sábado, 18 de noviembre de 2017

Inés

Mis ojos te descubren entre la multitud. Brillas
con una luz distinta. Aunque yo no quisiera
mirarte, ¿cómo saldría del laberinto de la noche
sin que me lleves de la mano? Te veo
y el universo comienza a sonreír.
Y amanece.

*

Mis ojos te descubren entre la multitud. Incluso antes
de que yo les ordene como a perros
rastreadores:¡buscadla!, te han hallado ya.
La velocidad del deseo > la velocidad de la luz.

*

Mis ojos te descubren entre la multitud.
¿Qué les lleva hacia ti? ¿Hay una fuerza
de gravitación de las miradas? ¿Cómo formularíamos
esa Ley? Te encuentro como una aguja de oro
en el pajar del universo. Pero tú ya me mirabas a mí…


Eduardo Fraile

sábado, 11 de noviembre de 2017

Los que ligaban tanto

         Quiero acordarme hoy de aquellos que ligaban mucho y a los que yo, que hacía horas y horas en el Café La Luna (la primera Luna de Tony, entre el 79 y el 83), observaba con atención y con envidia cochina. Y me iba dando cuenta de que eso de ligar era para ellos una especie de sacerdocio, vamos, como para mí la poesía, y que ponían en ello pasión (vocación), pero sobre todo dedicación. Dedicación exclusiva. El genio es una larga paciencia (Baudelaire, creo).
         Con estupor, con espanto casi, y hasta con rubor que me calentaba las orejas que sostenían el laurel de mis metáforas, les veía cada día con una (cada día con otra) chica distinta, guapas a rabiar, perturbadoras y desestructurantes. ¿De dónde las sacaban? Y meditaba yo mucho sobre el hecho evidente de que seguramente no las merecieran, y que esto no era cuestión de cualidades (ser guapo, o encantador, o tener éxito o dinero…) ¿Qué veían en ellos? ¿Cuál era su secreto?
          Con alguno incluso llegué a hablar tiempo después, cuando yo también quizás era observado por otros que pensarían de mí cosas parecidas. Y durante unos años ligué lo mío, aunque me esté mal el decirlo. Pero yo tuve que tomar una decisión (o es el destino ─o el azar─ el que decide por nosotros).
        Tiene Proust una maravillosa digresión en algún momento de su obra, y que suscribo con mi vida totalmente, relativa a nuestra querida o buscada o elegida o aceptada soledad. Nos hemos dedicado a los libros y todos los días volvemos a casa con libros de la mano (algunos comprados en las librerías, otros que alguien nos ha regalado con su firma), y al abrir el buzón quizá nos espere alguno más, que algún autor novel o alguna editorial nos envían. Si toda esa dedicación la hubiésemos puesto en las mujeres ─y en mi caso he gastado también en ellas, en su compañía o en su ausencia, buena parte de mi tiempo─ todos los días volveríamos a casa con alguna maravillosa criatura de la mano.
          Hoy he vuelto a casa doblemente solo. Con libros, efectivamente. Pero me he cruzado en la calle Mantería (muy cerca de La Luna, ay, que ya cerró el pasado mes de julio y espera resignada su demolición) con uno de aquellos tíos que ligaban tanto. Y tan bien. Estaba igual. Con 35 años más, con el pelo blanco, pero igual, con la misma actitud. Y una milésima de segundo nuestras miradas se han cruzado, reconociéndose. Estoy seguro que él también habrá pensado alguna vez en mí, a lo largo de todos estos años. O quizá no. Quizá tenga alguno de mis libros y recuerde los días ─las noches─ de nuestra juventud. Nunca supe su nombre. No le había vuelto a ver desde el siglo pasado…digamos, quizá, desde que entré en mi celda, en mi estudio, y me puse a hacer aquello que tenía que hacer. ¡Joder, el poeta!, se habrá dicho, asustado de los años que han pasado por mí. No por él, en efecto. Estaba igual… Pero algo faltaba en su retrato milagroso de Dorian Gray: estaba solo.


