adolescencia
o preadolescencia, como nos decían en las clases
de orientación sexual.) Pero había algo peor
que el peor de los insultos, que la peor de las palabras
(e iríamos aprendiendo que las palabras sí podían matar).
Y era definitivo y perfecto. Sin perdón. Sin remisión.
Ahí sí que no había vuelta atrás:
─Has caído.


Eduardo Fraile

sábado, 6 de mayo de 2017

Oración por las golondrinas

     Gracias por las golondrinas, por su presencia,
por su ausencia, por su constancia
en volver, por su alegría, por su puntualidad,
por su cuidado y por su delicadeza,
por las puntadas con que repasan las telas de mi corazón,
por su saludo matinal, por aceptarme
en el paisaje, por incluir mi imagen en las coordenadas
del camino de regreso. Gracias una por una
y en su pluralidad, gracias por su lenguaje
complejo, por su elegante frac,
por su sencillez desarmante, por su genio,
por su belleza, por la claridad
del impulso y por la oscuridad que siempre rompen
de un plumazo.

Eduardo Fraile

sábado, 29 de abril de 2017

Y así es como te recordaría...


        … entre Sophie Marçeau y Charlotte Gainsbourg, tu delgadez (y tu delicadeza), tus alas plegadas bajo los omóplatos, o las escápulas, y tu mirada que abría la puerta de lo maravilloso, esa leve elevación de la pupila derecha que hacía de tu sola mirada el más potente y perturbador afrodisíaco.
               ─Tú no me quieres, sólo me utilizas como un objeto sexual.
        Y lo decías como asustada de los efectos que provocabas en mí (que provocabas en nosotros), y lo decías entre risas, entre chapoteos de charcos de paraíso que unos niños pisoteaban con katiuskas. Y lo decías otras veces tan seria, como reconcentrada, como intentando recordar y arribar a las riberas de una existencia anterior…
            Un día habría de llegar en que yo no pudiera recordarte en tus fotos (quizá más adelante sí pudiera volver a mirarlas, a mirarte a los ojos ─a ese ojo que soñaba conmigo─ de nuevo), y te recobraba quizá en alguna película de esas actrices que se te parecían, que iban pareciéndosete más y más hasta casi borrar tu rostro de mi corazón.
            Hasta esta tarde, en un autobús, en que he vuelto a sentir sobre mí ese poder (esa pupila que se eleva levísima, levitando un milímetro más alta, más lejana, como recordando qué, como queriendo reconocer esa otra atención excesiva ─la mía─ que te va desnudando de ti, de la que eras entonces, de quien eras cuando aún no eras tú…), y he sabido con total seguridad que tuviste una hija, que más o menos sumará la misma edad de este siglo, y …


Eduardo Fraile

martes, 25 de abril de 2017

La Anunciación (prólogo de Óscar Esquivias a «Me asomo a la ventana y pasa un ángel»)

