sábado, 20 de mayo de 2017

Las chicas

Las chicas ya nos empezaban a gustar,
pero las huíamos con mayor ahínco que antes
cuando no nos gustaban. Porque ahora tenían el poder
de dejarnos sin habla, rojos como un tomate, sin respiración.
Fingíamos desdén, nos hacíamos los duros
─temblando por dentro como flanes el Chino Mandarín─
y encima ya los juegos no nos satisfacían.
Empezábamos a querer estar solos (con un libro quizá,
junto al río, por si ellas pasaban
por allí). No encontrábamos sosiego sino dando pedales
en las bicis hasta la extenuación, y nuestro cuerpo comenzaba
a decirnos cosas que no entendíamos del todo,
insubordinándose, desobedeciéndonos,
haciendo de las suyas, fuera de control.
Soñábamos con ellas
despiertos. Por la noche rezábamos a Dios
para que nos aniquilara.

Eduardo Fraile

sábado, 13 de mayo de 2017

Lo peor

Lo peor de todo era que te dijeran "no te ajunto",
o mejor "ya no te ajunto" . En ese ya, en esa y griega
entraba la hoja del puñal directa al corazón.
Y más, que denotaba que antes sí nos habían ajuntado,
o sea que se trataba de romper, de separar, de sajar los tejidos
de la amistad entre niños. Las niñas todavía no nos interesaban,
a esa edad no se hacían pandillas mixtas. Vamos,
que eran un estorbo. No sabíamos cuánto
anhelaríamos, perseguiríamos, solicitaríamos su compañía
en el futuro. Y a ellas no les diríamos "¿me ajuntas?",
sino cualquier otra cosa menos inocente
ya. (Y en ese ya llegaba la adolescencia
o preadolescencia, como nos decían en las clases
de orientación sexual.) Pero había algo peor
que el peor de los insultos, que la peor de las palabras
(e iríamos aprendiendo que las palabras sí podían matar).
Y era definitivo y perfecto. Sin perdón. Sin remisión.
Ahí sí que no había vuelta atrás:
─Has caído.


Eduardo Fraile

sábado, 6 de mayo de 2017

Oración por las golondrinas

     Gracias por las golondrinas, por su presencia,
por su ausencia, por su constancia
en volver, por su alegría, por su puntualidad,
por su cuidado y por su delicadeza,
por las puntadas con que repasan las telas de mi corazón,
por su saludo matinal, por aceptarme
en el paisaje, por incluir mi imagen en las coordenadas
del camino de regreso. Gracias una por una
y en su pluralidad, gracias por su lenguaje
complejo, por su elegante frac,
por su sencillez desarmante, por su genio,
por su belleza, por la claridad
del impulso y por la oscuridad que siempre rompen
de un plumazo.

Eduardo Fraile

sábado, 29 de abril de 2017

Y así es como te recordaría...


        … entre Sophie Marçeau y Charlotte Gainsbourg, tu delgadez (y tu delicadeza), tus alas plegadas bajo los omóplatos, o las escápulas, y tu mirada que abría la puerta de lo maravilloso, esa leve elevación de la pupila derecha que hacía de tu sola mirada el más potente y perturbador afrodisíaco.
               ─Tú no me quieres, sólo me utilizas como un objeto sexual.
        Y lo decías como asustada de los efectos que provocabas en mí (que provocabas en nosotros), y lo decías entre risas, entre chapoteos de charcos de paraíso que unos niños pisoteaban con katiuskas. Y lo decías otras veces tan seria, como reconcentrada, como intentando recordar y arribar a las riberas de una existencia anterior…
            Un día habría de llegar en que yo no pudiera recordarte en tus fotos (quizá más adelante sí pudiera volver a mirarlas, a mirarte a los ojos ─a ese ojo que soñaba conmigo─ de nuevo), y te recobraba quizá en alguna película de esas actrices que se te parecían, que iban pareciéndosete más y más hasta casi borrar tu rostro de mi corazón.
            Hasta esta tarde, en un autobús, en que he vuelto a sentir sobre mí ese poder (esa pupila que se eleva levísima, levitando un milímetro más alta, más lejana, como recordando qué, como queriendo reconocer esa otra atención excesiva ─la mía─ que te va desnudando de ti, de la que eras entonces, de quien eras cuando aún no eras tú…), y he sabido con total seguridad que tuviste una hija, que más o menos sumará la misma edad de este siglo, y …


Eduardo Fraile

martes, 25 de abril de 2017

La Anunciación (prólogo de Óscar Esquivias a «Me asomo a la ventana y pasa un ángel»)