Eduardo Fraile

sábado, 4 de noviembre de 2017

Jerónimo Rodríguez

            Las palabras son soledad (Henry Miller). Las palabras que salen a buscar el camino de regreso, las palabras que parten a conquistar tierras lejanas, las palabras que nos decimos para evitar la noche (o para que no llegue nunca a amanecer). Mi hermano Jerónimo Rodríguez. Le gustaba Henry Miller ya desde que ambos nos lanzamos a la aventura de las palabras infinitas, o a la aventura infinita de escribir novelas (él) y poemas (yo mismo). Es decir, por ahí por los 17 o 18 años de nuestra edad. Fuimos compañeros de colegio, y luego yo iba a verle a Burgos en el tren y él venía a Valladolid o a Castrodeza, y nos enseñábamos aquellas páginas llenas de maravillas incipientes y novísimas, poseíadas por la ingenuidad y la genialidad de quienes se apuestan a sí mismos por completo. Dábamos miedo, o pena, o envidia, qué sé yo. Así que en cierto modo llevamos vidas paralelas (como las vías del tren) y cada uno iba teniendo sus novias y sus libros, y el rito de visitarnos cada cuanto o cada tanto. Las últimas veces que nos vimos en Burgos él tenía una buhardilla en Cardenal Segura (junto a la Catedral), y se podía uno sentar en las tejas del tejado saliendo por la ventana de la cocina. Y en estas se casó con una colombiana (él, que siendo de Royuela de Río Franco tenía rasgos de indio del Amazonas: el indio Jerónimo, le llamábamos en clase). Y vendió la buhardilla y se fueron a Cali, en el valle del Cauca, y tuvieron una hija (Leda) y todo fue de maravilla unos años, hasta que las cosas se jodieron (y así es como se dice aquí y allá, en Román paladino y en narco del cártel de Pablo Escobar).
           A partir de aquí puede el lector imaginarse la historia de separación más complicada y peligrosa (y dolorosa y tristísima) posible. No se le acercará. Yo no sabría escribirla (ni él mismo, supongo, y por eso la sufrió). La realidad siempre supera a la ficción. O la Naturaleza imita al Arte. No volvió a ver a su hija y todos esos años vivió en Canarias (Tenerife, Los Rodeos) primero, y luego Madrid, sobreviviendo con trabajos de seguridad privada por las noches y escribiendo por el día sus diarios y sus relatos de ambos mundos… Nos vimos varias veces, sobre todo en los días de la Feria del Libro, y alguna noche dormí en sus casas sucesivas de Malasaña (Divino Pastor, Monteleón, Galería de Robles). Comíamos en esos restaurantitos insólitos que todavía brotan por esas calles, y luego yo me iba a Chamartín. El tren, siempre el tren uniéndonos y separándonos, trayendo y llevando nuestros sueños a través de renglones inflexibles, sin fin.
           La última vez (ya habían pasado los años, y su hija andaría muy cerca de los 18) me contó que tras el verano pensaba volver a Colombia, a la aventura, y buscarla.
Dejaré la casa, me despediré del curro y haré el viaje siguiendo la ruta de Humboldt. (Las últimas cosas que me dio a leer eran biografías de personajes históricos, a la manera de Zweig, y Humboldt le atraía muy especialmente.) Me acompañó a la estación y al despedirnos en el andén del AVE me dijo: ─Bueno, quizá esta sea la última vez que nos veamos. Hoy esas palabras resuenan en su justa solemnidad. Traté entonces de restarles dramatismo, pero sonaron a Largo Adiós de Raymond Chandler y le deseé lo mejor en su búsqueda: ─Ya verás como todo va a ir bien.
            No volvimos a saber nada de él (ese verano, antes de iniciar el viaje estuvo unas semanas en el pueblo, ordenando sus libros, sus papeles, en la estantería grande que le ayudé a construir en 1981, según me han dicho después). Han pasado tres años sin ninguna noticia, sin dar señales de vida. No llamó ─ni a mí ni a nadie de su familia, ni siquiera en Navidades o fechas señaladas─. De repente su hija comenzó a buscarle por Internet, incluso vino a España a preguntar, a recordar quizá sus primeros años… La cosa no pintaba bien. Él nunca tuvo sensación de peligro mientras vivió por allá (quizá sí cuando las cosas se torcieron) y nos decía que la situación se veía desde España más exagerada de lo que era. Le gustaban aquellos paisajes exuberantes donde tan naturalmente encajaban sus facciones y solía adentrarse solo en la populosa soledad de la selva. La catedral de palabras carnosas ─carnívoras, mejor─ que crecían a cada paso, como dichas por él esos primeros años en que fuimos quijotes, héroes, santos, conquistadores, poetas…


