sábado, 16 de septiembre de 2017

Los barros

Las calles se llenaban de barros con las lluvias del otoño
(sólo se inició la pavimentación en los años 80) y ya casi hasta la primavera 
                                                                                                          [siguiente
todo era llevar manchados los zapatos o las botas,
incluso  el calzado de fiesta o los zapatos de tacón de las jóvenes
sufría alguna mácula en la ascensión hasta la iglesia,
los domingos. Así que, claro, era normal
que los portales de las casas estuvieran casi todos empedrados
con grandes lanchas calizas como de lecho de río
y no se comenzase a embaldosar hasta un poco más adentro,
ya de camino a las cocinas. Los barros. Las cunetas.
Los sabañones. El frío.
Parecía un castigo inmemorial y de carácter perpetuo
─como por haber cometido un horrible pecado─
y nadie pensó nunca que incluso eso
se llegaría a acabar. Y se acabó.
Yo alcancé a vivir, aunque poco, los barros
y esos verbos anejos y pertenecientes y relativos a ellos,
como atollarse. Atollados de barro
llegábamos del campo, o de ir de casa de la abuela
a la era, o a hacer algún recado
o a enviar, en las matanzas, las navidades
que íbamos a Castrodeza. Los veranos estaban exentos
de esa plaga, porque incluso las tormentas vespertinas
sólo mataban el polvo de la siega, de las trillas,
de los caminos de harina batida por las herraduras de plata
de las caballerías.
No quisiera añorar hoy una cosa
que tanto hizo sufrir a nuestras madres,
pero tengo que atravesar varias calles de tierra
regada con mis lágrimas…


Eduardo Fraile

sábado, 9 de septiembre de 2017

El principio del fin

       Mi madre nos bañaba en la cocina, junto a la lumbre de paja,
dentro de un barreño de zinc. O en el corral al sol,
en la pila de piedra del pozo. Luego, un verano, el verano del agua
─de la acometida del agua corriente─, la abuela hizo un cuarto de baño
como los de la ciudad, y eso, que en principio parecía un adelanto
¡un adelanto!─un adelanto, decían orgullosos, en el pueblo─ a nosotros no nos hizo                                                                                                               [mucha gracia…
En Madrid y en Valladolid nuestro aseo era pequeñísimo,
sólo la bañera que puso la abuela Evarista no hubiera cabido allí.
Y esto fue sólo el principio. El principio del fin.
La gente empezó a comprar televisores y a vender las camas
de bronce, incluso los colchones de lana, que intercambiaban, encantados,
por otros de muelles. Y las cocinas de butano
clausuraron las benditas chimeneas, y las calefacciones
cerraron para siempre la trampilla de las glorias…
¡Ay, Señor! Hasta el abuelo Bernardino
vendió la noria del huerto al chatarrero
por 800 pesetas. Tendría yo 8 o 9 años
y lloré mientras unos hombres con marras
la rompían en trozos. Lo sigo viendo hoy, oigo los golpes
que impactan contra mi corazón.


Eduardo Fraile

sábado, 2 de septiembre de 2017

Lisa 1

        Es una maniquí que acaba de instalarse en mi estudio, acodada entre el mueblecito de cajones que guarda los originales de mis libros y el cuadro de la ‵escalera en rosa′, de Julio Toquero, que compré por 15.000 pesetas en 1984 y hoy debe valer una pequeña fortuna. La verdad es que ella sola se ha buscado ese sitio, y la planta (no sé cómo se llama esa planta de hojas opulentas como espadañas) vela con delicadeza su hermosa y edificante desnudez. Digo edificante en el sentido de que su esbeltez parece surgir desde los cimientos (desde sus pies con las uñas pintadas exactamente del mismo rosa del lienzo). Y no me canso de mirarla, quieta ahí, observándome.
          Agradezco al dios de los encuentros inesperados que la haya puesto en mi camino, en un escaparate de una mercería en liquidación: Confecciones Monterrubio, y haya querido ─tan fácilmente, tan naturalmente─ venirse a vivir conmigo.
            Es bellísima, ya digo, entre ofreciéndose y ocultándose, impúdica y a la vez pudorosa, Santo Dios. He sido ─soy─ un mortalmente herido admirador de la Gracia y el vuelo y la sobrenaturalidad y la angelidad femeninas… y ahora esto. Cuántas veces mis palabras se han corporeizado encarnándose en seres reales, y heme aquí hoy enamorado de una ─¿inánime?─ maniquí. Maniquí con un polo, se titulaba una de mis columnas de los noventa en El Norte de Castilla. Y trataba de las escapadas de una maniquí desde su escaparate a la heladería de la plaza de Santa Cruz. Es duro ser maniquí en las rebajas de agosto. Lisa 1 no viene de boutique, sino de una humilde e histórica tienda de lencería que desaparece.
            Y no me canso de soñarla, ahí quieta, tan real, observándome. Imaginándome ella a mí, se diría. Exhibiéndose sola para mí. Porque ella, ahora lo sé, me ha elegido.