          Con qué cuidado, casi con qué temor, abríamos de niños la puerta de la habitación (de la alcoba, decíamos entonces) y, si éramos los primeros en despertarnos, bajábamos a la cocina o a la gloria, en aquellas casas grandes de pueblo, durante el verano. Qué sensación clandestina cuando caminábamos con pasitos de gato (quizá de pájaro, más bien de ángel) por aquellos caserones donde todo hacía ruido, chirriaba y tenía eco, mientras los adultos dormían tras las puertas enormes, severas e infranqueables.
            En la gloria, un reloj colgaba de la pared y contaba sonoro los segundos como quien chasca la lengua. Un calendario de taco del Sagrado Corazón anunciaba el santo del día y la fase de la luna. A mí me gustaba mucho arrancar la hojita, como si yo fuera el heraldo (mudo) del nuevo día, como si sólo con aquel gesto amaneciera de verdad. Sobre la mesa, un ejemplar atrasado del diario que se editaba en la capital de la provincia (el periódico en el que, algún día del futuro, alguien pondrá a la venta una máquina de escribir Royal, una máquina poética que luego sólo sabrá escribir versos –y quizá algún artículo de periódico que también será pura poesía–).
            Luego, hasta que todos despertaban, el niño se arrebujaba en una manta y entretenía el tiempo con un libro (¿qué otra cosa mejor podría hacer?), una de esas novelas que había llevado desde la ciudad, prestada por una biblioteca pública, porque en la casa del pueblo no había libros.
            Quizá aquella novela era El camino de Miguel Delibes. O quizá el Quijote.
            Muchos niños de ciudad hemos pasado los veranos en el campo, como pequeños frayluises, y tenemos recuerdos similares: el mismo sol nos acariciaba a todos, nos emocionaban los mismos los libros, jugábamos exactamente en la misma calle (aunque estuviéramos en provincias diferentes), nos bañábamos filosóficamente en el mismo río y yo diría que nos enamorábamos de la misma persona (no importa su nombre ni su sexo).
            Pero sólo uno será el dueño de esa máquina de escribir Royal. Todavía no sospecha que será poeta. O quizá sí. Ese niño estaba lleno de amor y quizá intuía que tendría que contar (que contarnos) todo lo que veía y sentía. Por eso caminaba con los ojos y los oídos muy abiertos. Para que nada se perdiera en el desagüe del tiempo.
            Podemos dar a ese niño el nombre de Eduardo Fraile.
            Eduardo Fraile es un hijo castellano de Proust, tan sensible, tan sensitivo, tan amante de la belleza como él, con el mismo afán de salvar el tiempo vivido (que no perdido) y de compartirlo con sus lectores. «Mirad todo lo maravilloso de la vida», parece decirnos. «Estaba ahí, delante de nosotros, y no sabíamos verlo».
            Eduardo Fraile ha llamado a su pueblo Castrodeza; a su ciudad natal, Madrid; y a la otra ciudad donde se crió y completó su infancia, Valladolid (y allí sigue, como un niño grande). Son lugares que aparecen en los mapas. Cualquiera puede visitarlos; son sitios reales, podríamos decir. Sin embargo, su verdadera existencia, la más honda y conmovedora, está en los versos y las líneas donde Eduardo Fraile los menciona: pertenecen al territorio de la literatura, esto es, al de la memoria, la fantasía y la belleza.
            Castrodeza, por ejemplo, es uno de los nombres del Paraíso, la capital de un país feliz que se llama Verano (con mayúscula, como España). Este Verano, durante la infancia, es una nación ubérrima y casi ilimitada, tan extensa como aquel reino de los siete mensajeros que cuenta Buzzati y cuya soberana debería ser la dulce infanta Margarita. Tal reino tiene una frontera de quitadesayunos («quitameriendas», llamamos a esas flores en Burgos) y en él crece un cerezo con las iniciales del primer amor (que es el verdadero Árbol del Conocimiento). Hay también un ángel con una espada de fuego que guarda el Edén. Pero esa tea, lejos de asustarnos o de expulsarnos de allí, nos ilumina el camino de vuelta a aquellos veranos infinitos. En Castrodeza, gracias a la memoria de Eduardo Fraile, vemos a esas personas que traspasaron las puertas de la vida pero que se resisten a dejarnos. Allí están, otra vez afanados en sus cosas, Luisito, el cartero, que lleva la correspondencia a cada casa aunque esté mal escrita la dirección en el sobre, y el abuelo Bernardino («ay, qué jodíos niños», se queja ante el alboroto infantil), y la hija de Ramón, el taxista; el alguacil Severo (a quien hirió un rayo); la abuela Evarista (que reparte la propina a una fila de diecisiete nietos); una madre (la madre) que baja a lavar y tiende las prendas sobre los cardos con ese mimo que vemos en las Vírgenes de Rafael o Sebastiano del Piombo. Todos son como figurillas de un bellísimo belén napolitano trasplantado a Castilla. Estas personas pasaron por la vida, la iluminaron con su bondad, ahora son ángeles y siguen aquí, con nosotros. «Miradles», nos dice Eduardo Fraile. Si pegamos el oído sobre las páginas, las oiremos latir. Si atendemos, podremos escuchar un coro jubiloso de querubines siempre alegres que, como golondrinas o abejas, revolotean alrededor del niño.
            Este libro tiene tres partes. La primera («La razón») está compuesta por 48 artículos que se publicaron en el periódico homónimo, en su edición castellanoleonesa, en una sección titulada «Sobre los ángeles». Las otras dos (cuyos títulos completan la frase cervantina: «…de la sinrazón» y «…que a mi razón se hace») tienen, cada una, otros tantos textos, muchos de ellos en verso, y aparecieron en ese mar insondable al que llamamos Internet. No todo son evocaciones del pasado, ni mucho menos. Hay también comentarios de actualidad, recomendaciones de películas, novelas o exposiciones. El conjunto conforma un verdadero devocionario (esto es, un libro de devociones artísticas: un canto a la literatura, el cine o la pintura) y un autorretrato milagroso: cuando Eduardo Fraile se mira en el espejo de su vida, es muy posible que el lector contemple su propio rostro y repase las emociones más hondas de la infancia, de la dorada juventud («negli anni d'oro della mia gioventù», diría Giorgio Bassani, el hijo italiano de Proust, hermano por tanto de Eduardo Fraile) y de la madurez. El arte, la memoria, el amor y la belleza son los cuatro pilares sobre los que se alza este palacio de cristal desde el que se contempla el vuelo de los ángeles.
            A mí me parece asombroso que estos artículos se publicaran en las mismas páginas donde iban las noticias del día, junto a las ásperas columnas políticas, los anuncios, los pasatiempos o el horóscopo, todo tan fútil y efímero que convierte al periódico, al día siguiente de su publicación, en un papel viejo (apto, como se dice en este libro, para limpiar cristales, alimentar cabras o usarse de papel higiénico en la cuadra). Pero ahí, en los surcos entintados de un periódico (y luego en Internet) florecieron los textos de Eduardo Fraile, tan delicados como los quitadesayunos en el campo, bellísimos como los paneles de un retablo pintado por Fra Angelico.
            Y yo, hoy, me siento muy afortunado por ser el ángel anunciador de esta obra maravillosa, el que primero pisa su umbral, el niño que abre la puerta y se detiene aquí temeroso, agradecido, bañado por la luz dorada que desprenden las páginas que vienen a continuación.