          Con qué cuidado, casi con qué temor, abríamos de niños la puerta de la habitación (de la alcoba, decíamos entonces) y, si éramos los primeros en despertarnos, bajábamos a la cocina o a la gloria, en aquellas casas grandes de pueblo, durante el verano. Qué sensación clandestina cuando caminábamos con pasitos de gato (quizá de pájaro, más bien de ángel) por aquellos caserones donde todo hacía ruido, chirriaba y tenía eco, mientras los adultos dormían tras las puertas enormes, severas e infranqueables.
            En la gloria, un reloj colgaba de la pared y contaba sonoro los segundos como quien chasca la lengua. Un calendario de taco del Sagrado Corazón anunciaba el santo del día y la fase de la luna. A mí me gustaba mucho arrancar la hojita, como si yo fuera el heraldo (mudo) del nuevo día, como si sólo con aquel gesto amaneciera de verdad. Sobre la mesa, un ejemplar atrasado del diario que se editaba en la capital de la provincia (el periódico en el que, algún día del futuro, alguien pondrá a la venta una máquina de escribir Royal, una máquina poética que luego sólo sabrá escribir versos –y quizá algún artículo de periódico que también será pura poesía–).
            Luego, hasta que todos despertaban, el niño se arrebujaba en una manta y entretenía el tiempo con un libro (¿qué otra cosa mejor podría hacer?), una de esas novelas que había llevado desde la ciudad, prestada por una biblioteca pública, porque en la casa del pueblo no había libros.
            Quizá aquella novela era El camino de Miguel Delibes. O quizá el Quijote.
            Muchos niños de ciudad hemos pasado los veranos en el campo, como pequeños frayluises, y tenemos recuerdos similares: el mismo sol nos acariciaba a todos, nos emocionaban los mismos los libros, jugábamos exactamente en la misma calle (aunque estuviéramos en provincias diferentes), nos bañábamos filosóficamente en el mismo río y yo diría que nos enamorábamos de la misma persona (no importa su nombre ni su sexo).
            Pero sólo uno será el dueño de esa máquina de escribir Royal. Todavía no sospecha que será poeta. O quizá sí. Ese niño estaba lleno de amor y quizá intuía que tendría que contar (que contarnos) todo lo que veía y sentía. Por eso caminaba con los ojos y los oídos muy abiertos. Para que nada se perdiera en el desagüe del tiempo.
            Podemos dar a ese niño el nombre de Eduardo Fraile.
            Eduardo Fraile es un hijo castellano de Proust, tan sensible, tan sensitivo, tan amante de la belleza como él, con el mismo afán de salvar el tiempo vivido (que no perdido) y de compartirlo con sus lectores. «Mirad todo lo maravilloso de la vida», parece decirnos. «Estaba ahí, delante de nosotros, y no sabíamos verlo».
            Eduardo Fraile ha llamado a su pueblo Castrodeza; a su ciudad natal, Madrid; y a la otra ciudad donde se crió y completó su infancia, Valladolid (y allí sigue, como un niño grande). Son lugares que aparecen en los mapas. Cualquiera puede visitarlos; son sitios reales, podríamos decir. Sin embargo, su verdadera existencia, la más honda y conmovedora, está en los versos y las líneas donde Eduardo Fraile los menciona: pertenecen al territorio de la literatura, esto es, al de la memoria, la fantasía y la belleza.
            Castrodeza, por ejemplo, es uno de los nombres del Paraíso, la capital de un país feliz que se llama Verano (con mayúscula, como España). Este Verano, durante la infancia, es una nación ubérrima y casi ilimitada, tan extensa como aquel reino de los siete mensajeros que cuenta Buzzati y cuya soberana debería ser la dulce infanta Margarita. Tal reino tiene una frontera de quitadesayunos («quitameriendas», llamamos a esas flores en Burgos) y en él crece un cerezo con las iniciales del primer amor (que es el verdadero Árbol del Conocimiento). Hay también un ángel con una espada de fuego que guarda el Edén. Pero esa tea, lejos de asustarnos o de expulsarnos de allí, nos ilumina el camino de vuelta a aquellos veranos infinitos. En Castrodeza, gracias a la memoria de Eduardo Fraile, vemos a esas personas que traspasaron las puertas de la vida pero que se resisten a dejarnos. Allí están, otra vez afanados en sus cosas, Luisito, el cartero, que lleva la correspondencia a cada casa aunque esté mal escrita la dirección en el sobre, y el abuelo Bernardino («ay, qué jodíos niños», se queja ante el alboroto infantil), y la hija de Ramón, el taxista; el alguacil Severo (a quien hirió un rayo); la abuela Evarista (que reparte la propina a una fila de diecisiete nietos); una madre (la madre) que baja a lavar y tiende las prendas sobre los cardos con ese mimo que vemos en las Vírgenes de Rafael o Sebastiano del Piombo. Todos son como figurillas de un bellísimo belén napolitano trasplantado a Castilla. Estas personas pasaron por la vida, la iluminaron con su bondad, ahora son ángeles y siguen aquí, con nosotros. «Miradles», nos dice Eduardo Fraile. Si pegamos el oído sobre las páginas, las oiremos latir. Si atendemos, podremos escuchar un coro jubiloso de querubines siempre alegres que, como golondrinas o abejas, revolotean alrededor del niño.
            Este libro tiene tres partes. La primera («La razón») está compuesta por 48 artículos que se publicaron en el periódico homónimo, en su edición castellanoleonesa, en una sección titulada «Sobre los ángeles». Las otras dos (cuyos títulos completan la frase cervantina: «…de la sinrazón» y «…que a mi razón se hace») tienen, cada una, otros tantos textos, muchos de ellos en verso, y aparecieron en ese mar insondable al que llamamos Internet. No todo son evocaciones del pasado, ni mucho menos. Hay también comentarios de actualidad, recomendaciones de películas, novelas o exposiciones. El conjunto conforma un verdadero devocionario (esto es, un libro de devociones artísticas: un canto a la literatura, el cine o la pintura) y un autorretrato milagroso: cuando Eduardo Fraile se mira en el espejo de su vida, es muy posible que el lector contemple su propio rostro y repase las emociones más hondas de la infancia, de la dorada juventud («negli anni d'oro della mia gioventù», diría Giorgio Bassani, el hijo italiano de Proust, hermano por tanto de Eduardo Fraile) y de la madurez. El arte, la memoria, el amor y la belleza son los cuatro pilares sobre los que se alza este palacio de cristal desde el que se contempla el vuelo de los ángeles.
            A mí me parece asombroso que estos artículos se publicaran en las mismas páginas donde iban las noticias del día, junto a las ásperas columnas políticas, los anuncios, los pasatiempos o el horóscopo, todo tan fútil y efímero que convierte al periódico, al día siguiente de su publicación, en un papel viejo (apto, como se dice en este libro, para limpiar cristales, alimentar cabras o usarse de papel higiénico en la cuadra). Pero ahí, en los surcos entintados de un periódico (y luego en Internet) florecieron los textos de Eduardo Fraile, tan delicados como los quitadesayunos en el campo, bellísimos como los paneles de un retablo pintado por Fra Angelico.
            Y yo, hoy, me siento muy afortunado por ser el ángel anunciador de esta obra maravillosa, el que primero pisa su umbral, el niño que abre la puerta y se detiene aquí temeroso, agradecido, bañado por la luz dorada que desprenden las páginas que vienen a continuación.