Eduardo Fraile

sábado, 26 de agosto de 2017

Sorbos de eternidad

            Por la ventana de mi estudio de Castrodeza veo pasar gentes que dejaron hace tiempo de pertenecer al Tiempo. A algunos no les reconozco, pero otros me sorprenden con su ʽrealidadʼ que no encaja del todo en la imagen que de ellos guarda mi recuerdo. Es una inmersión en aguas de épocas distintas, y de cada una salgo como lavado de mí. Busco a los míos, a mi madre de joven, esas estampas de ella que no he podido conocer, y el corazón me dice: es esa niña de vestidito rojo y zapatos de charol que pasa montada en una burrilla parda con una estrella en la testuz. Y es esa moza con un cántaro en la cadera y un botijo en la otra mano, que vuelve del caño o va al caño a por el agua límpida que educará su voz, que endulzará la mía, porque la voz la hacen las aguas del manantial del alma. O esa chiquilla que corre a las escuelas con su pizarra en la mano y un estuche para los palilleros y las plumillas y los pizarrines… Y ése debo ser yo, de su mano, yendo o viniendo de llevar el pucherillo con la comida para el tío Evaristo, mi primera entrevisión de Don Quijote.
            De quienes no reconozco intento aislar algunos rasgos, algún detalle de sus ropas que me permita situarles en tal época o tal otra, o intuir de qué familia pudieran haber sido. Luego pienso que no soy yo quien está de este lado de la vida, que quizá yo también pasé o estoy pasando —o estoy posando— para otro que me contemplará sin recordarme del todo, pero apreciando en mi rostro cierto aire familiar.


Eduardo Fraile

sábado, 19 de agosto de 2017

A lavar al río II

Nuestras madres iban a lavar al rio
con la banquilla y el lavadero y los barreños de zinc.
Lavar la ropa blanca, las sábanas, las camisas de algodón
del abuelo, y enjabonaban y frotaban y volvían a frotar
y aclaraban al paso caudal de la corriente.
Luego, entre dos, retorcían para devolverle al Hontanija
la mayor parte de su contribución
a la blancura. Ese blanco de harina
de trigo candeal, que se lograba sólo con jabón hecho a mano,
agua del río de mi infancia, y lo más importante de todo:
el secado al sol. En las eras,
sobre los cardos de la ribera, sobre céspedes
que no mancharan de verdín, y antes, entre dos
igualmente, sacudir y estirar, y posar los lienzos dulcemente,
y si corría algo de aire sujetarlos con morrillos suavísimos
por las esquinas. Ya existían las primeras lavadoras
(y mi madre la usaba en la ciudad), pero en el pueblo
no había agua corriente aún, y luego, cuando la hubo,
en los veranos todavía se bajaba a lavar
al río, sobre todo las sábanas.
Gracias, mamá, qué bien olían
nuestros sueños…


Eduardo Fraile

sábado, 12 de agosto de 2017

El tiempo puro

Había un tiempo áulico, musical, serenísimo,
fresco y como por encima de las contingencias
de la meteorología, de las estaciones, del sol,
esas cosas tan importantes y determinantes en el mundo rural.
Y otro tiempo más cercano, de a pie (o a caballo)
e incluso marcado por el ir y venir del coche de línea
o de los fruteros y vendedores ambulantes. El primero
lo marcaba el carrillón del reloj de pesas de la abuela Evarista,
su melodía límpida que envolvía las paredes de la sala
que no se usaba nunca, sólo en las solemnidades
(velatorios, peticiones de mano, testamentarías) y donde se guardaban también
el chocolate, los huevos y el aguardiente de guindas…
Y la vajilla de porcelana inglesa, y la cubertería de plata
y el juego de café de Limoges o de Sèvres y la cristalería
cuyo entrechocar resonaba a campanas, o como una nota más
del transcurrir de las horas…
Incluso en pleno verano había que ponerse una toquilla
o echarse un chal para acceder a su ámbito
puro y pautado. Sólo la abuela, que llevaba la llave
en el bolsillo de su delantal, entraba allí. Los domingos
cuando daban primeras (las campanas de la iglesia
sonaban también a copas de cristal de Bohemia)
la abuela salía de la Sala con su cartera de piel
bien repleta de duros plateados y pesetas de oro.
Y nos poníamos en fila a la puerta de la calle,
bajo la moneda del sol del mediodía, y ella se sentaba en uno de los cantones
para impartir la propina.