Eduardo Fraile

sábado, 28 de octubre de 2017

Señales de final

Hoy es martes 17 de octubre
de 2017. Ya han llegado las primeras cigüeñas
a la ciudad. Cada año su excursión migratoria
es más breve, casi se dirían unas discretas vacaciones.
En nuestra infancia llegaban por San Blas, en febrero,
pero por causas distintas esos casi seis meses
en latitudes más meridionales se han ido reduciendo.
A primeros de septiembre dejan nuestra ciudad
huérfana de sus alas, adelantándose a las golondrinas,
que ─ellas sí─ perseveran en su larga migración
hasta mediados de marzo. Estos últimos años
volvían en noviembre, pero hoy me han asustado,
tomando en el amanecer las torres por grupos familiares,
como repartiéndose la ciudad. Este año tan seco,
tan dilatadamente caluroso (de hecho, hoy es el primer día del otoño
propiamente dicho). Todo anda así de raro.
Los enterados hablan y se les llena la boca con el cambio climático.
Pero yo veo algo más. De hecho, las veleidades
de la meteorología es lo que menos me preocupa.
El planeta hace bien en intentar librarse de nosotros.


Eduardo Fraile

sábado, 21 de octubre de 2017

Escribir una novela

          Todos nos lo decían: Bueno, esos librillos de poesía están muy bien (lo de librillos sonaba un poco a papel de liar tabaco de picadura, o de pipa, o canutos de maría o hachís), pero lo que tienes que hacer es escribir una novela, que es lo que da pasta gansa de verdad, porque, a ver, cómo vas a vivir de vender quinientos ejemplares, mil como mucho…, pero con una novela te puedes forrar. La calidad se te supone, que escribes de puta madre, así que ponte a currar pero ya.
            Y quizá nos pusimos a ello varias veces, sin un grano de mostaza de fe, y lo que nos salía era una novela completa dentro de la dimensión de un poema, así que estaba claro que nuestro género (escribiéramos lo que escribiésemos) era el libro ─el librillo─ de poemas.
            Y comenzamos a publicar esos pequeños arbolitos, o a botar esos barquitos que se llevaba la corriente, y siempre nos encontrábamos con alguien que nos decía: ─Qué, ¿todavía sigues escribiendo? o ─¡Qué, cómo va esa novela! o ─¡Enhorabuena por tu premio!, lo he visto en el periódico, ya te lo dije yo, que lo tuyo era la prosa, no aquellos poemillas ( y lo de poemilla sonaba a hebra rubia de tabaco o brizna de azafrán o vello púbico…) que sólo leían las tías. Joder. Y la cosa es que no nos habían dado ningún premio, y menos por un libro de prosa (ni de poemas en prosa ni de prosas en poema).
             Hay gente que siempre lee los periódicos del futuro, así que aceptábamos los parabienes y nos preparábamos secretamente para lo peor: para la Fama, los premios, los frutos sorprendentes de aquellos arbolillos delgaduchos y escuálidos que no dejamos nunca de regar con nuestras lágrimas…


Eduardo Fraile

sábado, 14 de octubre de 2017

El otoño del alma

            Cae la hoja del calendario, del árbol de los días que se van, que regresan, quién sabe. Los días. Los putos días, jodidos cabronazos (Bukowski). Cae la manzana de Newton del otoño, las uvas de Vivaldi, los violines de mi corazón. El otoño es la estación de los poetas, he oído decir alguna vez, y sí, aunque yo lo veo de otra manera, tomándolo en sentido literal: el poeta espera en la estación del Otoño. Espera un tren que no vendrá. No podré asistir a mi cátedra del lunes, telegrafiaba Machado al director del instituto de Segovia donde daba sus clases de francés. Iba a poner ‵esas pocas palabras verdaderas′ al llegar a Madrid para pasar el fin de semana, casi todo el tiempo sentado en el Café de las Salesas, donde seguramente Guiomar aparecería en algún momento… o quizá no, y las horas iban sucediéndose lentas como dinastías, o como edades de piedra contra el cristal de los vasos y la jarra del agua (esa fotografía que le retrata con el sombrero puesto y las manos en la curvatura del bastón, mirando al interior de sus pensamientos). Recorre mentalmente los meandros de un soneto, más por engañar al tiempo que otra cosa, árbol en el otoño él mismo, que se imaginó en otra tierra la tierra que cubre a Leonor olmo reverdecido por la primavera… No me será posible estar el lunes, o quizá nunca ya, piensa el poeta para sus adentros, en mi cátedra, en mis clases de Montaigne, con quien tanto conversa en esas otras horas de la pensión segoviana, esa habitación que podemos visitar hoy como quien entra en la desesperanza, en el desasimiento, en el desamparo total del alma… El otoño del alma, se podría titular esa habitación interior del poeta. No podré estar el lunes en mi cátedra, señor Director, porque he perdido el tren de hoy… y el de mañana.