            Son tuyas, lectora, lector.

sábado, 22 de abril de 2017

Las velas

            Pocas veces íbamos a Castrodeza por Semana Santa, pero de las veces que fuimos lo que más me gustó de los Oficios fue la vigilia del Sábado Santo. Se hacía ya cuando había anochecido, y teníamos que llevar cada uno nuestra vela de casa, una vela grande de cera blanca (de cera color cera de pueblo, de marfil curado como los chorizos, que pendían de las vigas del techo, en la cocina).
            Y a esas velas de cera de las abejas del abuelo había que ponerles nuestro nombre, rayándolo con una punta o una lezna, y luego pasando por encima un dedo de pimentón. La ceremonia del cirio pascual no sabría hoy decir muy bien en qué consistía, pero la cosa es que había que dejarlas todas juntas (para que las bendijese el cura, o algo parecido) y por eso luego, al irlas a coger, se armaba allí un respetuoso barullo, cada cual buscando su nombre, su vela, como si la propiedad privada fuera un principio que ni la religión se atrevía a poner en entredicho, con lo hermoso que hubiera sido donar cada uno su vela como ofrenda y luego recibir la que le tocara, mejor o peor (más o menos eran todas parecidas), en el reparto de la gracia divina, o de la iluminación del Espíritu Santo, o lo que fuere. Pero quizá eso era posible confundirlo con el Comunismo.
            Luego esas velas se usaban, a ver, sobre todo durante las tormentas, cuando se iba la luz. Lo digo porque sería maravilloso encontrar en alguna lata de Cola-Cao algún cabo de vela con mi nombre de niño, quizá uno de mis primeros autógrafos fuera de los cuadernos escolares, quizá mi primera dedicatoria, no sobre un libro, no sobre un árbol o sobre una pared, no en la arena de una playa, sino en una libra de cera que yo no había fabricado, pero cuya llama salía de mi corazón.