Eduardo Fraile

sábado, 5 de agosto de 2017

Aparvar

Para después de la siesta se dejaba la última faena
de la trilla, que era aparvar, esto es, amontonar en una parva
la paja y el grano ya trillados, ya convertidos en oro de retablo
de altar mayor. Luego esa parva se pasaría por la limpiadora
(o aventadora), que separaba los granos de trigo o de cebada
de su embalaje finísimo por medio de un sistema de cribas semovientes
y un ventilador que expelía la paja leve, venial.
¿Qué pesa más, un kilo de trigo o un kilo de paja?, nos preguntaban
y caíamos, o ya nos daba igual, y el abuelo Bernardino
o los tíos Salustiano y Emeterio nos corregían riéndose,
una y otra vez. Y una tarde tras otra
empujábamos el aparvador, que era una especie de tabla
como de 50 centímetros de alto y 4 o 5 metros
de largo, arrastrada por las caballerías.
Luego los tractores hicieron esta operación
menos emocionante. Los niños pesábamos sobre los trillos,
íbamos y veníamos del caño con botijos de agua fresca
para los hombres, y luego empujábamos el aparvador,
haciendo montones. Con posterioridad, de forma manual, con los garios
o garias se perfeccionaban esas parvas, lanzando muy arriba
la paja para que el tenue viento acabara de poner las cosas en su sitio.


Eduardo Fraile

sábado, 29 de julio de 2017

Las nieves perpetuas

Otra de las cosas inherentes (e indisociables
y podríamos decir también suyas propias
(como propietario) del verano, era el Tour.
El Tour. Decir el Tour de Francia era de abultos.
Qué otro Tour iba a ser. De qué otro sitio.
Dónde más corrían esos días Eddy Merx y Luis Ocaña.
(Y corrían a muerte contra el tiempo y el espacio,
que solían ser montañas que se bajaban a mil, a tumba abierta).
Y nosotros estábamos ante el televisor de la abuela
Evarista ITT, Telefunken, Elbe, Westinghouse
con su estabilizador al lado, que se recalentaba,
y el abuelo Bernardino nos decía con desaprobación:
Hay que apagar un rato, que se enfríe.
Que no, abuelo, cuando acabe la etapa.
Los primos Valles (sólo los chicos hacíamos una docena)
nos apretábamos en torno de la pantalla cóncava
que chisprroteaba:
¿No veis que ya hace mucha nieve? ¡Se va a fundir!
Que no, abuelo, que eso es de allá.
Replicábamos, queriendo decir que no era una avería
del aparato, pero aun así lo apagaba
y permanecíamos unos minutos como en oración
esperando a que se refrescara. Era verano
y había muchas interferencias siempre, y más en las conexiones
de Eurovisión. Las imágenes en blanco y negro
a veces aparecían como un espejismo en el desierto,
oscilantes y desvanecientes, o bien como desbaratándose, como desmoronándose,
en puntos blancos (y eso era la nieve). Intuíamos
más que otra cosa que aquello eran ciclistas
escalando los Alpes o los Pirineos, con sus cumbres nevadas
de verdad.
¡Hala, se acabó! ¡Todos a la era a aparvar!  