            Son tuyas, lectora, lector.

sábado, 22 de abril de 2017

Las velas

            Pocas veces íbamos a Castrodeza por Semana Santa, pero de las veces que fuimos lo que más me gustó de los Oficios fue la vigilia del Sábado Santo. Se hacía ya cuando había anochecido, y teníamos que llevar cada uno nuestra vela de casa, una vela grande de cera blanca (de cera color cera de pueblo, de marfil curado como los chorizos, que pendían de las vigas del techo, en la cocina).
            Y a esas velas de cera de las abejas del abuelo había que ponerles nuestro nombre, rayándolo con una punta o una lezna, y luego pasando por encima un dedo de pimentón. La ceremonia del cirio pascual no sabría hoy decir muy bien en qué consistía, pero la cosa es que había que dejarlas todas juntas (para que las bendijese el cura, o algo parecido) y por eso luego, al irlas a coger, se armaba allí un respetuoso barullo, cada cual buscando su nombre, su vela, como si la propiedad privada fuera un principio que ni la religión se atrevía a poner en entredicho, con lo hermoso que hubiera sido donar cada uno su vela como ofrenda y luego recibir la que le tocara, mejor o peor (más o menos eran todas parecidas), en el reparto de la gracia divina, o de la iluminación del Espíritu Santo, o lo que fuere. Pero quizá eso era posible confundirlo con el Comunismo.
            Luego esas velas se usaban, a ver, sobre todo durante las tormentas, cuando se iba la luz. Lo digo porque sería maravilloso encontrar en alguna lata de Cola-Cao algún cabo de vela con mi nombre de niño, quizá uno de mis primeros autógrafos fuera de los cuadernos escolares, quizá mi primera dedicatoria, no sobre un libro, no sobre un árbol o sobre una pared, no en la arena de una playa, sino en una libra de cera que yo no había fabricado, pero cuya llama salía de mi corazón.


Eduardo Fraile

sábado, 15 de abril de 2017

El tintero

            Lo tengo aquí, sobre mi mesa (sobre mi tabla de navegar). Es un hermoso tintero modernista, calculo que de principios del siglo XX. Sobrio y elegantísimo, equilibradísimo y sinfónico juego de cristal, metal (dorado) y mármol negro (la base, en la que también hay un soporte para la pluma). Lo he comprado esta mañana de Domingo de Ramos, en uno de los puestos de Fuente Dorada. Entre el gentío de la procesión de la borriquilla y los paseantes de la mañana con sol. No recuerdo ningún Domingo de Ramos donde no haya hecho sol, las palmas agitándose, como movidas por el viento del entusiasmo al paso del Paso de la borriquilla. Yo, que no había estrenado nada hoy.
            Creo haber visto este tintero durante años (décadas, quizá) en el escaparate de una tienda de antigüedades, por detrás de San Andrés. Yo me fijo en los escaparates (sobre todo de las librerías y de los anticuarios). Una vez entré a preguntar por el tintero, ya con el precio en euros, o sea que sería 2002 o 2003, y costaba 135 €. La verdad es que no había visto el 1 de la pequeña etiqueta pegada sobre esa base de basalto negro…
            Aun así, lo valía (la dueña me dijo que lo había rebajado de 200 a 135). Muchos años pasando por allí, sobre todo cuando volvía a pie desde la estación de autobuses, cortando por la plaza del Caño Argales. Los objetos del escaparate iban variando (tampoco mucho, la verdad), pero el tintero permanecía. Hasta hace pocos meses, que lo dejé de ver… Supuse que al fin alguien lo habría comprado, o que los carteles de liquidación, que se habían convertido también en una antigüedad más, al fin eran verdaderos…
            Y esta mañana, un pálpito (como de palmas agitándose en mi corazón). ¿Sería el mismo? Y, efectivamente, lo era, el vendedor me confirma que sí, que se lo ha comprado a Cari, que así debe llamarse la anticuaria que acaba de cerrar su tienda, o está a punto de hacerlo… Yo no volví a entrar jamás en aquella Galería, quizá desistí a la primera porque me pareció demasiado categórica su propietaria, que 135 € era un regalo y que no lo iba a rebajar más.
            El vendedor de Fuente Dorada me dice: si te interesa el tintero te lo dejo en 50 euros. Yo se lo compré por 40 en un lote con otras cosas… Y yo, temblando de emoción, como una palma agitada por un niño al paso de la borriquilla, le digo que sí, que está muy bien, pero que me parece mucho, que me lo llevaría por 30…
            ─Bueno, dame los 40 que yo pagué por él, y esto por ser tú.
            ─Vale, pero por ser yo, 35.
            ─Joder, cómo negocian los escritores de Valladolid…
            Y me lo traigo envuelto en un convoluto de papel de periódico y plástico de burbujas, como un regalo del Destino, que siempre hace las cosas a su debido tiempo, para estrenarlo hoy.

sábado, 8 de abril de 2017

O

            Voy a casas donde estuve una vez, una noche (en un sueño, quizá), pero nadie abre la puerta, o si la abren no saben, no recuerdan a aquella por quien pregunto (a veces, sin estar seguro del todo de su nombre yo mismo). Pero la nitidez de las ráfagas de un tiempo compartido cada vez es mayor, cada vez nos alcanza más adentro ese pasado que regresa haciéndose presente de nuevo. No hace falta pasar, reconocer las estancias, la luz anaranjada del atardecer que penetra por las persianas de madera y escribe unas palabras sobre la pared, mientras descansamos del amor, extenuados. Ya está. Cerrar los ojos, irse al futuro que entonces no imaginábamos por separado, y seguir adelante, avanzando y retrocediendo, entrando y saliendo por puertas que dan a otras ciudades, a otros cuerpos, a otras vidas vividas, por vivir…