Eduardo Fraile

sábado, 15 de abril de 2017

El tintero

            Lo tengo aquí, sobre mi mesa (sobre mi tabla de navegar). Es un hermoso tintero modernista, calculo que de principios del siglo XX. Sobrio y elegantísimo, equilibradísimo y sinfónico juego de cristal, metal (dorado) y mármol negro (la base, en la que también hay un soporte para la pluma). Lo he comprado esta mañana de Domingo de Ramos, en uno de los puestos de Fuente Dorada. Entre el gentío de la procesión de la borriquilla y los paseantes de la mañana con sol. No recuerdo ningún Domingo de Ramos donde no haya hecho sol, las palmas agitándose, como movidas por el viento del entusiasmo al paso del Paso de la borriquilla. Yo, que no había estrenado nada hoy.
            Creo haber visto este tintero durante años (décadas, quizá) en el escaparate de una tienda de antigüedades, por detrás de San Andrés. Yo me fijo en los escaparates (sobre todo de las librerías y de los anticuarios). Una vez entré a preguntar por el tintero, ya con el precio en euros, o sea que sería 2002 o 2003, y costaba 135 €. La verdad es que no había visto el 1 de la pequeña etiqueta pegada sobre esa base de basalto negro…
            Aun así, lo valía (la dueña me dijo que lo había rebajado de 200 a 135). Muchos años pasando por allí, sobre todo cuando volvía a pie desde la estación de autobuses, cortando por la plaza del Caño Argales. Los objetos del escaparate iban variando (tampoco mucho, la verdad), pero el tintero permanecía. Hasta hace pocos meses, que lo dejé de ver… Supuse que al fin alguien lo habría comprado, o que los carteles de liquidación, que se habían convertido también en una antigüedad más, al fin eran verdaderos…
            Y esta mañana, un pálpito (como de palmas agitándose en mi corazón). ¿Sería el mismo? Y, efectivamente, lo era, el vendedor me confirma que sí, que se lo ha comprado a Cari, que así debe llamarse la anticuaria que acaba de cerrar su tienda, o está a punto de hacerlo… Yo no volví a entrar jamás en aquella Galería, quizá desistí a la primera porque me pareció demasiado categórica su propietaria, que 135 € era un regalo y que no lo iba a rebajar más.
            El vendedor de Fuente Dorada me dice: si te interesa el tintero te lo dejo en 50 euros. Yo se lo compré por 40 en un lote con otras cosas… Y yo, temblando de emoción, como una palma agitada por un niño al paso de la borriquilla, le digo que sí, que está muy bien, pero que me parece mucho, que me lo llevaría por 30…
            ─Bueno, dame los 40 que yo pagué por él, y esto por ser tú.
            ─Vale, pero por ser yo, 35.
            ─Joder, cómo negocian los escritores de Valladolid…
            Y me lo traigo envuelto en un convoluto de papel de periódico y plástico de burbujas, como un regalo del Destino, que siempre hace las cosas a su debido tiempo, para estrenarlo hoy.

sábado, 8 de abril de 2017

O

            Voy a casas donde estuve una vez, una noche (en un sueño, quizá), pero nadie abre la puerta, o si la abren no saben, no recuerdan a aquella por quien pregunto (a veces, sin estar seguro del todo de su nombre yo mismo). Pero la nitidez de las ráfagas de un tiempo compartido cada vez es mayor, cada vez nos alcanza más adentro ese pasado que regresa haciéndose presente de nuevo. No hace falta pasar, reconocer las estancias, la luz anaranjada del atardecer que penetra por las persianas de madera y escribe unas palabras sobre la pared, mientras descansamos del amor, extenuados. Ya está. Cerrar los ojos, irse al futuro que entonces no imaginábamos por separado, y seguir adelante, avanzando y retrocediendo, entrando y saliendo por puertas que dan a otras ciudades, a otros cuerpos, a otras vidas vividas, por vivir…