Eduardo Fraile

sábado, 7 de octubre de 2017

Los santos

Llevábamos cada uno nuestro taco de santos de las cajas de cerillas
(toreros, mariposas, trajes regionales, locomotoras, futbolistas…)
atado con una goma del pelo de nuestras hermanas,
y en los recreos trazábamos una línea con tiza en la pared
para irlos dejando caer desde esa altura, alternativamente.
Cuando un jugador montaba con el suyo sobre alguno de los santos caídos 
                                                                                                      [en el suelo,
todos para él. Era un juego sencillo, y como las canicas
o las chapas o las peonzas, iba por épocas,
por modas, no se sabía muy bien cómo, pero un día uno cualquiera de nosotros
aparecía con su taco de santos, o de calendarios, y en poquísimo tiempo
toda la ciudad jugaba a esto, o a aquello,
o a lo de más allá.
Tras las tapias de un colegio, en la calle José María Lacort
de Valladolid, el niño que fui allí deja caer los santos
(que quizá llevan impresas las portadas de los libros
que escribiré el día de mañana), y también, paulatinamente, va cayendo
la tarde de este lado, las golondrinas que se fueron, el sol
naranja del otoño, la vida, este poema…


Eduardo Fraile

sábado, 30 de septiembre de 2017

¡No a la rentrée!

             Me envía una amiga francesa esta postal, que he clavado inmediatamente con una chincheta en el muro de mi corazón. No a la rentrée. No y no y no. Éramos niños y no queríamos volver a la ciudad, al colegio, a las Ferias de Valladolid, a montarnos en los caballitos de la Rubia. Éramos niños que lloraban en los carruseles, para que la fuerza centrífuga limpiara nuestras lágrimas y nuestra madre no tuviera que preguntarnos, porque no sabíamos nombrar esa angustia que crecía en nuestra almita como los quitadesayunos en las eras los primeros días de septiembre. Ay. Y aparentábamos sonreír, con no mucho éxito, la verdad, pero nuestra palidez se achacaba enseguida al mareo de la noria, o a los charlatanes de las tómbolas, o al olor a frituras, o al humo de los puros de los hombres que iban a los toros en el mismo autobús del paseo de Zorrilla que habíamos abordado nosotros.
            Los autobuses que iban al real de la Feria, o a la Feria de Muestras, o a la plaza de toros, llevaban unas banderillas de España en los extremos del frontal. (Cuando era San Isidro o San Cristóbal les ponían unos manojos de laurel.) Y así fuimos creciendo, pero esa herida no se nos curaba, y cada mes de septiembre volvía a sangrar gotas violeta (de los quitadesayunos, de las rayas de la camiseta del Valladolid, de los bolígrafos que nos manchaban los dedos de las manos). Y ya íbamos solos a las ferias, o directamente no íbamos. Para qué. Ya iba forjándose en nosotros la rebeldía de la adolescencia, la conciencia de nuestra individualidad, e intuíamos que nuestro lugar, nuestro sitio, no estaba entre la multitud. Y si nos daban algo de dinero nos lo gastábamos en libros.
            Así que año tras año fue creciendo dentro de nosotros un árbol con sus hojas (sus páginas) y sus círculos concéntricos como capítulos, como vueltas y revueltas en la noria de la vida. Y llegaría ese septiembre (en septiembre se tiemble, rezaba el refrán, porque ya refrescaba) en que algo dentro de nosotros pronunciase ese «no» que venía madurando como un fruto redondo, una manzana de oro que cayó por su peso, y en virtud de la Ley de la Gravitación Universal, de Newton, y quizá no regresar supusiera una angustia todavía mayor, pero ese acto fundacional contenía en sí la semilla del gozo, de la emoción y de la aventura interior que comenzaba en ese instante, en ese punto de partida, de salida de Don Quijote, de inauguración, de botadura, de nacimiento, de estreno…


Eduardo Fraile

sábado, 23 de septiembre de 2017

¡Hare Krishna!