Eduardo Fraile

sábado, 1 de abril de 2017

La bienvenida

Ya están aquí, atareadas en la reconstrucción de los nidos,
idas y venidas al Hontanija por pizquitas de barro inaugural
(el mismo barro santo con el que hacían los adobes nuestros antepasados)
y delgadas hierbecillas con las que cimbran la armazón
en figura de copa. Aprendimos de su sencillez,
de su ingravidez, de su vuelo infinito,
y también de su canto incomprensible y de su desatinada
obcecación.
Cuando he salido al corral han venido enseguida,
con sus grititos de júbilo del verano anterior, dando pasadas sobre mi cabeza,
cada vez más juguetonas, cada vez más cercanas. Cierro
los ojos, extiendo lentamente los brazos
y se van posando sobre ellos. ¡Es la primera vez que lo consigo!
No pesan, noto sus patitas arañando las mangas
de la chaqueta de tweed. No tiran de mí, se van calmando, se van
acomodando… al tiempo que se acompasa el alboroto de mi corazón.
Y cuando ensayo inmiscuirme en sus dicharacheos
o responder a sus palabritinas de plata pura,
de bienvenida, de reencuentro y plenitud…
echan de nuevo a volar.


Eduardo Fraile 

sábado, 25 de marzo de 2017

Me asomo a la ventana y pasa un ángel

          Este verso, que creo que es mío, de Teoría de la luz, da título a un libro (¿mío también?) que se presenta hoy, día de la Anunciación. Ese libro recoge buena parte de los textos de este blog, que comenzó siendo una columna en un periódico. Soy de la generación del papel, así que ver estos renglones volanderos de cada sábado impresos y encuadernados a la antigua usanza, los reviste de realidad incluso para mí, que soy su autor.
          Y se presenta ese libro en una sala que lleva también mi nombre, en el Colegio La Salle de Valladolid. Agradezco infinitamente a mi colegio que no haya esperado a hacerme ese regalo cuando suelen hacerse estas cosas en España, es decir, cuando el homenajeado ya no puede estar presente, por compromisos adquiridos con la muerte con anterioridad. Así que mi manera de corresponder es usarla, espero que bien, cuando tenga un libro que presentar.
         Este libro, este blog, esta columna, tratan un poco ─todo, en realidad─ de la mirada. De mi mirada. De en qué cosas se entretiene mi curiosidad, de cuáles son mis devociones. Dice mi hermano Óscar Esquivias en el prólogo que este libro es, en cierto modo, un devocionario, en el sentido de que refleja e intenta compartir esas cosas queridas, buscadas, acariciadas, frecuentadas, recreadas, amadas, en definitiva, por mí. Las cosas en las que se fija mi atención, esa atención infinita que es uno de los nombres del amor.
         Me asomo a la ventana y pasa un ángel. No vemos lo que vemos, sino lo que somos, dice Fernando Pessoa. Y a veces no nos queda otro remedio que bajar ─que subir─ y seguir por la calle ─por el aire─ la estela de ese vuelo…
           Si estuvierais por aquí, acercaos.


Eduardo Fraile
(fotografía: Txema Ruiz de Gordejuela)

sábado, 18 de marzo de 2017

Calle Porvenir III

           Si prolongamos la calle Industrias en dirección norte, como hacia los Vadillos, la calle Porvenir nos recibe hoy sin el olor a manzanas en fermentación de la Destilería. Los portones verdes siguen ahí, en la acera de la derecha, como testigos mudos de un mundo que pasó. El alquitrán, las sardinas arenques a la puerta de las innumerables tiendas de ultramarinos, las bodegas, las sidrerías, las imprentas, con su tinta densísima y sus máquinas bien engrasadas… Todo olía fuerte, nos picaba en la nariz, y el piñero pasaba en un remolque con redes lleno de piñas, tirado por una mula torda. ¡El piñeroooooo! Y casi no hacía falta que pregonara el piñero sus piñas, porque ya perfumaban toda la calle Industrias, y abríamos las ventanas para respirar ese aire verde y lleno de salud.
          Hoy mi calle no huele a nada de provecho. Un poco a pan en las mañanas, cuando los repartidores dejan sus jaulas de barras de riche en el despacho de Rosa Mary. Ahí, en esa cola estoy yo, escribiendo un poema del libro Quién mató a Kennedy y por qué, donde se anuncia la crisis que los economistas y los políticos no vieron venir, pero un poeta sí. El poema se titula Las colas del pan, 24 de marzo de 2006. Las barras costaban 29 céntimos y mi calle parecía una estampa de la Guerra Fría o de nuestra propia posguerra: las cartillas de racionamiento y las colas del pan que vivieron nuestros padres… La gente estaba aquí para ahorrarse tres o cuatro céntimos, y venían desde barrios extremos, y bien se veía que lo hacían por necesidad. Esa cola olía a pobreza, a moho, a gente mal vestida dignamente, a jubilados que habían madrugado para venir a pie por media barra, y había varios perros en silencio, casi en oración, todos quietos y como comprendiéndolo todo.
        Pan candeal. Pan de Valladolid. Aquí venían por el pan los madrileños señoritos. Panes lechuguinos y tortas y molletas barnizadas de aceite, y fabiolas y pistolas (ellos llamaban así a las barras de pan y a las barras de riche). Digo ellos, pero ellos también soy yo, también éramos nosotros, que vinimos a vivir a esta calle tras el verano de 1968… Ay, qué lejos está la panadería del señor Pepe, en nuestro barrio de Madrid, qué lejos sus grajeas de colores y las huchas donde le guardábamos perras gordas y perras chicas y las monedas color miel de dos reales… Qué lejos San Telesforo (o qué cerca de mí, si bien se mira), el aire de Velázquez y la luz no usada nunca de Fray Luis.


Eduardo Fraile

sábado, 11 de marzo de 2017

Adivinanza

¿Dónde se esconde la reina de corazones?
¿Dónde se esconde
el pájaro que abandona el árbol de doradas vestiduras?
¿Qué licor ha libado de qué frutos,
de qué flores, de qué aguas llenas de peces de colores?
¿Ha sentido el aliento de alguna presencia peligrosa
y por eso ha buscado socorro en la invisibilidad?
¿Dónde está el pájaro del amor
esquivo con los cazadores de escopetas refulgentes?
¿Dónde le buscaré? ¿Dónde la buscaré?
¿Querrá ella ser hallada? ¿Querrá él
ser capturado por mí?


