sábado, 20 de mayo de 2017

Las chicas

Las chicas ya nos empezaban a gustar,
pero las huíamos con mayor ahínco que antes
cuando no nos gustaban. Porque ahora tenían el poder
de dejarnos sin habla, rojos como un tomate, sin respiración.
Fingíamos desdén, nos hacíamos los duros
─temblando por dentro como flanes el Chino Mandarín─
y encima ya los juegos no nos satisfacían.
Empezábamos a querer estar solos (con un libro quizá,
junto al río, por si ellas pasaban
por allí). No encontrábamos sosiego sino dando pedales
en las bicis hasta la extenuación, y nuestro cuerpo comenzaba
a decirnos cosas que no entendíamos del todo,
insubordinándose, desobedeciéndonos,
haciendo de las suyas, fuera de control.
Soñábamos con ellas
despiertos. Por la noche rezábamos a Dios
para que nos aniquilara.

Eduardo Fraile

sábado, 13 de mayo de 2017

Lo peor

Lo peor de todo era que te dijeran "no te ajunto",
o mejor "ya no te ajunto" . En ese ya, en esa y griega
entraba la hoja del puñal directa al corazón.
Y más, que denotaba que antes sí nos habían ajuntado,
o sea que se trataba de romper, de separar, de sajar los tejidos
de la amistad entre niños. Las niñas todavía no nos interesaban,
a esa edad no se hacían pandillas mixtas. Vamos,
que eran un estorbo. No sabíamos cuánto
anhelaríamos, perseguiríamos, solicitaríamos su compañía
en el futuro. Y a ellas no les diríamos "¿me ajuntas?",
sino cualquier otra cosa menos inocente
ya. (Y en ese ya llegaba la adolescencia
o preadolescencia, como nos decían en las clases
de orientación sexual.) Pero había algo peor
que el peor de los insultos, que la peor de las palabras
(e iríamos aprendiendo que las palabras sí podían matar).
Y era definitivo y perfecto. Sin perdón. Sin remisión.
Ahí sí que no había vuelta atrás:
─Has caído.


Eduardo Fraile

sábado, 6 de mayo de 2017

Oración por las golondrinas

     Gracias por las golondrinas, por su presencia,
por su ausencia, por su constancia
en volver, por su alegría, por su puntualidad,
por su cuidado y por su delicadeza,
por las puntadas con que repasan las telas de mi corazón,
por su saludo matinal, por aceptarme
en el paisaje, por incluir mi imagen en las coordenadas
del camino de regreso. Gracias una por una
y en su pluralidad, gracias por su lenguaje
complejo, por su elegante frac,
por su sencillez desarmante, por su genio,
por su belleza, por la claridad
del impulso y por la oscuridad que siempre rompen
de un plumazo.

Eduardo Fraile