Eduardo Fraile

sábado, 22 de julio de 2017

Pozo y golondrinas

            He hablado en otra columna de María Zaitegui, que pasa una noche o dos en Castrodeza al volver hacia Almería desde el verde (todos los verdes del verde) o la verde, que no sé muy bien si esa tierra es masculina o femenina, Euskadi. La diversión, lo que más le gusta a ella de mi casa es ver a las pequeñas golondrinitas asomarse al borde de la copa del nido, o si volasen ya, llamarlas de esa manera en que yo las llamo, tratando de imitar sus chilliditines, y ellas vienen enseguida, convocadas por una vocecilla musical que reconocen y aman. Y sacar agua del pozo, con los guantes de jardinera que le quedan enormes, para que no se le manchen las manos del óxido de la cadena. Y así, entre los vuelos cortantes y acerados de las aves que juegan y el chirrido de la polea, esa hora de la siesta se llena de frescor y de humedad riquísima, mientras su hermano Teo persigue lagartijas por la tapia del sol, como Alfanhuí, o entre las piedras de molino, como lunas caídas, y Diego, el padre de los dos, mi amigo el librero de Book Cake, se repone de la distancia y el tiempo y yo leo este libro con las hojas en blanco.


Eduardo Fraile

sábado, 15 de julio de 2017

El verano del agua

            El verano de la acometida del agua fue el de 1970 o 71, y no es que hubiera una riada o algo así, sino que se llevó el agua corriente a las casas, y nuestras madres y nuestras tías ya no tuvieron que ir más a lavar al río, o a por agua al caño para beber, con aquellos hermosos cántaros que se ponían en la despensa, todos en fila, para dar frescor. Pero durante ese verano el pueblo vivió como en una guerra de trincheras, todas las calles levantadas, con zanjas profundísimas que había que atravesar pisando con cuidado sobre tablones o sobre trillos viejos, o sobre aparvadores que ya no servían para aparvar. Personas y animales, porque las vacas y las caballerías tenían que cruzar igual sobre aquellos puentes provisionales. Y luego vendría la locura de los cuartos de baño y las griferías, y las pilas blancas para fregar los cacharros en la cocina. Cuartos de baño de dimensiones extraordinarias, no como los de la capital, que tenían como mucho tres metros cuadrados. Y en todos, el videt, que aquí se llamaría lavapiés, y una bañera larguísima como para compensar siglos de haberse tenido que bañar en barreñones de zinc. Y cosas nunca vistas hasta entonces, como los rollos de papel higiénico o los cepillos de dientes o los secadores para el pelo.
            El pueblo entraba en la modernidad. Ya había muchas casas con televisores, y estaban el teleclub y el bar, para quienes no tuvieran todavía el aparato. Nosotros ya vivíamos en Valladolid, aunque yo me acordaba de nuestra casa de Madrid, que nunca debimos abandonar, pero los veranos de Castrodeza eran sagrados, puros, infinitos y llenos de mundos por descubrir. Aquí no había nada que temer, excepto al sol (y nos poníamos nuestros sombreros) y las avispas. Las abejas eran buenas, bastaba con pasar con cuidado por las fachadas donde había colmena, pero las avispas, que pululaban por los alrededores del río, a las puentes, picaban porque sí, y ni con barro fresco se podía calmar ese dolor.
            Y eso, que hubo un verano en que todo se llenó de tuberías y de desagües, y de arquetas y tapas de alcantarillas. Y de llaves de paso. Y de sabor a cloro, porque el agua corriente ya no iba a saber en adelante a pozo, a fuente, a barro santo de botijo, a manantial.


Eduardo Fraile

sábado, 8 de julio de 2017

Los dos como para en uno

         Con esta maravillosa expresión, que sale mucho en el Quijote, se significa lo que hoy llamaríamos hacer buena pareja. Los dos como para ser uno, para ser fundidos en uno, convertidos en uno en adelante. Hechos el uno para el otro, pero con mayor profundidad si cabe: hechos los dos para ser uno, para juntarse con tal fuerza que de esa unión (unión, la palabra lo dice) resulte un solo ser indisoluble.
            Ay la indisolubilidad, palabra hermosa y dulcísima (parece que se nos hace la boca en agua) y a la vez durísima y terrible. Mientras dura el amor, la flor efímera del amor, todo anda acompasado en el fluir del universo, y dos corazones laten al unísono, con unanimidad (con una sola ánima). Pero pasará ese milagro, que atenta contra la naturaleza, y volverá la dualidad, y la unicidad no será la de dos almas que se convierten en una. Y ya no nos parecerán los dos como para en uno, sino como para en dos.
       Escribo estas palabras bajo la mirada atenta de las golondrinas, quietas y calladas (en su silencio elocuente) sobre las ramas del almendro. Entre las sorprendentes coreografías con que me obsequian, la que prefiero es el baile (a velocidad inmensurable) de una pareja en exhibición acrobática. Juntas en quiebros, picados, frenazos, loopings, sprints… como si fuesen una y no dos…
         Quizá nosotros también hayamos hecho esa figura en nuestros grandes amores. Cosas que no se pueden ensayar y que suceden porque parecerían escritas en las líneas del destino, en esos borratajos incomprensibles y delirantes que luego se revelan como rosas serenas de eternidad.