             Otra de las flores efímeras que desapareció fue el azafrán de las túnicas de los Hare Krishnas, no sé, brotaron y se extinguieron esos años mágicos de la Transición, entre el 76 y el 79, y perfumaron y pusieron cierto cromatismo que no era de aquí en la suciedad gris de nuestras calles. Desde los autobuses decrépitos con silletín para el cobrador veíamos esos grupos de 6 u 8 danzarines de cráneos mondos y lirondos que iban cantando su Hare Krishna, Hare Hare, como beodos o fumetas, o simplemente poseídos por el espíritu gozoso de su divinidad.
            Sus cabezas rapadas hoy no resultarían tan chocantes como en aquellos tiempos de melenudos con pantalones de campana. Ni sus túnicas naranja… bueno, sus túnicas anaranjadas seguirían hoy siendo una exótica deflagración de color. Mariposas que envolvían en sus vuelos concéntricos a los sorprendidos transeúntes, acostumbrados más a los testigos de Jehová con sus carteras baratas y sus revistas, o a las gabardinas azul plomo con chapa identificativa de los mormones.
            ¿Qué les pasó? ¿Por qué no volvieron más? Me emociona su levedad, su aparente inoperancia y desprecio por el proselitismo. No nos daban la vara, no nos adoctrinaban, no metían el zapato, como los vendedores de enciclopedias, para que no les cerráramos la puerta en las narices. Sólo iban por la calle cantando (o rezando, quién sabe), provocaban una sonrisa, algún lanzado se unía a su carrusel, a su conga de Jalisco budista o hinduista o lo que fuere, pero todo lo más duraban media calle…
         No arraigaron aquí. Demasiado categóricos, demasiado maximalistas, demasiado poco acostumbrados a la flexibilidad de los juncos mecidos por el viento debimos parecerles. No dignos de su mensaje, no preparados aún para hacernos partícipes… de su secreto.


Eduardo Fraile

sábado, 16 de septiembre de 2017

Los barros

Las calles se llenaban de barros con las lluvias del otoño
(sólo se inició la pavimentación en los años 80) y ya casi hasta la primavera 
                                                                                                          [siguiente
todo era llevar manchados los zapatos o las botas,
incluso  el calzado de fiesta o los zapatos de tacón de las jóvenes
sufría alguna mácula en la ascensión hasta la iglesia,
los domingos. Así que, claro, era normal
que los portales de las casas estuvieran casi todos empedrados
con grandes lanchas calizas como de lecho de río
y no se comenzase a embaldosar hasta un poco más adentro,
ya de camino a las cocinas. Los barros. Las cunetas.
Los sabañones. El frío.
Parecía un castigo inmemorial y de carácter perpetuo
─como por haber cometido un horrible pecado─
y nadie pensó nunca que incluso eso
se llegaría a acabar. Y se acabó.
Yo alcancé a vivir, aunque poco, los barros
y esos verbos anejos y pertenecientes y relativos a ellos,
como atollarse. Atollados de barro
llegábamos del campo, o de ir de casa de la abuela
a la era, o a hacer algún recado
o a enviar, en las matanzas, las navidades
que íbamos a Castrodeza. Los veranos estaban exentos
de esa plaga, porque incluso las tormentas vespertinas
sólo mataban el polvo de la siega, de las trillas,
de los caminos de harina batida por las herraduras de plata
de las caballerías.
No quisiera añorar hoy una cosa
que tanto hizo sufrir a nuestras madres,
pero tengo que atravesar varias calles de tierra
regada con mis lágrimas…


Eduardo Fraile

sábado, 9 de septiembre de 2017

El principio del fin

       Mi madre nos bañaba en la cocina, junto a la lumbre de paja,
dentro de un barreño de zinc. O en el corral al sol,
en la pila de piedra del pozo. Luego, un verano, el verano del agua
─de la acometida del agua corriente─, la abuela hizo un cuarto de baño
como los de la ciudad, y eso, que en principio parecía un adelanto
¡un adelanto!─un adelanto, decían orgullosos, en el pueblo─ a nosotros no nos hizo                                                                                                               [mucha gracia…
En Madrid y en Valladolid nuestro aseo era pequeñísimo,
sólo la bañera que puso la abuela Evarista no hubiera cabido allí.
Y esto fue sólo el principio. El principio del fin.
La gente empezó a comprar televisores y a vender las camas
de bronce, incluso los colchones de lana, que intercambiaban, encantados,
por otros de muelles. Y las cocinas de butano
clausuraron las benditas chimeneas, y las calefacciones
cerraron para siempre la trampilla de las glorias…
¡Ay, Señor! Hasta el abuelo Bernardino
vendió la noria del huerto al chatarrero
por 800 pesetas. Tendría yo 8 o 9 años
y lloré mientras unos hombres con marras
la rompían en trozos. Lo sigo viendo hoy, oigo los golpes
que impactan contra mi corazón.