Eduardo Fraile

sábado, 1 de abril de 2017

La bienvenida

Ya están aquí, atareadas en la reconstrucción de los nidos,
idas y venidas al Hontanija por pizquitas de barro inaugural
(el mismo barro santo con el que hacían los adobes nuestros antepasados)
y delgadas hierbecillas con las que cimbran la armazón
en figura de copa. Aprendimos de su sencillez,
de su ingravidez, de su vuelo infinito,
y también de su canto incomprensible y de su desatinada
obcecación.
Cuando he salido al corral han venido enseguida,
con sus grititos de júbilo del verano anterior, dando pasadas sobre mi cabeza,
cada vez más juguetonas, cada vez más cercanas. Cierro
los ojos, extiendo lentamente los brazos
y se van posando sobre ellos. ¡Es la primera vez que lo consigo!
No pesan, noto sus patitas arañando las mangas
de la chaqueta de tweed. No tiran de mí, se van calmando, se van
acomodando… al tiempo que se acompasa el alboroto de mi corazón.
Y cuando ensayo inmiscuirme en sus dicharacheos
o responder a sus palabritinas de plata pura,
de bienvenida, de reencuentro y plenitud…
echan de nuevo a volar.


Eduardo Fraile 

sábado, 25 de marzo de 2017

Me asomo a la ventana y pasa un ángel

          Este verso, que creo que es mío, de Teoría de la luz, da título a un libro (¿mío también?) que se presenta hoy, día de la Anunciación. Ese libro recoge buena parte de los textos de este blog, que comenzó siendo una columna en un periódico. Soy de la generación del papel, así que ver estos renglones volanderos de cada sábado impresos y encuadernados a la antigua usanza, los reviste de realidad incluso para mí, que soy su autor.
          Y se presenta ese libro en una sala que lleva también mi nombre, en el Colegio La Salle de Valladolid. Agradezco infinitamente a mi colegio que no haya esperado a hacerme ese regalo cuando suelen hacerse estas cosas en España, es decir, cuando el homenajeado ya no puede estar presente, por compromisos adquiridos con la muerte con anterioridad. Así que mi manera de corresponder es usarla, espero que bien, cuando tenga un libro que presentar.
         Este libro, este blog, esta columna, tratan un poco ─todo, en realidad─ de la mirada. De mi mirada. De en qué cosas se entretiene mi curiosidad, de cuáles son mis devociones. Dice mi hermano Óscar Esquivias en el prólogo que este libro es, en cierto modo, un devocionario, en el sentido de que refleja e intenta compartir esas cosas queridas, buscadas, acariciadas, frecuentadas, recreadas, amadas, en definitiva, por mí. Las cosas en las que se fija mi atención, esa atención infinita que es uno de los nombres del amor.
         Me asomo a la ventana y pasa un ángel. No vemos lo que vemos, sino lo que somos, dice Fernando Pessoa. Y a veces no nos queda otro remedio que bajar ─que subir─ y seguir por la calle ─por el aire─ la estela de ese vuelo…
           Si estuvierais por aquí, acercaos.


Eduardo Fraile
(fotografía: Txema Ruiz de Gordejuela)