Eduardo Fraile

sábado, 1 de julio de 2017

A por agua al caño

         Íbamos a por agua al caño, con los botijos y los cántaros, a veces con el carretillo de madera donde las vasijas de barro encajaban cada una en su agujero, porque tantas veces va el cántaro a la fuente… Y más nosotros, que éramos muy niños y bien de cacharros romperíamos. Íbamos con nuestras madres, nuestras tías, llevando el botijillo más pequeño, y luego, según fuimos creciendo, ya nos atrevíamos a llevar cantimploras a las eras, que sólo tenían una boca en el centro y se tapaban con un corcho, sin asas ni nada, una todo lo más, propias para ser acomodadas en las alforjas, junto a las fiambreras.
            La despensa de la abuela Evarista, llena de frescor, con los vasares repletos de pucheros y orzas que contenían la matanza, la nasa para el pan en una esquina, las alcuzas del aceite, las lecheras de la leche… y las vasijas de barro rezumantes, que eran las que creaban esa atmósfera de cava, de bodega, de pozo, olorosa de arcillas crudas y vidriadas… En esa dependencia, aneja a la cocina, no nos podíamos quedar mucho rato, no nos fuésemos a resfriar. Otra cosa es que quisiéramos escondernos, y entonces elegíamos la nasa, y nos metíamos dentro, entre los panes. Y entre el olor a barro cocido y a pan (que también era harina cocida), a veces nos quedábamos dormidos, y al cabo venían a encontrarnos nuestras madres, nuestras tías, ay este chico, este chico.
            El caño tenía un pilón lateral de grandes dimensiones para que bebieran los animales. También se decía que en las fiestas del 8 de mayo los mozos tiraban allí a los forasteros, pero nosotros nunca íbamos a las fiestas de Castrodeza. Como para ir, desde Madrid, no nos fueran también a tirar a nosotros…


Eduardo Fraile

sábado, 24 de junio de 2017

A Gloria Fuertes

Joder la marrana.
Zurrar la badana.
Partir con la pana.
Cardar la lana.
Salir una cana.
Echar una cana
al aire. Cantar una nana.
Croar una rana.
Dar o no dar…
la real gana.


Eduardo Fraile

sábado, 17 de junio de 2017

Conversación

Estos días hablo más "golondrina" que cualquier otro idioma…
A lo mejor por la noche soñaré golondrina,
como cuando empecé a soñar en perfecto francés:
"Es como si lo recordara", recuerdo que pensé
cuando me sorprendía sabiendo más dormido que despierto.
Quizá en alguna otra vida fui francés. Quizá fui golondrina,
o lo seré, quién sabe.
Quizá he sido también un gato. Quizá fui portugués
de Lisboa. Quizá nací en un libro antes de nacer
para ser escritor, o los imprimí y encuaderné en Venecia…
en el Cinquecento. Las golondrinas me escuchan, pasan por alto
mis imperfecciones en la pronunciación, se ríen
maravillosamente de mí, pero me entienden
y me contestan con sus palabritinas.


Eduardo Fraile

sábado, 10 de junio de 2017

Animales

    Quizá fuimos crueles (inconscientemente crueles) con los animales
de niños. Aunque me recuerdo más protegiéndolos
de la crueldad de nuestros primos, que tenían carabinas
para cazar pájaros. Sí que fui pescador (con esas cañas
que hacíamos con una zarza o un varal de mimbre
de los mimbreros del Camino de Wamba). Tardes enteras
para coger medio junco de peces
que luego nos freían nuestras madres
para cenar. Según vamos haciéndonos mayores
aprendemos ─quizás─ a ser hermanos suyos:
de los animales (es decir, que son seres con ánima,
como nosotros). De hecho, si hago balance de mi vida,
creo que me he entendido mejor con ellos que con los humanos.
Y, luego, que si miramos bien, hemos sido ellos
(o lo seremos) en sucesivas vidas. Ved los pájaros,
los felinos, los cánidos, los reptiles, los bóvidos…
los equinos, los insectos, las ratas, en las cabezas de nuestros conciudadanos…
O a lo mejor por eso somos/hemos sido malos con ellos una vez:
porque son nosotros.