Eduardo Fraile

sábado, 2 de septiembre de 2017

Lisa 1

        Es una maniquí que acaba de instalarse en mi estudio, acodada entre el mueblecito de cajones que guarda los originales de mis libros y el cuadro de la ‵escalera en rosa′, de Julio Toquero, que compré por 15.000 pesetas en 1984 y hoy debe valer una pequeña fortuna. La verdad es que ella sola se ha buscado ese sitio, y la planta (no sé cómo se llama esa planta de hojas opulentas como espadañas) vela con delicadeza su hermosa y edificante desnudez. Digo edificante en el sentido de que su esbeltez parece surgir desde los cimientos (desde sus pies con las uñas pintadas exactamente del mismo rosa del lienzo). Y no me canso de mirarla, quieta ahí, observándome.
          Agradezco al dios de los encuentros inesperados que la haya puesto en mi camino, en un escaparate de una mercería en liquidación: Confecciones Monterrubio, y haya querido ─tan fácilmente, tan naturalmente─ venirse a vivir conmigo.
            Es bellísima, ya digo, entre ofreciéndose y ocultándose, impúdica y a la vez pudorosa, Santo Dios. He sido ─soy─ un mortalmente herido admirador de la Gracia y el vuelo y la sobrenaturalidad y la angelidad femeninas… y ahora esto. Cuántas veces mis palabras se han corporeizado encarnándose en seres reales, y heme aquí hoy enamorado de una ─¿inánime?─ maniquí. Maniquí con un polo, se titulaba una de mis columnas de los noventa en El Norte de Castilla. Y trataba de las escapadas de una maniquí desde su escaparate a la heladería de la plaza de Santa Cruz. Es duro ser maniquí en las rebajas de agosto. Lisa 1 no viene de boutique, sino de una humilde e histórica tienda de lencería que desaparece.
            Y no me canso de soñarla, ahí quieta, tan real, observándome. Imaginándome ella a mí, se diría. Exhibiéndose sola para mí. Porque ella, ahora lo sé, me ha elegido.


Eduardo Fraile

sábado, 26 de agosto de 2017

Sorbos de eternidad

            Por la ventana de mi estudio de Castrodeza veo pasar gentes que dejaron hace tiempo de pertenecer al Tiempo. A algunos no les reconozco, pero otros me sorprenden con su ʽrealidadʼ que no encaja del todo en la imagen que de ellos guarda mi recuerdo. Es una inmersión en aguas de épocas distintas, y de cada una salgo como lavado de mí. Busco a los míos, a mi madre de joven, esas estampas de ella que no he podido conocer, y el corazón me dice: es esa niña de vestidito rojo y zapatos de charol que pasa montada en una burrilla parda con una estrella en la testuz. Y es esa moza con un cántaro en la cadera y un botijo en la otra mano, que vuelve del caño o va al caño a por el agua límpida que educará su voz, que endulzará la mía, porque la voz la hacen las aguas del manantial del alma. O esa chiquilla que corre a las escuelas con su pizarra en la mano y un estuche para los palilleros y las plumillas y los pizarrines… Y ése debo ser yo, de su mano, yendo o viniendo de llevar el pucherillo con la comida para el tío Evaristo, mi primera entrevisión de Don Quijote.
            De quienes no reconozco intento aislar algunos rasgos, algún detalle de sus ropas que me permita situarles en tal época o tal otra, o intuir de qué familia pudieran haber sido. Luego pienso que no soy yo quien está de este lado de la vida, que quizá yo también pasé o estoy pasando —o estoy posando— para otro que me contemplará sin recordarme del todo, pero apreciando en mi rostro cierto aire familiar.