Eduardo Fraile

sábado, 4 de marzo de 2017

Regalo de cumpleaños

Este sábado es mi cumpleaños, y voy a recordar otro sábado igual de 1989 (la noche de ese sábado, más bien). Porque esa noche quería volver a ver a la chica del Farolito. La veía en otros bares también, en el Metropole de Toño y en el Café del Val sobre todo, y la última vez ya nos habíamos sonreído francamente, de tú a tú, de una esquina a otra de la barra en U del Farolito, solo que yo estaba acompañado y ella con sus amigas, pero en esa mirada estaba todo lo que no se podía decir con palabras, y desde entonces, aun sin habernos presentado todavía, pisaba yo con una extraña seguridad la tarima de la cubierta del barco… de la cáscara de nuez a la deriva, mejor dicho, que barco era mucho suponer… de mi vida.
Salí como a las 12 de la noche del hotel Olid Meliá, donde trabajaba en el restaurante, y bajé por la plaza de los Arces y Rúa Oscura hasta Macías Picavea. Entré en el Duende de José Manuel Catón (le recuerdo en la columna "Oscuridad", de hace un año o así) y me tomé una cerveza con Tomás, que trabajaba en la recepción del hotel y seguramente tenía turno de noche, o quizá no y me acompañaría un rato más hacia el Nivel o la Telaraña o el Europa-Delicias… Se nos daban bien las chicas a dúo, ligábamos lo que no está escrito, pero hoy yo tenía una misión, y casi agradecí que tuviera que trabajar.
─Si ligas, ya sabes… podéis venir al hotel…
Bajé la escalera del Paralelo, ya en la plaza de Cantarranas, tumultuosa y zozobrante también. Las chicas del Paralelo eran altas y muy elegantes. No sé cómo hacían para no arrugarse la ropa entre aquella marea de cuerpos que las deseaban. Me bebí una Coronita mientras miraba a ver si estaba allí la chica que me había robado el corazón dos o tres semanas antes, la verdad es que se la había tragado la ciudad, la gripe, los viajes, los exámenes, qué sé yo. Parecía que el habernos sonreído aquella noche, ese instante maravilloso y fundacional, la hubiera hecho desaparecer… Y volví a salir a la plaza, sorteando las olas de humanidad ─que viene de humus, tierra─ hasta el Metropole, ya con el corazón levemente acelerado, y allí (allí había que subir una escalera) tampoco estaba ella, ni sus amigas, y yo no podía preguntarle a Toño por… ¿cómo se llamaría? Su delgadez, su mirada infinita, que venía de torres de castillos o de cuadros de Modigliani, de trovadores con laúd, de Lutecia o de Leticia o de Florencia o de Helenia o de Claudia o de Lauria…
Todos esos lugares luego desaparecerían, condenados por haber visto nuestro amor, fulminados por el fuego, por la lava del Etna del olvido. Y desde allí, al Farolito. Entré sin mirar, como fingiéndome pensando en otra cosa y con esa decisión de los habituales. Roberto o Begoña, un gin-tonic de Gordon’s y pasear poco a poco la vista con los primeros sorbos y no verla, y esperarla y no verla tras cada vaivén de la puerta y saludar y besar y observar los relojes de barco en las paredes, o en las muñecas de las actrices y las cantatrices que venían de sus espectáculos. Ay, ay, ay. Ella tendría veinte o veintipocos (o veintipoquísimos). Y una pintora que le triplicaría la edad me tomaba una mano y me la besaba con clarividencia:
─Poeta, ¿dónde se esconde tu Musa?
Logré zafarme al óleo y al alcohol y a las tentaciones estupefacientes que sucedían en la escalera de caracol que bajaba al almacén y a los lavabos, y recordé vagamente que era mi cumpleaños (o lo había sido ya) y que mi regalo podía estar en el Café del Val, que era donde se iba a tomar la última antes de que cerrara y ya hubiera que ir hacia las discotecas: el Landó, el Subway, el Hippopotamus…
El Café del Val lo tenía Roberto, y ya no era el café clásico que unos años antes pusiera una elegante mujer, Charo, que luego desapareció en las islas (¿las Baleares? ¿el Peloponeso?). Roberto y su socio (cuyo nombre ahora no recuerdo) le habían dado un toque ácido y house, con neones y columnas truncadas bajando desde el techo hacia la mitad de la nada, y allí se daban cita las chicas mejor despeinadas de la movida vallisoletana (las gallegas Chelo y Marisol), y las novias oscuras y pálidas de los disc-jockeys, y las reinas de la belleza no convencional, y las maravillosas, y los ángeles que ocultaban sus alas en americanas hechas con telas de sofá, que era el caso de la chica que yo esperaba ver y tampoco estaba allí, pero no sé, parecía que mi fe fuera indestructible, otro gin-tonic, limón y derroche de elegancia en conversaciones al oído y música minimalista.
La gente ya se iba. Veo al socio de Roberto (¿Domingo? ¿Chomin, tal vez?) salir a correr la verja, dejando un metro para que fuesen saliendo los retardatarios como yo, en la luz morada de la barra con marcas redondas donde los vasos besan, y por donde algunas chicas de risa cascabeleante y cabrilleante y derrochadora de oros y pétalos de rosas multicolores querían entrar aún, entraban ya de hecho cuando yo iba a pagar, y venían en mi dirección, decididas, una entre todas con chaqueta de tapicería de sofá y una sonrisa donde tropezar y no terminar nunca de caer ya para siempre y era ella.