sábado, 18 de marzo de 2017

Calle Porvenir III

           Si prolongamos la calle Industrias en dirección norte, como hacia los Vadillos, la calle Porvenir nos recibe hoy sin el olor a manzanas en fermentación de la Destilería. Los portones verdes siguen ahí, en la acera de la derecha, como testigos mudos de un mundo que pasó. El alquitrán, las sardinas arenques a la puerta de las innumerables tiendas de ultramarinos, las bodegas, las sidrerías, las imprentas, con su tinta densísima y sus máquinas bien engrasadas… Todo olía fuerte, nos picaba en la nariz, y el piñero pasaba en un remolque con redes lleno de piñas, tirado por una mula torda. ¡El piñeroooooo! Y casi no hacía falta que pregonara el piñero sus piñas, porque ya perfumaban toda la calle Industrias, y abríamos las ventanas para respirar ese aire verde y lleno de salud.
          Hoy mi calle no huele a nada de provecho. Un poco a pan en las mañanas, cuando los repartidores dejan sus jaulas de barras de riche en el despacho de Rosa Mary. Ahí, en esa cola estoy yo, escribiendo un poema del libro Quién mató a Kennedy y por qué, donde se anuncia la crisis que los economistas y los políticos no vieron venir, pero un poeta sí. El poema se titula Las colas del pan, 24 de marzo de 2006. Las barras costaban 29 céntimos y mi calle parecía una estampa de la Guerra Fría o de nuestra propia posguerra: las cartillas de racionamiento y las colas del pan que vivieron nuestros padres… La gente estaba aquí para ahorrarse tres o cuatro céntimos, y venían desde barrios extremos, y bien se veía que lo hacían por necesidad. Esa cola olía a pobreza, a moho, a gente mal vestida dignamente, a jubilados que habían madrugado para venir a pie por media barra, y había varios perros en silencio, casi en oración, todos quietos y como comprendiéndolo todo.
        Pan candeal. Pan de Valladolid. Aquí venían por el pan los madrileños señoritos. Panes lechuguinos y tortas y molletas barnizadas de aceite, y fabiolas y pistolas (ellos llamaban así a las barras de pan y a las barras de riche). Digo ellos, pero ellos también soy yo, también éramos nosotros, que vinimos a vivir a esta calle tras el verano de 1968… Ay, qué lejos está la panadería del señor Pepe, en nuestro barrio de Madrid, qué lejos sus grajeas de colores y las huchas donde le guardábamos perras gordas y perras chicas y las monedas color miel de dos reales… Qué lejos San Telesforo (o qué cerca de mí, si bien se mira), el aire de Velázquez y la luz no usada nunca de Fray Luis.


Eduardo Fraile

sábado, 11 de marzo de 2017

Adivinanza

¿Dónde se esconde la reina de corazones?
¿Dónde se esconde
el pájaro que abandona el árbol de doradas vestiduras?
¿Qué licor ha libado de qué frutos,
de qué flores, de qué aguas llenas de peces de colores?
¿Ha sentido el aliento de alguna presencia peligrosa
y por eso ha buscado socorro en la invisibilidad?
¿Dónde está el pájaro del amor
esquivo con los cazadores de escopetas refulgentes?
¿Dónde le buscaré? ¿Dónde la buscaré?
¿Querrá ella ser hallada? ¿Querrá él
ser capturado por mí?


