sábado, 11 de febrero de 2017

14 de febrero de 1982

            Por fin tenía los primeros ejemplares de mi libro, que olían a tinta y a tipografía, a papel roturado en aquellas hermosas máquinas Heidelberg que imprimían mis poemas a golpes como latidos de corazón, sístoles y diástoles, o como embates de las olas del deseo, de los cuerpos amándose, qué sé yo, el caso es que ahí estaban esas delgadas hebras de mí pero fuera de mí, y aquel objeto me parecía hermoso y delicado y a la vez poderoso y maravilloso, algo con lo que conquistar y enamorar, y seducir y rendir… ¿pero qué, o a quién?: ¿plazas y ciudades y reinos de ultramar, o quizá evanescentes, púberes y delicadas señoritas?
            La víspera había comprado un serillo de cáñamo en la calle José María Lacort, al lado de La Luna, que era mi café de cabecera, y en él metí dos ejemplares palpitantes aún, calientes como panes recién hechos, pero me encaminé hacia el centro, creo que hacia el mercado del Val, a comprar unas rosas con las que tapé o arropé aquellas criaturas indefensas, y me fui luego al Café Magnolia, que era un café recién abierto frente al Teatro Calderón, y me senté en una mesa junto a las cristaleras. Veía pasar a la gente que subía o bajaba por la calle de las Angustias, o que torcía por Echegaray, y me fui calmando poco a poco. Los camareros me miraban fingiendo no mirar. Saqué uno de los libros y me puse a escribir una dedicatoria. La primera de mi vida, quizá, pensaba, pienso ahora al intentar serenar el pulso, dando sorbos al café que sabía distinto al de La Luna, o era yo el que era otro ya hoy, elegantemente vestido, con un cesto de rosas, dejando una propina exagerada en el platillo dorado que contenía el ticket, un poema económico y exacto, concretísimo y real, y por lo que se veía más lucrativo y de provecho que los tuyos, que ibas a empezar a malbaratar esa misma mañana de sol alto y cigüeñas extrañadas, de campanas sonando en las torres de la Catedral y de la Antigua, mientras caminabas decidido hacia tu perdición, enamorado y magnífico, pisando la dudosa luz de tus ínfimas posibilidades, con un puñado de pétalos (capitulando pétalos, decías en uno de los poemas), con un puñal de palabras hundiéndosete en el pecho, santo que porta la palma del martirio, flamígero y flamante, ángel en vestidura civil, joven peatón que echa a volar con las alas de papel de su primer libro, poeta

Eduardo Fraile

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