Eduardo Fraile

sábado, 25 de febrero de 2017

José García Nieto

            Encuentro en una de esas increíbles tiendas de segunda mano una primera edición del libro Hablando solo, de José García Nieto, Premio de Poesía Castellana "Ciudad de Barcelona" 1967, editado en Madrid el año siguiente, en la colección de la Revista de Cultura Hispánica, que dirigía el propio García Nieto. Todos estos datos que vengo anotando aquí ya nos dan un poco en qué pensar, y dejo al lector que desde la cota 2017 eche un largo vistazo 50 años atrás y juegue con la memoria, y si no la tuviere huronee en Internez. El libro en sí es una delicia, que disfruto por 1 euro, con la propina de una dedicatoria del autor para una mujer desconocida: Ángeles, lo que le va de perlas en el cuello a esta columna, el 21 de junio, entrando el verano del 68, mítico donde los haya habido desde cualquier punto de vista.
            Por ahí por los primeros 80 alcancé a conocerle en el Gijón, el año del regreso del Guernica, más o menos. Le busqué en la guía de teléfonos y salía un García Nieto J., periodista, y supuse que sería él. Le llamé desde la casa de mi tío Gregorio, que es donde me quedaba en mis escapadas a Madrid, y se puso él enseguida, y me citó esa misma mañana a la 1, para el vermut, lo dijo así, sin posibilidad de réplica, que casi ni me daba tiempo a llegar desde Infanta Mercedes.
            Me sorprendieron su accesibilidad, ya digo, y luego su naturalidad y su bondad, su interés por mis cosas, como si de verdad le interesasen… Luego en la vida he comprendido que cuanta menos grandeza hay en una persona, más importancia tiene que darse para parecer alguien. Ridículos petimetres nos ponen por delante a sus admirables secretarias (tienen que sufrirles en silencio, como a las hemorroides), y ya no les llamamos más. Es más fácil llegar a un premio Nobel que a un imbécil, las razones si bien se mira son obvias, gracias a Dios.
            No conocía yo entonces la truculenta, atrabiliaria, y al cabo dramática historia de su libro Dama de Soledad, de Juana García Noreña ─JGN─. La supe por Eduardo Haro Teclen, e inmediatamente até cabos, intenté conseguir un ejemplar de aquel premio Adonais, que alcanza cifras exorbitantes en los portales de venta digital, y al cabo adquirieron luz (esa luz maravillosa que entraba por las cristaleras del paseo de Recoletos) estancias y matices y metáforas (facetas, dirían los gemólogos) de su personalidad.
               Pero por quien más cosas he sabido siempre de este hombre que lo fue casi todo en la poesía española y hoy casi nadie recuerda, fue por Francisco Umbral (sobre todo en los retratos que hace de él en sus libros). De hecho, Umbral trabajó esos años 60 en la Revista de Cultura Hispánica: García Nieto le contrató cuando Umbral se buscaba la vida donde fuere y a como diere lugar, con unas cartas de presentación de Delibes y una Olivetti Pluma 22, volando por el cielo de Madrid en la Vespa roja de los fotógrafos de prensa, al encuentro de un reportaje en casa de Lola Flores o una entrevista con Marisol.
              Pero García Nieto era el garcilasismo, el oficialismo, y su cielo era ese estar bien instalado en el establishment literario, en el Premio Adonais y los divanes de terciopelo rojo del Gijón, y en esa afabilidad y ecuanimidad que le servían de armadura o que ocultaban su amargura interior: saber que todo eso pasaría, estaba ya pasando, y el futuro correría un tupido velo sobre él.
            Le acabaron dando el Premio Cervantes, tarde y mal, cuando estaba en una silla de ruedas y no podía enterarse de quién era ese rey que le imponía una medalla (algo así como Adolfo Suárez, al final), y qué significado tenía, de qué había servido dedicar su vida a una quimera, y haber ayudado a todos, y haber sido traicionado y abandonado por todos (incluido yo mismo, decía Umbral en la columna de aquel día), incluido yo también, aunque yo era ese joven plural (quizá todos los días tomaba el vermut con un joven poeta de provincias) al que el destino tenía reservada quizá una trayectoria distinta ─la diametralmente opuesta─, que ni yo mismo sospechaba esa mañana velazqueña que se paraba a mirarnos como con estupor, aunque posiblemente ─y de ahí su amabilidad, su delicadeza, su compasión, casi diría─ él sí.


Eduardo Fraile

sábado, 18 de febrero de 2017

20 años después

            Muchos años después volví a ver a aquella muchacha de la dedicatoria, muy alta, al principio no la reconocí de espaldas, pero era su voz, iba hablando por teléfono, y ralenticé mi paso para no adelantarla, ahora que el corazón me batía en el pecho como aquella mañana de febrero de mi primer libro. Era domingo y atravesábamos la plaza de la Universidad hacia Cardenal Cos y la torre de la Catedral. Seguía estando muy delgada, pero algo, no sé qué, trazó una raya de tiza ante una posible maniobra de abordaje, o de saludo, o de reencuentro… Me mantuve a tres o cuatro metros detrás de ella, intentando contener las ganas de llorar, las ganas de mirarle la cara que el tiempo hubiera tenido a bien (o a mal) dejar tras ese pelo alborotado que se le enredaba en el teléfono, uno de esos primeros móviles tan grandes, con antena. Así que debía ser 2001 o 2002, veinte años después de la mañana en que yo iba a su encuentro con mi primer libro en un cesto de rosas. Me ardía la cara por el viento y el rubor, ya digo, dejando que las lágrimas fueran barridas hacia las orejas, o es que empezaba a llover, y ella corrió ya como hacia Las Angustias, a la parada de taxis, frente a la cafetería Magnolia, que se seguía llamando igual, aunque ya no era un sitio elegante ni quedara memoria de un poeta novel una mañana de febrero de los primeros 80, el que iba a ser el año del Mundial, de la Movida, de la Mili, de tantas cosas que hoy ya no significan nada pero que nos tuvieron, nos contuvieron como otro cuerpo exterior a los cuerpos que se debatían entre palabras y besos y vasos de licores dorados y cafés enamorados, y pasos en las calles de ciudades que abandonaríamos, de amores que nos abandonarían dejando un rumor de alas de ángeles que echasen, de repente, a volar…