Eduardo Fraile

sábado, 4 de marzo de 2017

Regalo de cumpleaños

Este sábado es mi cumpleaños, y voy a recordar otro sábado igual de 1989 (la noche de ese sábado, más bien). Porque esa noche quería volver a ver a la chica del Farolito. La veía en otros bares también, en el Metropole de Toño y en el Café del Val sobre todo, y la última vez ya nos habíamos sonreído francamente, de tú a tú, de una esquina a otra de la barra en U del Farolito, solo que yo estaba acompañado y ella con sus amigas, pero en esa mirada estaba todo lo que no se podía decir con palabras, y desde entonces, aun sin habernos presentado todavía, pisaba yo con una extraña seguridad la tarima de la cubierta del barco… de la cáscara de nuez a la deriva, mejor dicho, que barco era mucho suponer… de mi vida.
Salí como a las 12 de la noche del hotel Olid Meliá, donde trabajaba en el restaurante, y bajé por la plaza de los Arces y Rúa Oscura hasta Macías Picavea. Entré en el Duende de José Manuel Catón (le recuerdo en la columna "Oscuridad", de hace un año o así) y me tomé una cerveza con Tomás, que trabajaba en la recepción del hotel y seguramente tenía turno de noche, o quizá no y me acompañaría un rato más hacia el Nivel o la Telaraña o el Europa-Delicias… Se nos daban bien las chicas a dúo, ligábamos lo que no está escrito, pero hoy yo tenía una misión, y casi agradecí que tuviera que trabajar.
─Si ligas, ya sabes… podéis venir al hotel…
Bajé la escalera del Paralelo, ya en la plaza de Cantarranas, tumultuosa y zozobrante también. Las chicas del Paralelo eran altas y muy elegantes. No sé cómo hacían para no arrugarse la ropa entre aquella marea de cuerpos que las deseaban. Me bebí una Coronita mientras miraba a ver si estaba allí la chica que me había robado el corazón dos o tres semanas antes, la verdad es que se la había tragado la ciudad, la gripe, los viajes, los exámenes, qué sé yo. Parecía que el habernos sonreído aquella noche, ese instante maravilloso y fundacional, la hubiera hecho desaparecer… Y volví a salir a la plaza, sorteando las olas de humanidad ─que viene de humus, tierra─ hasta el Metropole, ya con el corazón levemente acelerado, y allí (allí había que subir una escalera) tampoco estaba ella, ni sus amigas, y yo no podía preguntarle a Toño por… ¿cómo se llamaría? Su delgadez, su mirada infinita, que venía de torres de castillos o de cuadros de Modigliani, de trovadores con laúd, de Lutecia o de Leticia o de Florencia o de Helenia o de Claudia o de Lauria…
Todos esos lugares luego desaparecerían, condenados por haber visto nuestro amor, fulminados por el fuego, por la lava del Etna del olvido. Y desde allí, al Farolito. Entré sin mirar, como fingiéndome pensando en otra cosa y con esa decisión de los habituales. Roberto o Begoña, un gin-tonic de Gordon’s y pasear poco a poco la vista con los primeros sorbos y no verla, y esperarla y no verla tras cada vaivén de la puerta y saludar y besar y observar los relojes de barco en las paredes, o en las muñecas de las actrices y las cantatrices que venían de sus espectáculos. Ay, ay, ay. Ella tendría veinte o veintipocos (o veintipoquísimos). Y una pintora que le triplicaría la edad me tomaba una mano y me la besaba con clarividencia:
─Poeta, ¿dónde se esconde tu Musa?
Logré zafarme al óleo y al alcohol y a las tentaciones estupefacientes que sucedían en la escalera de caracol que bajaba al almacén y a los lavabos, y recordé vagamente que era mi cumpleaños (o lo había sido ya) y que mi regalo podía estar en el Café del Val, que era donde se iba a tomar la última antes de que cerrara y ya hubiera que ir hacia las discotecas: el Landó, el Subway, el Hippopotamus…
El Café del Val lo tenía Roberto, y ya no era el café clásico que unos años antes pusiera una elegante mujer, Charo, que luego desapareció en las islas (¿las Baleares? ¿el Peloponeso?). Roberto y su socio (cuyo nombre ahora no recuerdo) le habían dado un toque ácido y house, con neones y columnas truncadas bajando desde el techo hacia la mitad de la nada, y allí se daban cita las chicas mejor despeinadas de la movida vallisoletana (las gallegas Chelo y Marisol), y las novias oscuras y pálidas de los disc-jockeys, y las reinas de la belleza no convencional, y las maravillosas, y los ángeles que ocultaban sus alas en americanas hechas con telas de sofá, que era el caso de la chica que yo esperaba ver y tampoco estaba allí, pero no sé, parecía que mi fe fuera indestructible, otro gin-tonic, limón y derroche de elegancia en conversaciones al oído y música minimalista.
La gente ya se iba. Veo al socio de Roberto (¿Domingo? ¿Chomin, tal vez?) salir a correr la verja, dejando un metro para que fuesen saliendo los retardatarios como yo, en la luz morada de la barra con marcas redondas donde los vasos besan, y por donde algunas chicas de risa cascabeleante y cabrilleante y derrochadora de oros y pétalos de rosas multicolores querían entrar aún, entraban ya de hecho cuando yo iba a pagar, y venían en mi dirección, decididas, una entre todas con chaqueta de tapicería de sofá y una sonrisa donde tropezar y no terminar nunca de caer ya para siempre y era ella.