Eduardo Fraile

sábado, 19 de agosto de 2017

A lavar al río II

Nuestras madres iban a lavar al rio
con la banquilla y el lavadero y los barreños de zinc.
Lavar la ropa blanca, las sábanas, las camisas de algodón
del abuelo, y enjabonaban y frotaban y volvían a frotar
y aclaraban al paso caudal de la corriente.
Luego, entre dos, retorcían para devolverle al Hontanija
la mayor parte de su contribución
a la blancura. Ese blanco de harina
de trigo candeal, que se lograba sólo con jabón hecho a mano,
agua del río de mi infancia, y lo más importante de todo:
el secado al sol. En las eras,
sobre los cardos de la ribera, sobre céspedes
que no mancharan de verdín, y antes, entre dos
igualmente, sacudir y estirar, y posar los lienzos dulcemente,
y si corría algo de aire sujetarlos con morrillos suavísimos
por las esquinas. Ya existían las primeras lavadoras
(y mi madre la usaba en la ciudad), pero en el pueblo
no había agua corriente aún, y luego, cuando la hubo,
en los veranos todavía se bajaba a lavar
al río, sobre todo las sábanas.
Gracias, mamá, qué bien olían
nuestros sueños…


Eduardo Fraile

sábado, 12 de agosto de 2017

El tiempo puro

Había un tiempo áulico, musical, serenísimo,
fresco y como por encima de las contingencias
de la meteorología, de las estaciones, del sol,
esas cosas tan importantes y determinantes en el mundo rural.
Y otro tiempo más cercano, de a pie (o a caballo)
e incluso marcado por el ir y venir del coche de línea
o de los fruteros y vendedores ambulantes. El primero
lo marcaba el carrillón del reloj de pesas de la abuela Evarista,
su melodía límpida que envolvía las paredes de la sala
que no se usaba nunca, sólo en las solemnidades
(velatorios, peticiones de mano, testamentarías) y donde se guardaban también
el chocolate, los huevos y el aguardiente de guindas…
Y la vajilla de porcelana inglesa, y la cubertería de plata
y el juego de café de Limoges o de Sèvres y la cristalería
cuyo entrechocar resonaba a campanas, o como una nota más
del transcurrir de las horas…
Incluso en pleno verano había que ponerse una toquilla
o echarse un chal para acceder a su ámbito
puro y pautado. Sólo la abuela, que llevaba la llave
en el bolsillo de su delantal, entraba allí. Los domingos
cuando daban primeras (las campanas de la iglesia
sonaban también a copas de cristal de Bohemia)
la abuela salía de la Sala con su cartera de piel
bien repleta de duros plateados y pesetas de oro.
Y nos poníamos en fila a la puerta de la calle,
bajo la moneda del sol del mediodía, y ella se sentaba en uno de los cantones
para impartir la propina.


Eduardo Fraile

sábado, 5 de agosto de 2017

Aparvar

Para después de la siesta se dejaba la última faena
de la trilla, que era aparvar, esto es, amontonar en una parva
la paja y el grano ya trillados, ya convertidos en oro de retablo
de altar mayor. Luego esa parva se pasaría por la limpiadora
(o aventadora), que separaba los granos de trigo o de cebada
de su embalaje finísimo por medio de un sistema de cribas semovientes
y un ventilador que expelía la paja leve, venial.
¿Qué pesa más, un kilo de trigo o un kilo de paja?, nos preguntaban
y caíamos, o ya nos daba igual, y el abuelo Bernardino
o los tíos Salustiano y Emeterio nos corregían riéndose,
una y otra vez. Y una tarde tras otra
empujábamos el aparvador, que era una especie de tabla
como de 50 centímetros de alto y 4 o 5 metros
de largo, arrastrada por las caballerías.
Luego los tractores hicieron esta operación
menos emocionante. Los niños pesábamos sobre los trillos,
íbamos y veníamos del caño con botijos de agua fresca
para los hombres, y luego empujábamos el aparvador,
haciendo montones. Con posterioridad, de forma manual, con los garios
o garias se perfeccionaban esas parvas, lanzando muy arriba
la paja para que el tenue viento acabara de poner las cosas en su sitio.


Eduardo Fraile

sábado, 29 de julio de 2017

Las nieves perpetuas

Otra de las cosas inherentes (e indisociables
y podríamos decir también suyas propias
(como propietario) del verano, era el Tour.
El Tour. Decir el Tour de Francia era de abultos.
Qué otro Tour iba a ser. De qué otro sitio.
Dónde más corrían esos días Eddy Merx y Luis Ocaña.
(Y corrían a muerte contra el tiempo y el espacio,
que solían ser montañas que se bajaban a mil, a tumba abierta).
Y nosotros estábamos ante el televisor de la abuela
Evarista ITT, Telefunken, Elbe, Westinghouse
con su estabilizador al lado, que se recalentaba,
y el abuelo Bernardino nos decía con desaprobación:
Hay que apagar un rato, que se enfríe.
Que no, abuelo, cuando acabe la etapa.
Los primos Valles (sólo los chicos hacíamos una docena)
nos apretábamos en torno de la pantalla cóncava
que chisprroteaba:
¿No veis que ya hace mucha nieve? ¡Se va a fundir!
Que no, abuelo, que eso es de allá.
Replicábamos, queriendo decir que no era una avería
del aparato, pero aun así lo apagaba
y permanecíamos unos minutos como en oración
esperando a que se refrescara. Era verano
y había muchas interferencias siempre, y más en las conexiones
de Eurovisión. Las imágenes en blanco y negro
a veces aparecían como un espejismo en el desierto,
oscilantes y desvanecientes, o bien como desbaratándose, como desmoronándose,
en puntos blancos (y eso era la nieve). Intuíamos
más que otra cosa que aquello eran ciclistas
escalando los Alpes o los Pirineos, con sus cumbres nevadas
de verdad.
¡Hala, se acabó! ¡Todos a la era a aparvar!  