Eduardo Fraile

sábado, 11 de febrero de 2017

14 de febrero de 1982

            Por fin tenía los primeros ejemplares de mi libro, que olían a tinta y a tipografía, a papel roturado en aquellas hermosas máquinas Heidelberg que imprimían mis poemas a golpes como latidos de corazón, sístoles y diástoles, o como embates de las olas del deseo, de los cuerpos amándose, qué sé yo, el caso es que ahí estaban esas delgadas hebras de mí pero fuera de mí, y aquel objeto me parecía hermoso y delicado y a la vez poderoso y maravilloso, algo con lo que conquistar y enamorar, y seducir y rendir… ¿pero qué, o a quién?: ¿plazas y ciudades y reinos de ultramar, o quizá evanescentes, púberes y delicadas señoritas?
            La víspera había comprado un serillo de cáñamo en la calle José María Lacort, al lado de La Luna, que era mi café de cabecera, y en él metí dos ejemplares palpitantes aún, calientes como panes recién hechos, pero me encaminé hacia el centro, creo que hacia el mercado del Val, a comprar unas rosas con las que tapé o arropé aquellas criaturas indefensas, y me fui luego al Café Magnolia, que era un café recién abierto frente al Teatro Calderón, y me senté en una mesa junto a las cristaleras. Veía pasar a la gente que subía o bajaba por la calle de las Angustias, o que torcía por Echegaray, y me fui calmando poco a poco. Los camareros me miraban fingiendo no mirar. Saqué uno de los libros y me puse a escribir una dedicatoria. La primera de mi vida, quizá, pensaba, pienso ahora al intentar serenar el pulso, dando sorbos al café que sabía distinto al de La Luna, o era yo el que era otro ya hoy, elegantemente vestido, con un cesto de rosas, dejando una propina exagerada en el platillo dorado que contenía el ticket, un poema económico y exacto, concretísimo y real, y por lo que se veía más lucrativo y de provecho que los tuyos, que ibas a empezar a malbaratar esa misma mañana de sol alto y cigüeñas extrañadas, de campanas sonando en las torres de la Catedral y de la Antigua, mientras caminabas decidido hacia tu perdición, enamorado y magnífico, pisando la dudosa luz de tus ínfimas posibilidades, con un puñado de pétalos (capitulando pétalos, decías en uno de los poemas), con un puñal de palabras hundiéndosete en el pecho, santo que porta la palma del martirio, flamígero y flamante, ángel en vestidura civil, joven peatón que echa a volar con las alas de papel de su primer libro, poeta

Eduardo Fraile

sábado, 4 de febrero de 2017

Las cartas


           Hemos escrito muchas cartas (mi generación, me refiero). Y creo que con toda probabilidad, si nos respetan las lesiones, como dicen los deportistas, veremos quitar los buzones de los portales de las casas, por inútiles. Incluso las facturas ─esas cartas de amor del capitalismo─ están a punto de desaparecer. Las facturas en papel, quiero decir. Encima de sangrarnos, las compañías eléctricas nos conminan con sarcasmo a proteger el medio ambiente descargándonos la factura digital. No sé, mi idea de descargarme algo es con una carretilla, o a hombros, como los sacos de trigo cuando se trillaba en las eras.
             Ya va siendo raro que alguien nos escriba una carta personal, o una postal, o un christmas navideño. Las chicas de quienes esperaríamos una carta de amor no sabrían cómo hacer. Ni siquiera creo que sepan qué son los sellos de correos. Quien no haya escrito una carta de amor no merece, a su vez, recibirla. Decía Pessoa que todas las cartas de amor son ridículas, pero que más ridículo aún es quien no ha escrito nunca una carta de amor. Él, sin ir más lejos, cuando escribía cartas de amor a Ophélia de Queiroz, para ir a echarlas al buzón tenía que pasar por delante de la casa de su destinataria. Pero explicar este gesto magnífico sería la prueba del 9 de lo que vengo diciendo.
          Mon ami, ma main tremble avec force quand je t’écris, escribe Odette a Swann, sacudida por las primeras ondas del cataclismo amoroso que se desencadenará. Y esas fuerzas devastadoras que arrasarán nuestro corazón y quizá el universo tenían ese primer sismógrafo en el temblor de nuestra letra manuscrita sobre el papel. En París, hacia 1900, cuando Proust comienza a erigir su catedral de palabras, había 5 repartos de correo diarios, dos servicios de telegramas, los bleus, que eran como quizá los hayamos conocido nosotros, en papel azul y con las palabras pegadas en rectangulitos blancos, y los pneumatiques, que circulaban por un sistema de tuberías de aire comprimido. Más el trasiego de cartas, tarjetas de invitación y de visita entre particulares…
         Ya bien entrado el siglo XXI no voy a enumerar aquí los sistemas de comunicación supuestamente directos de que hoy disponemos. Y qué decir de su seguridad y de su privacidad. Hasta el mismísimo y flamante presidente Trump acaba de declarar con clarividencia desde la rubia azotea de su pensamiento: «Toda comunicación digital puede ser hackeada. Si ustedes quieren enviar algo a alguien con seguridad, métanlo en un sobre, péguenle un sello y échenlo en un buzón, a la antigua usanza.»