Eduardo Fraile

sábado, 25 de febrero de 2017

José García Nieto

            Encuentro en una de esas increíbles tiendas de segunda mano una primera edición del libro Hablando solo, de José García Nieto, Premio de Poesía Castellana "Ciudad de Barcelona" 1967, editado en Madrid el año siguiente, en la colección de la Revista de Cultura Hispánica, que dirigía el propio García Nieto. Todos estos datos que vengo anotando aquí ya nos dan un poco en qué pensar, y dejo al lector que desde la cota 2017 eche un largo vistazo 50 años atrás y juegue con la memoria, y si no la tuviere huronee en Internez. El libro en sí es una delicia, que disfruto por 1 euro, con la propina de una dedicatoria del autor para una mujer desconocida: Ángeles, lo que le va de perlas en el cuello a esta columna, el 21 de junio, entrando el verano del 68, mítico donde los haya habido desde cualquier punto de vista.
            Por ahí por los primeros 80 alcancé a conocerle en el Gijón, el año del regreso del Guernica, más o menos. Le busqué en la guía de teléfonos y salía un García Nieto J., periodista, y supuse que sería él. Le llamé desde la casa de mi tío Gregorio, que es donde me quedaba en mis escapadas a Madrid, y se puso él enseguida, y me citó esa misma mañana a la 1, para el vermut, lo dijo así, sin posibilidad de réplica, que casi ni me daba tiempo a llegar desde Infanta Mercedes.
            Me sorprendieron su accesibilidad, ya digo, y luego su naturalidad y su bondad, su interés por mis cosas, como si de verdad le interesasen… Luego en la vida he comprendido que cuanta menos grandeza hay en una persona, más importancia tiene que darse para parecer alguien. Ridículos petimetres nos ponen por delante a sus admirables secretarias (tienen que sufrirles en silencio, como a las hemorroides), y ya no les llamamos más. Es más fácil llegar a un premio Nobel que a un imbécil, las razones si bien se mira son obvias, gracias a Dios.
            No conocía yo entonces la truculenta, atrabiliaria, y al cabo dramática historia de su libro Dama de Soledad, de Juana García Noreña ─JGN─. La supe por Eduardo Haro Teclen, e inmediatamente até cabos, intenté conseguir un ejemplar de aquel premio Adonais, que alcanza cifras exorbitantes en los portales de venta digital, y al cabo adquirieron luz (esa luz maravillosa que entraba por las cristaleras del paseo de Recoletos) estancias y matices y metáforas (facetas, dirían los gemólogos) de su personalidad.
               Pero por quien más cosas he sabido siempre de este hombre que lo fue casi todo en la poesía española y hoy casi nadie recuerda, fue por Francisco Umbral (sobre todo en los retratos que hace de él en sus libros). De hecho, Umbral trabajó esos años 60 en la Revista de Cultura Hispánica: García Nieto le contrató cuando Umbral se buscaba la vida donde fuere y a como diere lugar, con unas cartas de presentación de Delibes y una Olivetti Pluma 22, volando por el cielo de Madrid en la Vespa roja de los fotógrafos de prensa, al encuentro de un reportaje en casa de Lola Flores o una entrevista con Marisol.
              Pero García Nieto era el garcilasismo, el oficialismo, y su cielo era ese estar bien instalado en el establishment literario, en el Premio Adonais y los divanes de terciopelo rojo del Gijón, y en esa afabilidad y ecuanimidad que le servían de armadura o que ocultaban su amargura interior: saber que todo eso pasaría, estaba ya pasando, y el futuro correría un tupido velo sobre él.
            Le acabaron dando el Premio Cervantes, tarde y mal, cuando estaba en una silla de ruedas y no podía enterarse de quién era ese rey que le imponía una medalla (algo así como Adolfo Suárez, al final), y qué significado tenía, de qué había servido dedicar su vida a una quimera, y haber ayudado a todos, y haber sido traicionado y abandonado por todos (incluido yo mismo, decía Umbral en la columna de aquel día), incluido yo también, aunque yo era ese joven plural (quizá todos los días tomaba el vermut con un joven poeta de provincias) al que el destino tenía reservada quizá una trayectoria distinta ─la diametralmente opuesta─, que ni yo mismo sospechaba esa mañana velazqueña que se paraba a mirarnos como con estupor, aunque posiblemente ─y de ahí su amabilidad, su delicadeza, su compasión, casi diría─ él sí.


Eduardo Fraile