Eduardo Fraile

sábado, 22 de julio de 2017

Pozo y golondrinas

            He hablado en otra columna de María Zaitegui, que pasa una noche o dos en Castrodeza al volver hacia Almería desde el verde (todos los verdes del verde) o la verde, que no sé muy bien si esa tierra es masculina o femenina, Euskadi. La diversión, lo que más le gusta a ella de mi casa es ver a las pequeñas golondrinitas asomarse al borde de la copa del nido, o si volasen ya, llamarlas de esa manera en que yo las llamo, tratando de imitar sus chilliditines, y ellas vienen enseguida, convocadas por una vocecilla musical que reconocen y aman. Y sacar agua del pozo, con los guantes de jardinera que le quedan enormes, para que no se le manchen las manos del óxido de la cadena. Y así, entre los vuelos cortantes y acerados de las aves que juegan y el chirrido de la polea, esa hora de la siesta se llena de frescor y de humedad riquísima, mientras su hermano Teo persigue lagartijas por la tapia del sol, como Alfanhuí, o entre las piedras de molino, como lunas caídas, y Diego, el padre de los dos, mi amigo el librero de Book Cake, se repone de la distancia y el tiempo y yo leo este libro con las hojas en blanco.


Eduardo Fraile

sábado, 15 de julio de 2017

El verano del agua

            El verano de la acometida del agua fue el de 1970 o 71, y no es que hubiera una riada o algo así, sino que se llevó el agua corriente a las casas, y nuestras madres y nuestras tías ya no tuvieron que ir más a lavar al río, o a por agua al caño para beber, con aquellos hermosos cántaros que se ponían en la despensa, todos en fila, para dar frescor. Pero durante ese verano el pueblo vivió como en una guerra de trincheras, todas las calles levantadas, con zanjas profundísimas que había que atravesar pisando con cuidado sobre tablones o sobre trillos viejos, o sobre aparvadores que ya no servían para aparvar. Personas y animales, porque las vacas y las caballerías tenían que cruzar igual sobre aquellos puentes provisionales. Y luego vendría la locura de los cuartos de baño y las griferías, y las pilas blancas para fregar los cacharros en la cocina. Cuartos de baño de dimensiones extraordinarias, no como los de la capital, que tenían como mucho tres metros cuadrados. Y en todos, el videt, que aquí se llamaría lavapiés, y una bañera larguísima como para compensar siglos de haberse tenido que bañar en barreñones de zinc. Y cosas nunca vistas hasta entonces, como los rollos de papel higiénico o los cepillos de dientes o los secadores para el pelo.
            El pueblo entraba en la modernidad. Ya había muchas casas con televisores, y estaban el teleclub y el bar, para quienes no tuvieran todavía el aparato. Nosotros ya vivíamos en Valladolid, aunque yo me acordaba de nuestra casa de Madrid, que nunca debimos abandonar, pero los veranos de Castrodeza eran sagrados, puros, infinitos y llenos de mundos por descubrir. Aquí no había nada que temer, excepto al sol (y nos poníamos nuestros sombreros) y las avispas. Las abejas eran buenas, bastaba con pasar con cuidado por las fachadas donde había colmena, pero las avispas, que pululaban por los alrededores del río, a las puentes, picaban porque sí, y ni con barro fresco se podía calmar ese dolor.
            Y eso, que hubo un verano en que todo se llenó de tuberías y de desagües, y de arquetas y tapas de alcantarillas. Y de llaves de paso. Y de sabor a cloro, porque el agua corriente ya no iba a saber en adelante a pozo, a fuente, a barro santo de botijo, a manantial.


Eduardo Fraile