Eduardo Fraile

sábado, 28 de enero de 2017

El impacto

           Los aeromodelistas quedaban en la pradera de detrás de nuestra casa. Hoy todo eso está ya construido, pero entonces era nuestro territorio para jugar, para explorar, para perdernos entre el cielo y la tierra, entre la montaña de hierba y la montaña de arena. La montaña de arena estaba allí de manera provisional, camiones y camiones que habían volcado su carga rubia y menudísima de tiempo. Ya estaban proyectadas las nuevas urbanizaciones que extenderían Madrid por el este, y esa arena esperaba ser usada mientras nosotros la escalábamos por el costado más abrupto y nos lanzábamos desde arriba sentados en cartones o en tablas, o dentro de cajas de fruta de la frutería donde perdí/me fue robada la moneda de 25 pesetas (ver Las tres huchas)… Y la montaña de hierba era una loma natural, con algunos arbustos, allá por donde se iba levantando el sol verde de la primavera, hacia cuya estribación se encaminaban los aeromodelistas con sus aviones de madera y papel encolado, y desde ese promontorio los lanzaban con la mano, tras una carrerilla hasta el borde mismo de la plataforma pelada de la cima. Los planeadores a veces se estrellaban a pocos metros, pero otras alcanzaban a llegar casi hasta nuestra montaña de papel de lija, de raspador de caja de cerillas, de costra seca que nos haría heridas rojas por fricción.
            Y esa mañana de sábado o domingo, con el sol alto y con dientes mordiendo en el azur, uno de aquellos aviones venía justo a por mí, sin caerse, descendiendo y eligiéndome desde antes de que yo hubiera notado su presencia… Y cuando supe que había algo inevitable y magnífico en aquello, corrí, corrí hacia casa, no sé si con la inteligencia de cambiar de trayectoria… pero esto lo escribo ahora, muchos años después, ya en otro siglo, mientras caigo de bruces contra el suelo por el impacto sobre las paletillas (o las escápulas), niño alcanzado por el vuelo sin motor, ángel caído con unas alas de madera en la espalda…


Eduardo Fraile

sábado, 21 de enero de 2017

Antisalmo de los falsos poetas

Francisco Pino, in memoriam
1 Todos los días me encuentro con algún falso poeta.
   A veces, dos o tres. Hay días que se ponen cuesta arriba.

2 Los falsos poetas llevan un perro enorme sin bozal.
   No limpian sus excrementos. Les dejan mear en los troncos de los árboles.

3 Ese perro es su ego.
   Los falsos poetas le alimentan de impotencia, de envidia y de rencor.

4 Pero hay días peores. Quizá en algún café nos asalten en grupo:
   lo llaman recitales/micro abierto. ¡En guardia! ¡Huyamos mientras se acicalan 
                                                                                                                       [la voz!

5 O, en soledad, quizá se precipiten desde los acantilados de nuestra biblioteca:
   esas antologías donde escasea la grandeza y brilla el sol opaco de la ineptitud.

6 Los falsos poetas nos envían, encima, sus libros dedicados
   con pomposas palabras. Pero esas palabras sólo hablan de sí mismos.

7 Les escupo el silencio. No les tengo compasión:
   que se mueran, o quizás algo peor: ¡que triunfen!

8 Porque también hay días faustos y benditos: hoy he descubierto a un gran poeta,
   pero él ni siquiera sabe que lo es.

9 La luna está arriba.
   Debajo.


Eduardo Fraile

sábado, 14 de enero de 2017

Haiku

Las ranas croan en los puentes
del Hontanija. Oigo su bella música, extinta ahora
bajo el dominio del invierno. Las oigo entre las risas de unas niñas
pelirrojas que juegan
a capturarlas. Risas de plata pura
que se engarzan en los chapoteos
y los rayos del sol. Yo estaba allí, con mi caña, pescando
peces con lombriz. Seguro que me daría igual
que su revoloteo los espantase,
verdes suspiros que serpenteaban
hacia la presa del molino. Perlas de luz,
gotas de paraíso. Un leve escalofrío
me recorre el recuerdo
mientras ellas se alejan en sus bicicletas
hacia el futuro.


Eduardo Fraile

sábado, 7 de enero de 2017

Mi primer libro

           No sé, supongo que tras esas paredes de la calle Vega ─Gráficas Lafalpoo─ duermen en sus hermosos chibaletes los tipos con los que alguno de aquellos cajistas que trabajaron allí compuso mi primer libro. Yo corregí las galeradas temblando de emoción, preocupado por capturar esa errata recóndita que me perseguiría luego siempre, tan es así que ahora, en mis escrupulosas ediciones suelo incluir una adrede. Al menos una errata ha de quedar (y si es creativa y meliorativa, mejor). La perfección sólo es de Dios, y el tiempo nos da la clarividencia ─y la convicción─ de que esa perfección que buscamos no es sino la armonía de muchas pequeñas imperfecciones orbitando en torno a una idea de totalidad.
            Me iba a La Luna, que ahora quieren tirar, muy cerca de allí, en la plaza Cruz Verde, y me pedía un café para corregir aquellos pliegos benditos, roturados por los tipos de acero listos en sus bandejas de madera (las ‵galeras′, de ahí lo de galerada). Se les pasaba un rodillo con un poco de tinta, se extendía un pliego, como una sábana sobre el colchón, y con unos golpes de mazo se sacaba una copia tosca para ser comparada con el original.
           Qué no daría hoy por haber conservado alguna de esas primeras pruebas de Ningún otoño es amar… De hecho, ya mis siguientes libros se compusieron mecánicamente. El offset había ganado la batalla a la imprenta de Gutenberg, y muy pocos talleres imprimían en tipografía, hasta que se fueran jubilando los cajistas, hasta que aquellas viejas máquinas Heidelberg hincasen la rodilla, de la misma manera que ahora las Roland se rinden a las impresoras digitales.
           Eso. Qué bien sabían los cafés corrigiendo las pruebas de tu primer libro de poemas. Oliendo la tinta grasa y acre sobre un papel azul como el de los sobres de entonces, no se podía gastar el papel bueno en pruebas de edición. Quizá los dos espejos de La Luna que me reflejaban, uno de frente y otro de espaldas, conserven la imagen de mis veinte años enfrascado en la ocupación que me parecía la más importante del Universo: no escribir, que eso ya lo hacía durante horas en aquel mismo café, sino transformar esas palabras en algo físico y tangible, en hecho, en acción, en performance, palabra que se llevaba mucho entonces, en femenina carne de papel acariciada, en un libro.


Eduardo Fraile