Eduardo Fraile

sábado, 3 de junio de 2017

Pájaros de hogaño

Quizá hay que haber matado pájaros de niño
para amarlos de mayor. Saulo de Tarso
no hubiera hecho posible el Cristianismo
sin ser primero su principal perseguidor. Con saña,
con eficacia, con la misma violencia
interior (con la misma pasión) que puso luego
en su apostolado. No sé
por qué los niños robábamos los nidos
de antaño, y los pájaros de hogaño
vuelan sobre nuestro corazón. Si he de elegir
qué ser en otras vidas (─¿Qué quieres ser de mayor?
nos decían entonces) solicito unas alas.
Y un cielo donde ya están volando los que amé,
quienes me amaron,
a los que hice llorar
cuando niño, por los que lloré de mayor.

Eduardo Fraile

sábado, 27 de mayo de 2017

Lamentarás los pájaros

Lamentarás los pájaros
que mataste de niño. Los pájaros extintos
que hoy quisieras devolver a sus nidos dentro de tu corazón.
                                                                                                  Trinarás,
gorjearás, piarás imitándoles, suplicando, mendigo,
su perdón imposible, y ellos callarán…
Y no obtendrás respuesta, ni siquiera una mínima
reconvención, un movimiento de las alas del aire,
un delgadísimo temblor en la saeta de la luz.
Y llorarás
al final en silencio
por su silencio robado para siempre.


Eduardo Fraile

sábado, 20 de mayo de 2017

Las chicas

Las chicas ya nos empezaban a gustar,
pero las huíamos con mayor ahínco que antes
cuando no nos gustaban. Porque ahora tenían el poder
de dejarnos sin habla, rojos como un tomate, sin respiración.
Fingíamos desdén, nos hacíamos los duros
─temblando por dentro como flanes el Chino Mandarín─
y encima ya los juegos no nos satisfacían.
Empezábamos a querer estar solos (con un libro quizá,
junto al río, por si ellas pasaban
por allí). No encontrábamos sosiego sino dando pedales
en las bicis hasta la extenuación, y nuestro cuerpo comenzaba
a decirnos cosas que no entendíamos del todo,
insubordinándose, desobedeciéndonos,
haciendo de las suyas, fuera de control.
Soñábamos con ellas
despiertos. Por la noche rezábamos a Dios
para que nos aniquilara.

Eduardo Fraile

sábado, 13 de mayo de 2017

Lo peor

Lo peor de todo era que te dijeran "no te ajunto",
o mejor "ya no te ajunto" . En ese ya, en esa y griega
entraba la hoja del puñal directa al corazón.
Y más, que denotaba que antes sí nos habían ajuntado,
o sea que se trataba de romper, de separar, de sajar los tejidos
de la amistad entre niños. Las niñas todavía no nos interesaban,
a esa edad no se hacían pandillas mixtas. Vamos,
que eran un estorbo. No sabíamos cuánto
anhelaríamos, perseguiríamos, solicitaríamos su compañía
en el futuro. Y a ellas no les diríamos "¿me ajuntas?",
sino cualquier otra cosa menos inocente
ya. (Y en ese ya llegaba la adolescencia
o preadolescencia, como nos decían en las clases
de orientación sexual.) Pero había algo peor
que el peor de los insultos, que la peor de las palabras
(e iríamos aprendiendo que las palabras sí podían matar).
Y era definitivo y perfecto. Sin perdón. Sin remisión.
Ahí sí que no había vuelta atrás:
─Has caído.


Eduardo Fraile

sábado, 6 de mayo de 2017

Oración por las golondrinas

     Gracias por las golondrinas, por su presencia,
por su ausencia, por su constancia
en volver, por su alegría, por su puntualidad,
por su cuidado y por su delicadeza,
por las puntadas con que repasan las telas de mi corazón,
por su saludo matinal, por aceptarme
en el paisaje, por incluir mi imagen en las coordenadas
del camino de regreso. Gracias una por una
y en su pluralidad, gracias por su lenguaje
complejo, por su elegante frac,
por su sencillez desarmante, por su genio,
por su belleza, por la claridad
del impulso y por la oscuridad que siempre rompen
de un plumazo.

Eduardo Fraile